Cruz Sánchez de Lara revive 'Los Misterios de la Alhambra'.
Hay noches que no terminan cuando se apagan las luces. No concluyen al cruzar una puerta ni al regresar a casa. Permanecen suspendidas en algún lugar de la memoria, como esos sueños que no recordamos del todo pero que nos acompañan durante días.
La del pasado viernes en el Cuarto Real de Santo Domingo fue una de esas noches. Quizá porque estuvo hecha de una materia cada vez más escasa. Quizá porque durante unas horas ocurrió algo que en otro tiempo habría parecido cotidiano y hoy adquiere el brillo de lo extraordinario: un grupo de personas decidió detener el mundo para escuchar historias.
Vivimos en la era de la hiperconexión y, sin embargo, cada vez hablamos más de soledad. Tenemos acceso inmediato a casi todo y, paradójicamente, cada vez resulta más difícil acceder a nosotros mismos.
Sabemos qué ocurre al otro lado del planeta en cuestión de segundos, pero hemos olvidado el arte de permanecer quietos. Corremos de una noticia a otra, de una pantalla a otra, de una urgencia a otra, como si la velocidad pudiera salvarnos de algo.
Y mientras observaba aquella noche los rostros atentos del público pensé que quizá una parte de nuestra fatiga colectiva tenga que ver con haber abandonado una costumbre antigua y esencial: reunirnos para escuchar.
Antes de los algoritmos estuvieron los cuentos.
Antes de las notificaciones estuvieron los sueños.
Antes de las pantallas estuvo la voz.
Y antes de la voz estuvo el silencio que la hacía posible.
La literatura nació mucho antes que los libros. Nació alrededor del fuego. Nació cuando alguien señaló la oscuridad y decidió llenarla de significado.
Los seres humanos aprendimos a vivir juntos contándonos historias. Nos explicamos el miedo mediante relatos. Nos explicamos el amor mediante relatos. Nos explicamos la muerte, la esperanza y el porvenir mediante relatos. Tal vez por eso seguimos regresando a ellos cuando el mundo se vuelve demasiado complejo. Porque una buena historia no simplifica la realidad: la ilumina.
Granada conoce bien ese secreto. Hay ciudades construidas con piedra y ciudades construidas con memoria. Granada pertenece a las segundas.
Washington Irving comprendió como pocos que la Alhambra era mucho más que una maravilla arquitectónica. Era un territorio emocional. Un lugar donde la historia y la imaginación habían decidido convivir para siempre.
Por eso, sus Cuentos de la Alhambra continúan respirando dos siglos después. Porque entendió que aquellas murallas guardaban algo más valioso que el pasado: guardaban la capacidad de seguir inspirando futuros.
Quizá por eso parecía inevitable que de los misterios de la Alhambra naciera esta aventura. Hace un año, Espido Freire, Marta Robles, Nativel Preciado, Cristina Higueras y quien firma estas líneas aceptamos el desafío de escribir relatos surgidos de ese territorio donde la belleza siempre camina de la mano del misterio.
De izda. a drcha., Cristina Higueras, Marifrán Carazo, Marta Robles, Cruz Sánchez de Lara, Nativel Preciado y Charo Izqiuierdo en 'Los Misterios de La Alhambra'.
La evocación de Villa Diodati apareció desde el primer instante. Aquella casa junto al lago de Ginebra donde Mary Shelley, Lord Byron y sus compañeros decidieron desafiar una noche de tormenta contándose historias de miedo y terminaron regalándole al mundo algunos de sus mitos más perdurables. Toda literatura nace del mismo lugar: alguien imagina y alguien escucha.
Un año después, aquellas historias regresaron convertidas en voces.
Y ocurrió el verdadero prodigio.
Porque el milagro de la noche no estuvo sobre el escenario. Estuvo enfrente.
En quienes escuchaban.
