De izquierda a derecha, Cristina Mena-Bernal, de mantilla un Jueves Santo en Sevilla; imagen del taller sobre cómo colocar el accesorio de la Asociación de Mantillas de Cáceres; y Ana Sánchez en la capital hispalense.

De izquierda a derecha, Cristina Mena-Bernal, de mantilla un Jueves Santo en Sevilla; imagen del taller sobre cómo colocar el accesorio de la Asociación de Mantillas de Cáceres; y Ana Sánchez en la capital hispalense. Cedidas

Estilo de vida

La recuperación de la mantilla el Jueves Santo: "Ya no se asocia al concepto de mujer relegada a estar en casa"

Sin perder la esencia, las tradiciones se mantienen: ahora, en Semana Santa, también se habla de sororidad y mercantilización.

Más información: Ni extrovertida ni introvertida, ahora llega otrovertida: la definición para las que sienten que no terminan de encajar

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Cuando el mundo se vive a través de las pantallas, conviene recordar que hay pasajes de la cultura popular y la tradición que, sin duda, merece la pena experimentar. Hay momentos en los que es necesario habitar, al menos durante un tiempo, por definición. Al menos una vez. La Semana Santa es uno de ellos.

Y lo es porque la idea de la misma en realidad puede diferir mucho a lo que a veces se ve por redes o en medios. La Semana Santa se parece más al recuerdo. A escuchar el retumbar de los tambores en el estómago, que anuncia que el paso se acerca, agarrada de la mano de tu abuelo. A mirar con ojos de niña los iris que se asoman por las rendijas de los antifaces.

Al del olor del incienso, que se mezcla con el azahar en muchos casos, creando un universo sensorial único que se instala en el olfato incluso cuando la primavera se vive a kilómetros de distancia de casa.

La Semana Santa se parece más al recuerdo. Y eso es lo que pretenden desde la Asociación de Mantillas de Cáceres, que la tradición que vive en él no quede en el olvido. Que siga significando lo que radica en la misma. Inmaculada Domínguez es una de sus responsables.

Cuando Magas contactó con ella por primera vez —hace apenas dos semanas— contó que al arrancar con su iniciativa eran tan sólo cinco amigos. En la conversación reveló que el número de socias ya era 57. A fecha de redacción de este reportaje, la cifra ya supera el centenar. Eso es lo que mueve un proyecto que propone recuperar la tradición de la mantilla en la ciudad extremeña.

Para quien no lo sepa, el Jueves Santo (esto puede variar) es habitual que las mujeres se vistan de negro —con un dress code concreto— para acompañar a la Virgen en su luto por la muerte de su hijo.

Imagen de uno de los talleres organizados por la Asociación de Mantillas de Cáceres.

Imagen de uno de los talleres organizados por la Asociación de Mantillas de Cáceres. Cedida

Es normal participar en las procesiones y recorrer iglesias, capillas y, en definitiva, templos de culto, para mostrar sus respetos. Para encarnar el dolor. La memoria.

Creando comunidad

Más allá de la fe, que está muy presente, el sentido de esta iniciativa estriba en otras muchas aristas.

"Observamos que en las últimas procesiones el número de mantillas había descendido de manera notable. El año pasado —decidimos conformar la asociación en 2025— tras participar en las salidas, la gente nos comentaba que qué buena idea, pero muchas no se animaban a acompañarnos porque no se atrevían por verse solas o por desconocimiento", expresa Domínguez.

Para llegar hasta este punto han tenido que pasar por todos los procedimientos pertinentes para establecerse de manera formal.

"El siguiente paso fue ponernos a disposición de las cofradías, aquí hay 21 y tenemos una Semana Santa declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional. No pertenecemos a ninguna hermandad, sino que acompañamos a todas aquellas que podamos", destaca.

De cara a mantener la tradición, desde la plataforma se disponen a ir de la mano de todas aquellas que deseen ser partícipes de esta propuesta. Y además, deben estar haciéndolo bien teniendo en cuenta los números que se mencionaban. Sus socias han crecido de forma exponencial en apenas unas semanas.

A mediados de marzo promocionaron un taller en el que participaban mujeres mayores, las que conocen bien de qué se trata este hábito, para enseñarles a las más jóvenes cómo colocarse la prenda.

