Málaga

Como decíamos ayer (en este caso, literalmente), vivir en el centro de Málaga es una maravilla, aunque, como dice toda suegra de su nuera, por muy buena que esta sea, "tiene sus cosillas". Si ya hablé de las terrazas de los bares y de los numerosos eventos, hoy comienzo poniendo el foco en mi impresión de que a lo largo de todo el año hay procesiones.

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La Feria y la Semana Santa sólo se celebran una vez al año, pero de un tiempo a esta parte, en las calles del centro siempre hay un trono y si no eres un experto cofrade, cuando menos te lo esperas, mientras vas camino a casa, deseando quitarte los zapatos y lanzarte al sofá, te encuentras una procesión surgida de la nada.

Esto, que para muchas personas es una fantasía, en mi opinión resta empaque e importancia a la Semana de Pasión malagueña y crea situaciones complicadas que disminuye valor a una tradición tan hermosa.

Que una vez al año los vecinos del centro tengamos que conocer el recorrido de cada trono para trazar itinerarios alternativos que nos permitan llegar a donde tenemos que llegar y, que aún así, de calle Granada a la Alameda nos cueste más de una hora de nuestra vida, es un precio pequeño por disfrutar en pleno meollo de esta semana grande de fervor.

El centro le convierte a uno en un buen fotógrafo de manera accidental. F. M. R.

Pero lo que muchos olvidan es que el resto del año siempre hay algo que celebrar, ya sea la Magna o un traslado o una procesión especial para celebrar un aniversario. Y si no estás al tanto, es fácil que te encuentres sin quererlo admirando el paso de las hermosas tallas mientras miras el reloj porque llegas tarde a donde sea que vayas.

Problemas con el aparcamiento

La almendra no es nada amable con los coches. Es la tendencia natural de los cascos históricos en todo el globo, ya se sabe. Y si está bien que se venga al centro usando el transporte público que para eso se pone a disposición del ciudadano (aunque el Metro parece que nunca va a llegar… ¿Recuerdan aquello de que se inauguraría por completo el 11 del 11 del 2011? ¡Qué maravilla de mundo tenemos!), también hay que recordar que los vecinos de la zona pueden necesitar un coche para llevar a cabo sus vidas. Pero ¿dónde lo aparcas? Ah, gachón, esa es la pregunta que me llevo haciendo desde hace una década.

El cartel de la Policía Local prohibiendo aparcar en la zona verde le echa el día por alto al más pintado. F. M. R.

Si no tienes un garaje en tu edificio, que no suele ser la norma, se puede estacionar en las zonas verdes reservadas para los residentes. Teniendo en cuenta que con el paso de los años se han ido eliminando poco a poco estos aparcamientos reservados que muy pocos respetan (innumerables las veces que han estado a punto de partirme la cara por reclamar un aparcamiento que me corresponde por vivir donde vivo), y que renovar la tarjeta que autoriza a usarlos se hace casi automáticamente sin tener que demostrar que se sigue viviendo en el centro, las zonas verdes suponen un magro consuelo.

Otra opción es alquilar un aparcamiento en un parquin público o privado. Pero esto también es complicado: a unos precios muy elevados se suma en muchos casos una lista de espera que nunca avanza porque los que consiguen plaza es raro que la suelten.

Con resignación, en muchas ocasiones, al menos en mi caso, no me ha quedado más remedio que aparcar en el descampado que había junto a la Escuela de Idiomas de Málaga en el paseo de Martiricos. Y de camino a casa me he dedicado a maldecir a aquellos coches sin tarjeta de residente que encontraba aparcados impunemente en las zonas verdes. Estacionar lejos y regresar al hogar cargando con los 200 táperes llenos de comida que la madre tipo regala a un hijo, es algo que no le deseo a nadie.

El tráfico alrededor de la almendra también se ve afectado por cualquier evento o acto que se desarrolle en la zona. F. M. R.

A la complicación de aparcar el coche, se le anexiona otra cuestión a tener en cuenta: uno debe conocerse a la perfección la agenda de eventos del centro si no quiere que su vehículo aparezca en cualquier parte de Málaga.

A veces, debido a una procesión extraordinaria o a una de las numerosas carreras populares que se suceden en la ciudad, o simplemente por la poda de unos árboles, una calle en particular como puede ser Victoria, Atarazanas o Carretería debe quedar despejada. La Policía Local pone carteles avisando de que por ello de tal a cual fecha se prohíbe aparcar. Si alguien no retira su vehículo, porque no le ha dado ni tiempo a ver el aviso, una grúa viene y amablemente lo retira y lo estaciona donde buenamente puede, por regla general donde sabe que va a poder hacerlo sin problemas: esto es, en las afueras. Por suerte, este servicio no reporta multa.

