Cristina Cerrada junto a la portada de su libro 'La hora de Charlie'.
Me llamo Cristina Cerrada y soy escritora. Esto no es nada que haya que predicar, creo yo.
No me imagino a un fontanero diciendo: "Hola, me llamo así y soy fontanero". No me lo imagino gritándolo a los cuatro vientos, a ninguna audiencia. En su casa, probablemente, ya lo sabrán. Lo mismo que sus clientes, digo yo. Pero parece que, hoy en día, si se es escritor, hubiera que predicarlo. Y a mí nunca me ha gustado predicar.
Ir por ahí proclamando opiniones a diestro y siniestro, como si fueran una gran y única Verdad. Por eso escribo. Por eso me hice escritora de ficción. Para no predicar.
Las ficciones hablan sobre la Verdad, pero no son la Verdad. No la predican. La imaginan. No la proclaman. La sugieren. Se preguntan sobre ella. No responden por ella. La cuestionan. Así es como surgió La hora de Charlie, preguntándome sobre varios hechos muy de actualidad, hechos que son habitualmente asumidos como deseables, cotidianos, modernos.
El éxito. La recompensa. La rivalidad. La divulgación a cualquier precio, a través de los mass media contemporáneos. Y su vinculación con la Verdad, así como su presunta aportación a la democratización del saber y la cultura.
Naturalmente, en La hora de Charlie, yo no hablo de todo esto de una manera directa, enunciativa. Como ya he comentado, detesto predicar. Prefiero servirme de la ficción. De los ejemplos. De las parábolas.
Esta última, desde tiempos remotos, ha sido el género preferido de la didáctica. Que el lector moderno, el acostumbrado a la divulgación sin filtros ni límites de las redes sociales, prefiere un género como el policíaco... Pues policíaco. A mí me da igual. En definitiva, lo que cuestiona Camilleri en La paciencia de la araña se asemeja bastante a la tesis planteada por el Kafka de América.
La búsqueda, la pregunta por la Verdad, adopta múltiples formas en los relatos de ficción. La parábola es así. Polisémica. Multiforme. A veces, críptica. Una polifonía de músicas y significados. De claros y oscuros. De ruido y de silencio.
Cuando Pedro pide a su maestro que abandone la idea de morir, Jesús le contesta: "Apártate de mí, Satanás". Lo llama Satanás. ¡A su amigo! Insulta a un amigo porque se preocupa por él. Incomprensible, ¿no?
Aparentemente, dice la exégesis. Así es como me gusta a mí contar. Escribir. Por eso, no recomiendo mi novela La hora de Charlie a nadie que espere una lectura cómoda.
En realidad, no recomiendo la lectura de La hora de Charlie ni de ninguna de mis otras novelas a nadie que crea que la Verdad es única. Y grande. Y evidente. Y que está ahí, meridiana, expuesta en redes, o en cualquier otro lugar, para ser utilizada, para hacer uso de ella a discreción, como si fuera la receta de un brownie (como si el brownie no tuviera más de un millón de diferentes versiones).
Quizá por eso me llevó años dar por concluida la escritura de este libro. Tengo contadas en mi portátil unas 1.400 versiones en total desde la primera redacción.
El trabajo del escritor, supongo que con el del fontanero pasará igual, al menos con el del buen fontanero, puede ser enloquecedor. Depende del escritor, claro está.
En mi caso, nunca acaba. ¿Cómo puede decirse: "Ya está, lo conseguí, he logrado decir lo que quería. He contestado a la gran pregunta sobre la cuestión. He terminado de decir lo que me proponía decir sobre ella, sobre esa pequeña verdad"?
La pequeña verdad, con minúsculas, desarrollada en mi novela ha quedado resuelta. Respondida. Desvelada. Desde aquella primera versión, La hora de Charlie pasó por diferentes avatares.
Por múltiples formatos. Enfoques. Incluso, géneros. Sin embargo, en definitiva, para mí se trató siempre de un mismo y único trabajo. Una única búsqueda. Una única investigación. Múltiples aproximaciones, siempre en tono de ficción, a la misma pregunta. La búsqueda de una respuesta a la misma cuestión.
¿Cuál?
Leed la novela.
Si queréis.
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