En la foto, detalle de una mantilla blanca, que se viste cuando procesionan las Vírgenes de Gloria.

En la foto, detalle de una mantilla blanca, que se viste cuando procesionan las Vírgenes de Gloria. Cedida

"Planeamos hacer otro más adelante para que aprendan todo lo necesario de la vestimenta. En Cáceres es típico utilizar las joyas del traje regional cuando se lleva la mantilla, pero hay que lucirlas más suavizadas", comenta Inma Domínguez.

Esta propuesta no sólo se trata de recuperar la tradición, sino también de crear comunidad, de darle el lugar que les corresponde a las personas de más edad, por ejemplo, pero también de atraer a la gente joven y de generar espacio en ciudades y pueblos que pierden algo de empuje en favor de otras urbes.

"De las cinco que comenzamos, tres viven fuera. Nuestras reuniones pueden ser online y las que estamos aquí lo dejamos todo preparado para cuando vuelvas a casa por Semana Santa. Compramos los cirios, nos acercamos a la mercería...", expresa Domínguez.

También las mueve, precisamente, el acompañar a esas mujeres mayores que sigan teniendo ilusión por este gesto. "En una sociedad donde todo va tan rápido y resulta tan duro, encontrar cosas satisfactorias como esta es algo maravilloso. La religión puede ser además un refugio. Esta iniciativa es un punto de encuentro muy bonito y accesible"

Para Cristina Mena-Bernal, fotógrafa sevillana que habitúa a vestir de mantilla los Jueves Santo, también el concepto de comunidad está presente en este gesto. Habla de cómo se trata de algo íntimo, emocional y una representación de algo mayor.

"Es una mezcla de todo. Respecto a lo primero, posee una parte casi silenciosa, que tiene que ver con cómo me siento en ese momento, pero al mismo tiempo eres consciente de que formas parte de una imagen colectiva muy potente", explica.

"No lo vivo como una escenificación en el sentido de posar, sino más bien como habitar ese espacio compartido entre lo personal y lo cultural", expresa la creativa.

Ana Sánchez, de mantilla en uno de los templos.

Ana Sánchez, de mantilla en uno de los templos. Cedida

La psicóloga Ana Sánchez, que también suele lucir la mantilla, cuenta que el pregonero de la Semana Santa de Sevilla de este año aludía en su discurso a los jóvenes, diciendo que todos aquellos que se sientan perdidos, solos o abrumados acudieran a las hermandades y a los grupos de estas para compartir esas experiencias y sentir la compañía.

Ciencia y fe

La terapeuta cuenta que estos rituales nos aferran al presente: "Los tomamos como propios y están muy ligados a la familia, a determinados valores y a las raíces culturales, de dónde venimos... Todo esto genera el desarrollo de un sentido de pertenencia e identidad. Es algo que da seguridad y que nos define como parte del todo".

Comenta que los ritos relacionados con la fe sirven, además, para materializar la realidad intangible de la fe, la promesa y la oración: "Conectamos con algo que en momentos difíciles nos hace sentir sostenidas y protegidas. Es un día en el que se toma una pausa para estar con la familia, con amigos...".

Añade que ahora la gente joven orienta su mirada a este tipo de creencia debido a la incertidumbre. "Los rezos que se asocian a estos rituales llevan a la calma, el sosiego y la tranquilidad. Me recuerda a una técnica que se emplea en consulta para parar los pensamientos rumiativos", explica Sánchez.

"La misma consiste en buscar cinco estímulos asociados a los sentidos. El mecanismo que se desarrolla es muy parecido al que se activa cuando rezamos el rosario —una cadena de oraciones—", indica.

El peso de la tradición

Todo esto tiene también un cariz de arraigo que entronca con cuestiones familiares y culturales, algo que Mena-Bernal define de la siguiente forma: "Es como si la ciudad y tú fuerais al mismo ritmo, y todo se vuelve más intenso: los sonidos, los silencios, la forma de mirar. La mantilla, en ese sentido, no es sólo un complemento, es casi una forma de entrar en ese estado. Me conecta con recuerdos, con mi entorno y también con una manera de vivir Sevilla que no existe igual el resto del año".