La movilidad en la almendra es eterno objeto de debate. F. M. R.

En estos diez años no sé cuántas veces he ido a coger mi coche, a veces con prisa, y me he encontrado en su lugar otro vehículo. La primera vez que me pasó creí, lógicamente, que me lo habían robado. Aunque también pensé que el que se hubiera llevado semejante tartana debía de estar muy desesperado. Luego, se convirtió casi en una especie de tradición porque seguir el ritmo de todas las actividades que se desarrollan en la almendra es realmente complicado. 

Recuerdo con especial cariño -ahora ya hasta me río-, la vez que tuve que ir en taxi más allá del Seminario o cómo me sumergí en un descampado entre La Palmilla y Las Virreinas para poder recuperar mi coche; en el segundo caso con un regalito: un clavo gigante incrustado en una rueda.

Apartamentos turísticos

La relación entre causas y consecuencias se ve a la perfección en el centro histórico: las políticas que se impulsan para atraer turistas tienen su reflejo en la convivencia de los vecinos, al tiempo que configura el espacio y cómo se percibe desde el resto de la ciudad, lo que realimenta esas políticas en bucle y acarrea otros elementos a tener en cuenta.

Unas de las fuerzas gentrificadoras más potente de la última década ha sido el auge de los apartamentos turísticos. La totalidad de los turistas que viene a Málaga no acude a desbarrar sin respeto por el lugar que visita, pero nadie puede negar que una cantidad nada desdeñable de visitantes sí recala en el centro para desfasar y hacer lo que les da la gana, aprovechándose de las especiales circunstancias que rodean a los apartamentos turísticos.

Los problemas derivados con la convivencia vecinal no son desconocidos, así que no profundizaré en ellos. En mi caso, afortunadamente, en el bloque en el que vivo sólo se instaló uno de estos apartamentos y no duró mucho: el dueño se dio cuenta de que era más beneficioso un alquiler de larga duración que el desacarreo de estos tinglados.

Sin embargo, al miedo de tener que enfrentarte a una banda de hooligans borrachos dentro del edificio en que vives, se sumó el miedo a que te echen de tu vivienda porque lo quieran transformar en un apartamento turístico o que te suban tanto el alquiler que al final no te quede otra que largarte.

Numerosos edificios del centro se han transformado en apartamentos puestos al servicio del turismo. F. M. R.

Porque esa es otra consecuencia: la falta de espacio habitacional. Aquellos que dicen "si no te gusta el centro, vete", no recuerdan que ya ni siquiera fuera del centro quedan muchas opciones a las que acogerse. Como si vivir en otro sitio fuera más fácil.

Y llegó la Covid

Muchas de estas cosas sufrieron un hachazo considerable durante la pandemia y el confinamiento del estado de alarma. Por ejemplo, la amenaza de subirnos el alquiler hasta unos niveles inadmisibles quedó en nada. De nuevo, las rentas extensas demostraban su valía: no era cuestión de ganar mucho rápidamente, lo beneficio es un precio justo durante un tiempo extenso y consolidado.

Otro hecho que el encierro forzoso sacó a la luz, de una manera diáfana nunca antes apreciada, fue la despoblación del centro. Mientras en otras zonas de la ciudad el confinamiento hizo que los vecinos estrecharan lazos, en la almendra, o al menos en la calle donde habito (que no es ninguna pradera), el vacío de la gentrificación se notó poderosamente. Aplausos en la lejanía a las 8 de la tarde y un silencio que me hacía pensar que me había quedado sordo. Por primera vez en años, dormíamos a pierna suelta sin que un berrido trasnochado y beodo nos sobresaltara.

Por eso, cuando el ruido regresó, fue mucho más atronador por comparación. ¿Cómo podíamos vivir antes con semejante estruendo? Porque, aunque ya he hablado de lo ruidoso que es el casco histórico de Málaga, no se entiende hasta que se vive aquí y uno descubre que es constante durante las 24 horas del día. Y es que no habrá paz para los malvados ni para los vecinos del centro.

Vivir en un centro vacío y confinado era como ser el último hombre en la tierra. F. M. R.

Ruido, mucho, mucho ruido

Permítanme un breve listado del ruido del que les hablo: terraza del bar de abajo; persianas metálicas que se suben y se bajan y que no han conocido el 3-en-uno en su existencia; imbéciles que golpean cada persiana metálica que se encuentran en su camino; energúmenos que pulsan el portero automático en mitad de la madrugada; borrachos cantores en general; vendedores ambulantes que cacarean sus mercancías; músicos callejeros que se turnan: primero la señora del acordeón que canta ópera, después el cuarteto de cuerda, el señor del organillo, el que mal imita a Michael Jackson...

