Hubo una mujer en la que confió el mismísimo Sócrates: hubo una mujer a la que escuchó como a un igual -que en aquellos tiempos ya era una vanguardia-, una mujer de la que se empapó en el ámbito de los afectos y una mujer de la que hizo categoría. Ahí Diotima de Mantinea, una de las principales representantes del pensamiento femenino en un mundo patriarcal.

Estamos hablando del año 440 a.C., cuando el político y orador Pericles pide ayuda a la sacerdotisa para librar a Atenas de la peste. Es durante la ceremonia de purificación cuando un Sócrates de 30 añitos queda embobado frente a la sabiduría de esa jefa, profundamente imbuida en los misterios de Eros, que a ella se le antojaban diáfanos.

A pesar de la tendencia de los helenistas a de tomar a Diotima como un personaje de ficción -creada con el objetivo de expresar la idea del Eros de Platón, y como forma de encarnar su tesis del amor platónico-, para muchos otros la existencia de esta filósofa queda acreditada en El banquete. Aquí el núcleo del discurso:

“Pues ésta es justamente la manera correcta de acercarse a las cosas del amor o de ser conducido por otro: empezando por las cosas bellas de aquí y sirviéndose de ellas como de peldaños ir ascendiendo continuamente, en base a aquella belleza, de uno solo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos y de los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, y de las normas de conducta a los bellos conocimientos, y partiendo de éstos terminar en aquel conocimiento que es conocimiento no de otra cosa sino de aquella belleza absoluta, para que conozca al fin lo que es la belleza en sí.

(...)

En este periodo de la vida, querido Sócrates –dijo la extranjera de Mantinea–, más que en ningún otro, le merece la pena al hombre vivir: cuando contempla la belleza en sí. Si alguna vez llegas a verla, te parecerá que no es comparable ni con el oro…”.

Pero, ¿seguro que fue sólo su institutriz? Parece que esa mujer, tan presente en la vida política y filosófica de la ciudad, tan segura, tan autónoma, tan molesta a su manera, creó una relación algo más íntima con el pensador más relevante de su tiempo. O eso dicen los mentideros.

El amor según Diotima

Diotima mostró a Sócrates la genealogía del amor, explicándole que éste es hijo de la circunstancia y de la necesidad. Según su interpretación, el amor no es delicado, sino áspero o mezquino, maestro del engaño, nocturno, alevoso. Su tesis más importante se basaba en que el amor, en el fondo, es un anhelo de inmortalidad, y se refería a que, mientras el amor físico se engancha como una lapa a la persona para buscar descendientes y así trascender en el mundo mediante los hijos, el amor espiritual -más auténtico y complejo- es el que verdaderamente da luz a ideas y pensamientos que son, por definición, inmortales. En este tipo de amor operaba Diotima.

Su figura fue rescatada por la magnífica María Zambrano en 1956, donde la escritora prueba que la filósofa “estuvo en posesión de saberes más propios de los presocráticos y de los pitagóricos”. Se refiere a ella como alguien que bajaba la voz “bajándose hacia la tierra, como la mano del que echa la semilla, inclinándose como solía al mismo tiempo sobre la tierra y sobre el corazón del que la escuchaba ocasionalmente”. También el poeta alemán Hördelin bautizó una de sus obras amorosas con el nombre de la sacerdotisa.

Sócrates y Diotima

La maestra de Sócrates (Espasa) es la primera novela que se publica sobre esta mujer excepcional, firmada por Laura Mas, periodista y experta en cultura. La obra parte de documentación histórica pero no se deja aplastar por ella para no perder frescura y licencias: entendamos, pues, a partir de ahora, que lo que Mas recrea son encuentros y diálogos verosímiles entre Sócrates y Diotima. He oído hablar de ti. Te gusta debatir por las calles de Atenas y llevar la contraria a todo el mundo”, le dice ella a él en su primer encuentro en la novela.

El libro describe cómo Diotima fue una cría de inteligencia excepcional que muy pronto se sintió llamada por la vocación sacerdotal al servicio de Apolo, dios del Sol, la belleza y la razón. Impartió clases a reyes, pensadores, matemáticos y poetas. A la pregunta de cómo era físicamente Diotima, en la novela Sócrates describe su rostro: “Su frente lucía lisa como una superficie nevada sin mácula. Bajo la nariz recta, sus labios eran una flor rosada que se abría en medio de una piel pálida y fina que rozaba la transparencia”.

Diotima y el machismo

Diotima, en cualquier caso, era una voz autorizada que resultaba problemática en un mundo de mujeres silenciadas que debían acordonarse en el hogar. En un mundo de mujeres sumisas, Diotima era poderosa, era vidente, era fuerte. Sin ir más lejos, para el jurista, antropólogo, teórico del matriarcado y filólogo suizo Johann Jakob Bachofen, Diotima fue, junto a la poeta Safo y la aristócrata Tanaquil -esposa de Tarquinio Prisco, primer rey etrusco-, “la principal representante de una cultura de lo femenino en un mundo patriarcal”.

En la novela también desfilan personajes como Aspasia de Mileto, Pericles, Calímaco, Querefonte, Heíodo o Giorgias y se esbozan temas como la identidad y la extranjería -Aspasia y Diotima son forasteras y deben enfrentarse a los recelos de los antenienses-, las desigualdades de género y la guerra. Pero el hilo vertebrador fundamental es el amor: “¿Qué queda de un ser humano cuando es despojado de todas las falsas verdades? ¿Tienes respuesta para eso? Tal vez, cuando nos despojamos de todo lo innecesario, lo único que queda es el amor”, dice Diotima.

Y hay más: “Para amar bien, debes ser consciente de que necesitas el amor como el pobre un plato de comida; y, a su vez, has de tener abiertos los cinco sentidos para reconocer que ese alimento está a tu alcance. Cada oportunidad para amar es única, se presenta una sola vez”, sentencia. “Para poder amar no necesitas encontrar a alguien lleno de belleza, sino contemplar a tu amante con belleza en tu mirada. Si no cultivas esa forma de percibir, nadie te parecerá nunca suficiente, y el amor pasará de largo de tu vida, aunque esté frente al umbral de tu casa”.