María Berdasco junto a la portada de su libro 'Reescribirnos' (Espasa, 2026).

María Berdasco junto a la portada de su libro 'Reescribirnos' (Espasa, 2026). Cedida

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No heredamos sólo genes: también podemos heredar hábitos, traumas y sus huellas biológicas y ahí entra la epigenética

María Berdasco
Publicada

Nacemos con un equipamiento base, un libro de instrucciones que hemos de seguir durante toda nuestra vida. Un texto de algo más de 3.200 millones de letras que configura nuestro material genético, el ADN.

¿Es sólo esto?, ¿fin de la historia?, ¿debemos agradecer o culpabilizar a nuestros progenitores de todos y cada uno de los atributos que nos caracterizan?, ¿son nuestros rasgos físicos y de comportamiento o nuestra disposición a padecer enfermedades fruto de este sorteo genético que nosotros no decidimos?

Muchas veces me he enfrentado a este tipo de preguntas. Algunas apoyadas por la evidencia científica, como es el caso de: "¿Hay cánceres hereditarios?".

Mi respuesta: "Sí, pero sólo en un porcentaje inferior al 10% de los casos; en la mayoría el origen no se puede correlacionar con errores genéticos que se van transmitiendo, sino que intervienen otras variables como los estilos de vida o las exposiciones ambientales".

En otras ocasiones, he escuchado cuestiones más difíciles de contestar. A modo de ejemplo, una: "¿Se hereda la tendencia política?".

Sin despreciar que aún nos queda mucho por determinar acerca de la genética, suelo responder con una pregunta que devuelve la pelota al tejado del otro. "¿No piensa usted que si me desarrollo en el seno de una familia con fuertes convicciones de derechas tendré más posibilidades de identificarme con las mismas, y a la inversa?".

La forma de la nariz, el color de los ojos, la presencia de hoyuelos; pero también patologías hereditarias como la anemia falciforme, la enfermedad de Huntington o la miocardiopatía hipertrófica son ejemplos de rasgos y condiciones con una fuerte base de este tipo. Aunque no siempre es así —en la mayoría de los casos, de hecho, no lo es—.

Olvidemos el determinismo genético absoluto. Importa, sí, pero los factores ambientales también. ¿Cuánto influye cada uno? Depende de la característica que estemos estudiando.

"El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos la partida". Con esta frase de William Shakespeare da comienzo a mi libro, Reescribirnos (Espasa, 2026).

Con esta publicación he querido clarificar que, aunque el ADN proporciona las instrucciones, no todo está impuesto por él y muchas características humanas resultan de una interesante combinación entre esto y los otros condicionantes, destacando los diferentes estilos de vida.

El mediador entre ambos es la epigenética, un conjunto de mecanismos que controlan el encendido y el apagado de los genes.

A lo largo de las páginas se explica cómo factores muy cotidianos como el sueño, el ejercicio físico, la alimentación, la exposición a bacterias y virus, el contacto con químicos del entorno como los disruptores endocrinos o el estrés, los traumas y las emociones, influyen en la salud. Y también en la enfermedad.

Que lo que hacemos condiciona nuestro estado no debería sorprendernos. Pero, ¿tan sólo nos afecta a nosotros?, ¿o quizás el efecto de un hábito también se puede transmitir de una generación a otra?

Reescribirnos abre las puertas al hecho de que lo que comemos, el tabaquismo o el trauma pueden dejar una huella que condiciona a nuestros hijos y nietos.

No se alarmen, hay una buena noticia: es reversible. Se abren puertas a la esperanza del cambio. Podemos aprender, equivocarnos y volver a empezar. Por nosotros y por nuestro legado.