María Mandel, mujer sádica, asesina fanática, fue bautizada como "la bestia de Auschwitz". A Irma Grese, ojos azules, rostro angelical, le dieron un apodo todavía más escalofriante, "la bella bestia de Belsen". No había ni una pizca de eufemismo en esos motes: ambas representaron lo más nauseabundo e inhumano del nazismo. La cuenta de asesinatos de la primera asciende al medio millón; la segunda se paseaba por los campos de exterminio lanzando a sus perros contra las prisioneras para que las devorasen. Tuvieron el mismo final: ejecutadas tras la derrota de Hitler.

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No solo la barbarie y sus crímenes conectan a ambas mujeres. Tampoco Auschwitz, epicentro del Holocausto y donde desarrollaron una serie de actos macabros. Mandel y Grese formaron parte de la guardia femenina de las SS, y empezaron a labrarse su terrible fama en un mismo lugar: Ravensbrück, el mayor campo de concentración de mujeres, situado a 80 kilómetros al norte de Berlín. Allí, entre 1939 y 1945, más de 140.000 personas de más de 30 países fueron encarceladas.

Ravensbrück, que había absorbido a todas las reclusas del campo de Lichtenburg, se convirtió en un centro de exterminio desde 1941 en adelante. Un número indeterminado de reclusas —los cálculos oscilan entre 30.000 y 90.000— fueron ejecutadas a sangre fría o víctimas de las torturas y las pésimas condiciones de vida. A principios de 1945, los nazis construyeron una cámara de gas provisional en una cabaña aledaña al crematorio. Se cree que en cuatro meses fueron asesinadas entre 5.000 y 6.000 prisioneras.

Vista del campo de extermino de Ravensbrück. Museo de Ravensbrük

Pero Ravensbrück tiene otra historia también oscura: fue el principal lugar de entrenamiento y reclutamiento de las mujeres nazis que sirvieron como guardias en los campos de concentración. Allí fueron formadas unas 3.300 féminas como Mandel y Grese. La mayoría procedían de familias de clase baja, habían dejado el colegio a una edad temprana y en su horizonte laboral se vislumbraban pocas oportunidades. Prefirieron el uniforme militar al mono de fábrica y la independencia económica que les ofrecía trabajar en estos recintos.

En la prensa alemana, cuando el rumbo de la guerra se había torcido y la llamada "solución final" se encontraba en plena ejecución, incluso se llegaron a ofertar estos empleos. Un anuncio en un ejemplar de 1944 del Hannoverscher Kurier decía que se estaban "buscando trabajadoras saludables de entre 20 y 40 años para un puesto en el servicio militar". Además, se prometía "alojamiento, catering y ropa gratuitos".

Sin juicios

En Ravensbrück, María Mandel, encargada a priori de formar a otras compañeras en tareas administrativas, se convirtió en una sanguinaria criminal, humillando a las prisioneras con todo tipo de vejaciones mientras las obligaba a contar en voz alta —en Auschwitz llegó a crear la Orquesta de Mujeres, destinada a tocar durante los transportes y ejecuciones—. Irma Grese, expulsada de casa por su padre cuando la vio con un uniforme de las SS, acostumbraba a golpear a las reclusas con un látigo de celofán.

Pero la brutalidad no fue una condición exclusiva suya. Las otras guardias, mujeres ordinarias antes de la guerra, tampoco tuvieron reparos a la hora de cometer atrocidades. Renee Lacroux, una prisionera encerrada en Ravensbrück, relató que las centinelas "mataban a las chicas más débiles y a otras las tiraban al suelo y las pisoteaban".

Irma Grese, en una fotografía tomada durante su juicio. Wikimedia Commons

Neus Catalá, superviviente española del campo de mujeres y conocida como "la paloma de Ravensbrück", también dejó su testimonio sobre las guardias nazis: "Aquellas mujeres eran calaveras que nos miraban. Solo veías luz, ojos y calaveras. Y aquellas mujeres que nos miraban yo decía pero, ¿eso qué es? Hay muertos que nos están mirando. Tan tétrico... No hay nombre, el sufrimiento moral, aquel abandono... Salías del mundo. Decíamos, que salíamos del mundo, que allá ya no era el mundo".

Sin embargo, muy pocas fueron juzgadas por sus crímenes después de la II Guerra Mundial, y menos condenadas a la pena máxima de muerte como las tristemente célebres María Mandel e Irma Grese. Solo 77 guardias tuvieron que someterse a un proceso judicial, según el cómputo realizado por la comisaria de una exposición dedicada a estas mujeres en el campo de Ravensbrück. En febrero de 2020, los procedimientos en siete casos fueron cerrados oficialmente porque las acusadas no pudieron ser interrogadas o asistir a audiencias y un octavo por falta de pruebas suficientes. Las corresponsabilidades en el mayor crimen de la historia que se han ido enterrando con el tiempo.