En quienes decidieron regalar su atención a unas palabras en una época que ha convertido la atención en el bien más codiciado y más escaso. En quienes permanecieron allí, entregados a la cadencia de los relatos, mientras la noche avanzaba lentamente sobre Granada. En quienes demostraron que todavía existe una forma de comunidad que no depende de la tecnología sino de la presencia.
Mientras hablábamos, pensé en los veranos de antes. En las sillas que aparecían al caer la tarde frente a las puertas de las casas. En los vecinos buscando la brisa. En las conversaciones que parecían interminables.
Pensé en los cines de verano, en las plazas llenas de niños, en las noches donde no ocurría nada y precisamente por eso ocurría todo. Pensé en una felicidad que nunca necesitó exhibirse porque no sabía que debía hacerlo.
Y comprendí que la nostalgia no consiste en querer volver atrás. Consiste en reconocer lo que merece acompañarnos hacia delante.
A veces me ocurre con algo tan insignificante como una bolsa de pipas con sal. Entro en un quiosco, la compro casi por impulso y, de pronto, reaparece una vida entera. Un parque. Un banco. Un grupo de amigas. Una tarde interminable.
Ninguna fotografía podría devolverme aquello con tanta precisión. Ninguna red social podría reproducirlo. Hay recuerdos que sólo regresan cuando encuentran la puerta adecuada.
Proust lo sabía.
Por eso, una simple magdalena bastó para abrir de par en par las habitaciones de la memoria. No era la magdalena. Era el tiempo. Era la emoción. Era la evidencia de que la verdadera abundancia suele esconderse en los placeres más modestos. En las cosas que no compiten. En las cosas que no aspiran a ser extraordinarias. En las cosas que simplemente son.
Quizá hemos construido una época demasiado obsesionada con lo grandioso. Con el éxito visible. Con la aceleración permanente. Con la obligación de convertir cada instante en una conquista. Y, sin embargo, las alegrías que permanecen rara vez tienen ese tamaño.
Suelen parecerse más a una conversación al anochecer. A una lectura compartida. A una bolsa de pipas. A una brisa inesperada. A una historia contada bajo las estrellas.
Por eso fue tan importante aquella noche.
Porque nos recordó algo que sabíamos y habíamos olvidado.
Que escuchar también es una forma de quererse.
Que la cultura no es un lujo, sino una necesidad profundamente humana.
Que una ciudad alcanza su mejor versión cuando crea espacios donde sus habitantes pueden encontrarse alrededor de la belleza.
Y Granada volvió a hacerlo.
Gracias a la sensibilidad y al compromiso de Marifrán Carazo, de Jorge Saavedra y de todo el equipo del Ayuntamiento que comprendió que los relatos también construyen ciudadanía, que la imaginación también es patrimonio y que las ciudades no sólo se sostienen con infraestructuras: se sostienen, sobre todo, con emociones compartidas.
Cuando terminó la velada, nadie parecía tener prisa por marcharse. Como si todos intuyéramos que habíamos participado en algo antiguo y necesario. Algo que estaba mucho más cerca de la vida que del espectáculo. Algo que nos recordaba quiénes éramos antes de convertirnos en perfiles, en usuarios, en cifras, en datos.
Durante unas horas volvimos a ser simplemente personas reunidas alrededor de una historia.
Y tal vez ahí resida una parte del secreto de la felicidad.
No en añadir más cosas.
No en correr más deprisa.
No en conquistar más territorios.
Sino en recuperar algunos de los que nunca debimos abandonar.
La capacidad de escuchar.
La capacidad de imaginar.
La capacidad de compartir.
La capacidad de asombrarnos.
Porque al final la vida quizá consista exactamente en eso: en encontrar de vez en cuando una voz que nos cuente una historia y un lugar donde sentarnos a escucharla mientras llega la brisa.
Y aquella noche, en Granada, la encontramos.
Y Fernando Marías estaba allí.
Con nosotras.
Con todos nosotros.