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Los mejillones al vapor parecen una de las recetas más sencillas del recetario español. Se introducen en una olla, se tapan y, tras unos minutos, se sirven recién abiertos. Sin embargo, un exceso de agua o de cocción puede arruinar su textura.

En Galicia, donde este molusco ocupa un lugar esencial en la gastronomía, la preparación tradicional apuesta por intervenir lo mínimo posible. Turismo de Galicia destaca precisamente los mejillones al vapor como una de las formas más sencillas de disfrutarlos durante el verano.

La clave no está en añadir numerosos condimentos, sino en respetar el producto. Una cazuela amplia, una pequeña cantidad de líquido y una cocción breve pueden marcar la diferencia entre un mejillón jugoso y otro seco o gomoso.

Conservar el sabor

Uno de los errores más habituales consiste en llenar el fondo de la olla como si los mejillones tuvieran que cocerse. En realidad, el objetivo no es hervirlos sumergidos, sino generar suficiente vapor para que las conchas se abran.

El chef gallego Pepe Solla, al frente de Casa Solla, recomienda poner "muy poca agua a una olla grande". Los propios mejillones liberan líquido al calentarse, por lo que no necesitan una cantidad abundante para cocinarse correctamente.

Añadir demasiada agua diluye ese jugo natural y reduce la intensidad del caldo que queda en la cazuela. Basta con cubrir ligeramente el fondo o incorporar un pequeño chorrito antes de tapar.

También existen recetas que prescinden completamente del agua y aprovechan únicamente la humedad que contiene el molusco. Otras sustituyen ese pequeño fondo por vino blanco, aunque la preparación más pura busca conservar el característico sabor marino.

No llenar la olla

El recipiente también influye en el resultado. Una cazuela demasiado pequeña obliga a amontonar los mejillones y provoca que los situados en la parte inferior soporten demasiado peso.

Pepe Solla aconseja cubrir el fondo sin introducir una cantidad excesiva, ya que los mejillones de abajo pueden quedar aplastados y tardar más en abrirse. Esto provoca una cocción desigual: mientras algunos alcanzan rápidamente su punto, otros continúan cerrados.

Cuando se prepara una cantidad abundante, resulta preferible dividirla en varias tandas. De esta manera, el vapor circula mejor y todos los mejillones reciben el calor de forma más uniforme.

La olla debe permanecer tapada para conservar la temperatura. Una vez que empiecen a abrirse, conviene retirarlos sin esperar a que todos lleven varios minutos expuestos al calor.

El punto correcto no lo marca tanto el reloj como la apertura de las conchas. Solla lo resume con una instrucción sencilla: "Cuando el agua genere vapor y los mejillones estén abiertos, podemos retirar".

Prolongar la cocción contrae la carne, hace que pierda humedad y genera esa textura dura que arruina muchos platos de marisco. La rapidez, en esta receta, juega a favor de la jugosidad.

Cómo limpiarlos

Antes de encender el fuego, hay que limpiar las conchas. El primer paso consiste en retirar las adherencias exteriores bajo un chorro de agua fría, frotando suavemente con un cepillo o una puntilla.

Patricia Beiro, responsable de Nutrición e Higiene Alimentaria del Centro Superior de Hostelería de Galicia, recomienda quitar las pequeñas conchas adheridas y "arrancar las barbas". Cortarlas no es suficiente, porque una parte puede permanecer dentro del mejillón.

No conviene dejarlos mucho tiempo sumergidos en agua dulce. Es preferible lavarlos rápidamente y cocinarlos después, evitando manipulaciones innecesarias.

La seguridad también exige adquirir los moluscos en establecimientos autorizados y respetar su conservación. Los mejillones son bivalvos y deben cocinarse completamente antes de consumirse, especialmente para reducir los riesgos asociados a comerlos crudos o insuficientemente cocinados.

Una vez abiertos, pueden servirse directamente con su propio caldo filtrado. Unas hojas de laurel o unos gajos de limón son opcionales, pero no imprescindibles.