No obstante, su visión de esta nostalgia tiene un componente optimista: "Más que rescatar algo del pasado, siento que estoy reinterpretándolo desde el presente. Lo vivo desde una mirada actual. Quizá lo que se recupera es el significado: el parar, el cuidar los detalles, el darle valor a lo simbólico en un momento en el que todo va muy rápido. Para mí tiene más que ver con eso".

La fotógrafa en una imagen ataviada como indica el 'dress code'.

La fotógrafa en una imagen ataviada como indica el 'dress code'. Cedida

El pasado 26 de marzo se celebró en Sevilla el evento 'Sí, Mantilla', una visión contemporánea de la mantilla negra española impulsada por los diseñadores del colectivo Qlamenco y organizada por el Ayuntamiento de Sevilla y la Agencia de Moda y Comunicación Doble Erre.

En su VII edición, la delegada de Turismo y Cultura de la capital hispalense, Angie Moreno, destacó que "es mucho más que un elemento estético. Es un símbolo de solemnidad, respeto y recogimiento".

También señalaba en sus palabras a los jóvenes: "Es fundamental que las nuevas generaciones se acerquen a estas tradiciones desde el conocimiento y el respeto, incorporando nuevas miradas que mantengan viva su esencia. Es algo que forma parte de ese legado que une cultura, historia y fe".

Inmaculada Domínguez comenta en su entrevista que ella luce la mantilla de su abuela: "El propio complemento ya es sinónimo de todo eso. La mía tiene más de 100 años. La Semana Santa es volver. Regresar a tus recuerdos".

En esta línea, la psicóloga Ana Sánchez dice que "aparte de la belleza de esta prenda, que es muy fotografiable —es normal ver vídeos con esta temática en TikTok—, se trata de algo muy ligado a la herencia. Sueles llevar la de tu tía, la peina de tu madre... El vestirse es un ritual en sí mismo".

Nuevos conceptos

No obstante, como sucede con todo, las tradiciones, sin perder ni un ápice de su ADN, también se van actualizando.

Raquel Revuelta, directora de Doble Erre, señaló en 'Sí, Mantilla' la relación que existe entre las fiestas religiosas y los sentidos, algo que desemboca en "un universo sensorial profundo".

Inma Domínguez comenta que, por ejemplo, en los pueblos se está revitalizando mucho la parte tradicional de los trajes regionales: "En la agrupación hay personas de 18 años y también mucho más mayores. Muchas somos profesionales. Ya no existe ese concepto asociado a la mantilla de la mujer que se queda en casa. Tenemos perfiles actuales y modernos".

Cuenta, además, que el eslogan que tienen es "Si es la primera vez, te ayudamos; si tienes experiencia, te esperamos".

Aquí aflora de forma evidente el concepto de sororidad: "Por supuesto que es un gesto de ese tipo. No se trata de tener o no una mantilla o cierto poder adquisitivo, sino de que vamos a hacerlo y a llevarlo a cabo juntas".

Hila su discurso con ese acompañamiento que hacen también a la Virgen, que se encuentra "en su momento más terrible, de mayor duelo. Y para ponerse la mantilla se necesita a otra mujer. Se necesita esa unión".

Hablando con Cristina Mena-Bernal surge el concepto de mercantilización de las tradiciones vs. visibilidad: "Creo que tiene un poco de las dos cosas. Por un lado, las redes tienden a estetizarlo todo y a convertirlo en imagen, y eso puede llevar a cierta superficialidad o incluso a una lógica más comercial".

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"Pero también es verdad que esa exposición hace que más gente se acerque, lo descubra o lo reinterprete desde su propia mirada. A mí, como fotógrafa, me interesa especialmente ese punto: cómo algo tan cargado de tradición se transforma en lenguaje visual contemporáneo", asegura.

La Semana Santa se parece más al recuerdo. Por eso, cuando el ruido vuelve y las pantallas reclaman su sitio, conviene aferrarse a lo que permanece. Al gesto aprendido —colocarse una mantilla, encender un cirio, caminar acompañadas— que no necesita explicación. A la certeza de que hay tradiciones que van más allá de lo que salta a la vista.

La Semana Santa se parece más al recuerdo. A una memoria compartida que se actualiza cada año sin perder su raíz. A un hilo invisible entre generaciones que se niega a romperse. Y, sobre todo, a la intuición de que, en medio de la totalidad, todavía hay lugares —y momentos— en los que volver a casa.