Existen anécdotas que se convierten en símbolos. Sin embargo, muchas de estas esconden historias colectivas, dolorosas de una lucha interminable. Esta es una de ellas.
En la plaza de Meknès, una ciudad histórica de Marruecos, Halima pasaba sus días bajo el sol, posando con turistas para fotos a cambio de unas pocas monedas.
Su cuerpo mostraba las señales del cansancio acumulado: la cabeza siempre baja, el lomo hundido, el pelaje apagado. Para muchos visitantes era solo parte del decorado exótico de la ciudad; para ella, significaba jornadas interminables de trabajo, poco descanso y cuidados mínimos.
Un día, una activista que pasaba por la plaza grabó unos segundos de vídeo: la yegua apenas podía sostenerse en pie, con la respiración pesada y la mirada perdida. Nadie sospechaba aún que, además de agotada, estaba embarazada.
El vídeo que lo cambió todo
Ese breve vídeo se subió a redes sociales con un mensaje sencillo, casi desesperado, pidiendo ayuda para la pequeña yegua de Meknès. En cuestión de horas empezó a compartirse en páginas de defensa de los animales y comunidades hípicas de todo el mundo, convirtiendo a Halima en el rostro de la explotación de ponis turísticos en Marruecos.
Personas que nunca habían pisado Marruecos empezaron a escribir a refugios locales, a asociaciones y a activistas preguntando qué podían hacer para ayudar a esa yegua extenuada.
"La gente nos contacta mucho por los animales callejeros. Llevamos estos casos desde hace muchos años", afirma Ali Izddine, presidente fundador de la sociedad protectora de los animales en Marruecos.
Fue él quien puso en contacto el santuario Jarjeer Mules, un refugio situado cerca de Marrakech especializado en mulas, burros y caballos rescatados de situaciones extremas.
El viaje hacia Jarjeer
Al ver las imágenes, entendieron que cada día que pasaba en la plaza podía ser el último. Decidieron actuar, poniendo en marcha una coordinación a contrarreloj: activistas sobre el terreno, Jarjeer Mules al otro lado del teléfono y una red de personas dispuestas a aportar fondos para cubrir transporte, asistencia veterinaria y manutención.
Organizar el viaje desde Meknès hasta Jarjeer no era sencillo: se trataba de varias horas de trayecto para una yegua débil, con un potro en camino y un historial de explotación reciente.
El refugio informó de que, si no se actuaba con rapidez, el parto podría producirse en las peores condiciones posibles, en medio de la carretera o incluso en la plaza donde había trabajado.
Los peores temores se hicieron realidad durante el traslado: Halima comenzó el parto en plena ruta, por el arcén de una carretera. Los cuidadores y el equipo que la acompañaba tuvieron que improvisar un espacio seguro en cuestión de minutos.
Del miedo a una nueva vida
Tras aquel parto de emergencia, Halima y su cría lograron completar el viaje hasta Jarjeer Mules, donde les esperaba un entorno completamente diferente al que habían conocido. Un santuario con establos, amplios paddocks y personal acostumbrado a trabajar con animales traumatizados.
"Ahora está en buenas manos tras una campaña de recaudación de fondos", cuenta Ali. Las primeras actualizaciones del refugio hablaron de una madre muy cansada, pero con un hambre y una sed que dejaban claro cuánto había tenido que soportar.
Para la cría, el santuario significaba algo todavía más radical: sería el primer miembro de su familia que no conocería las jornadas de trabajo forzado en una plaza turística.
Un problema sistémico
Sin embargo, este caso no es aislado. Con tristeza, afirma que se ha dado cuenta de que rescatar los singulares individuos no resuelve el problema sistémico. Al no haber leyes claras, los dueños suelen negarse a entregar los animales maltratados, alegando que son su medio de vida.
Entonces, hay que comprar el animal al dueño, quien seguramente usará ese dinero para comprar otro y seguir maltratándolo. "Consume todo el tiempo y recursos necesarios para lograr un cambio legal con impacto".
Por esto, Ali y su asociación prefieren centrar sus esfuerzos en cambiar la ley de protección animal, ya que actualmente se encuentran indefensos ante dueños deshonestos que incluso intentan extorsionar a quienes intentan ayudar a los animales.
No existe una ley de protección animal en Marruecos; la única normativa vigente es de la época del protectorado francés y se limita a casos de robo de ganado, con multas insignificantes.
Izddine mismo entregó una propuesta de ley al Palacio Real, pero el Parlamento respondió con una contrapropuesta de apenas dos páginas que no resolvía ningún problema.
"Esta nueva ley parece estar diseñada para perjudicar a los animales y a sus defensores en lugar de protegerlos". Prohíbe dar de comer a los animales en la calle, con multas de 300 euros, tener perros o gatos callejeros en casa sin autorización y permite a las autoridades confiscarlos más fácilmente.
Las presiones externas
Ante la falta de respuesta interna, Ali propone buscar ayuda externa. Los europeos pueden ayudar, hacer presión sobre sus políticos y parlamentarios.
Critica las respuestas "estúpidas" y burocráticas de la Comisión Europea y el Parlamento Europeo, que evaden su responsabilidad alegando que es un asunto interno de Marruecos y afirma que la FIFA es una vía clave de presión debido a la organización del Mundial.
El fundador de la asociación de protectoras enfatiza que el maltrato no es un caso aislado y que los turistas son a menudo cómplices al pagar por fotos con monos en Marrakech o por paseos en carros tirados por caballos bajo el sol extremo.
Es un problema estructural que involucra a todo. Advierte que la pasividad de las autoridades ante la explotación animal daña la imagen de Marruecos y ahuyenta a los turistas que, tras presenciar tales escenas, deciden no volver.
