Rosario en un reportaje de La Sexta.

Rosario en un reportaje de La Sexta.

Estilo de vida

Rosario tiene 101 años y un fondo buitre la ha echado de su casa: "Quieren construir pisos turísticos"

En los últimos meses, han sido ocho las residencias que han cerrado en el Eixample, un barrio de Barcelona, por la presión inmobiliaria.

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En España, entre 340.000 y 390.000 personas mayores viven en residencias, según los datos más recientes de 2025-2026. El país cuenta con más de 5.000 centros y cerca de 400.000 plazas, con niveles de ocupación elevados y una presencia mayoritaria de centros de titularidad privada, que superan el 70%.

Detrás de estas cifras hay miles de mayores que han dejado su hogar para recibir cuidados y compañía. En las residencias viven su día a día: comen juntos, hacen ejercicio adaptado, participan en actividades y celebran cumpleaños. Muchos crean nuevas amistades y rutinas; para algunos, es un nuevo hogar.

Sin embargo, el sector afronta dificultades. Falta personal cualificado, la financiación pública es limitada y, desde hace unos años, se ha sumado la presión inmobiliaria. Solo en el Eixample de Barcelona, ocho geriátricos habrán sido expulsados en un año por la especulación. Uno de ellos es el de Rosario.

La realidad de los fondos buitre en España

El encarecimiento de la vivienda y la rentabilidad de los alquileres de corta estancia han transformado el mercado inmobiliario en las grandes ciudades.

Edificios que durante décadas alojaron comercios, viviendas familiares o equipamientos sociales se han convertido en piezas codiciadas para inversores.

En barrios céntricos, bien conectados y con alta demanda turística, el suelo se revaloriza y los usos tradicionales pierden terreno frente a actividades más lucrativas. En ese contexto, residencias pequeñas, ubicadas en fincas antiguas, pero bien situadas, se vuelven vulnerables.

Las residencias de mayores suelen operar con márgenes ajustados. Según los expertos, no pueden competir con los precios que alcanza el mercado cuando un edificio se destina a apartamentos turísticos o a vivienda de alto standing.

Cuando se produce una venta, los gestores a menudo se encuentran sin capacidad para asumir nuevas condiciones de alquiler o para comprar el inmueble. El resultado es el cierre y el traslado de residentes que, por su edad o estado de salud, son especialmente sensibles a los cambios.

Rosario es una de las mujeres que ha tenido que aceptar esta realidad, según cuenta La Sexta. Tiene 101 años y prácticamente toda su vida está ligada al Eixample y, a pesar de haber llegado al barrio hace 76 años, hace siete meses tuvo que hacer las maletas.

Imagen de ilustración.

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El edificio de su residencia fue adquirido por un fondo de inversión catalán. La operación, como ocurre en muchos casos, no iba dirigida explícitamente contra los residentes, pero en la práctica dejó al centro sin continuidad. El nuevo propietario tenía otros planes para el inmueble y la residencia dejó de ser viable.

"Nos están echando. Se quedarán con todo. Es una lástima, ¿eh?", dice Rosario. Para ella, la residencia no era un servicio más, sino una comunidad. "Es como una familia grande. Ahora tengo pena de irme a otro sitio", confiesa.

Con ella se marchan otros 15 residentes de la residencia Rosa Franch, un centro pequeño que durante años funcionó como un hogar para todas estas personas.

"Aquí hemos vivido muchas cosas. Era una casa. Y la estamos desmantelando. Ayer se fueron cinco, hoy se van otros cinco", relata María José López, cocinera del centro. Su testimonio refleja que el impacto no se limita a los residentes, también afecta a los trabajadores.

El director del centro, Oriol Agulló, apunta directamente a la lógica económica que hay detrás. Sostiene que, para muchos propietarios, la opción más rentable es vender o reconvertir estos edificios en apartamentos turísticos u otros usos con mayor retorno. En ese escenario, los proyectos asistenciales quedan en desventaja.

Detrás de cada cierre hay historias personales. Personas mayores que pierden estabilidad, familias que deben buscar alternativas con urgencia y empleados que se quedan sin trabajo.

En edades avanzadas, un traslado no es un simple cambio de domicilio. Según los expertos, puede suponer la ruptura de rutinas, la pérdida de referentes y un estrés emocional significativo.

Lo ocurrido en Rosa Franch no es un caso aislado. En los últimos meses ya han cerrado varias residencias en el Eixample por la presión inmobiliaria y otras seguirán el mismo camino. Eso implica que decenas de ancianos tendrán que abandonar no solo un centro, sino el entorno donde han desarrollado su vida cotidiana.