Durante un tiempo a un señor le dio por leer libros random bajo mi balcón; la obra en un local que está siendo reformado desde hace años; peleas de todo tipo y grado; el runrún de los carritos de transporte y de las ruedas de las maletas de los turistas que andan como pollo sin cabeza tratando de averiguar dónde diablos está el apartamento que han alquilado; despedidas de soltero y soltera, a cual más chabacana…

Como novedad este año han proliferado los guías turísticos: escuchar cada día 40 veces la retahíla de qué significa pelar la pava me asegura un futuro como guía si alguna vez me quiero dedicar a ir por las calles diciendo cosas que medio sé o que no sé en absoluto.

La ruidosa lista es realmente fantástica y en ella cabe cualquier cosa. Además, es estacionaria: cambia según sea la Feria, la Semana Santa, el festival del cine, una época convulsa con manifestaciones cada día… Aunque el resultado es el mismo: un ruidazo insoportable.

Cosas que dejo en el tintero y que se irán como lágrimas en la lluvia

En estos casi diez años en el centro (y por lo que veo, alcanzaré la década), mi señora y yo hemos sido testigos de cosas que no creerían: al alcalde Francisco de la Torre diciendo que hablemos bajito, que el problema es esa gente que va borracha y pierde los papeles (¡eso ya lo sabemos!), y montando en una BMX no sé muy bien por qué; manadas de turistas subidos en cualquier clase de cacharro colapsando las estrechas calles y con cara de estar más perdidos que el barco del arroz; el vaivén de los carriles bici que aparecen y desaparecen; el auge y la caída de la Casa Invisible, ese proyecto de autogestión que gestionan los de siempre…

Circular en bicicleta por las zonas peatonales está prohibido. F. M. R.

También es incuantificable la cantidad de gente que hemos visto orinando en cualquier esquina. Y no hace falta que sea Feria: hace poco, de camino a casa, por calle San Juan, vimos a no menos de siete personas orinando impunemente.

Hemos encontrado latas y trozos de comida en nuestro balcón; vómitos en la puerta; y una señora dejaba que su perro orinase sistemáticamente en el portal de nuestro edificio que está lleno de pintadas y grafitis a pesar de que el dueño las limpia con paciencia y dedicación (y el inmueble está en el entorno Thyssen, no se crean)… Seguiría, pero lo cierto es que ya creo que queda claro.

El centro es un buen lugar por el que vale la pena luchar

De esto no tengo ninguna duda. A pesar de todos sus inconvenientes (muchos de los cuales son compartidos con otros barrios de la ciudad), el casco histórico de Málaga es un sitio maravilloso donde yo en particular he sido muy feliz.

Por eso, las críticas que se hacen con respecto a su gestión y desarrollo se basan, fundamentalmente, en que los vecinos aman la ciudad y les duelen cosas que son obviamente mejorables, y que no se acometen porque, bueno, cada uno piense lo que quiera.

Además, cualquier queja o crítica por supuesto que no debe ser tomada como una enmienda a la totalidad: el centro ha crecido en otros aspectos y de modos que hace poco no se podría haber imaginado. El crecimiento museístico es un ejemplo de esto. Aunque también estaría bien que se desarrollara en vistas a no sólo atraer a visitantes y turistas, pero eso es otro cantar.

El centro tiene el mercado de Atarazanas (que también se debería conservar y no convertirlo en otro bar más), el puerto, la Manquita, la Alcazaba...; historia, patrimonio y calles por las que es un gustazo pasear. Descubrir algunos de sus secretos es una de las sensaciones más increíbles, de esas que nos hacen sentir vivos y conectados con los malagueños pasados y presentes.

Las cosas que más voy a echar de menos cuando nos marchemos (y que he echado de menos durante el confinamiento y el cierre de fronteras) es bajar cada sábado a desayunar a La Recova, cenar en el Tepito en la plaza de los Mártires, pasar por Códice y escuchar las sirenas de los cruceros en el puerto llamando a sus pasajeros y que siempre me recuerda a la película An affair to remember.

El centro de Málaga es un lugar maravilloso que debe ser protegido y cuidado. F. M. R.

El centro está, como decía, vivo. Y formar parte de él es un privilegio; yo ni siquiera soy de la ciudad y lo amo. Cada vez que un familiar viene de visita a nuestra casa (que no es nuestra, que es del casero), lo primero que nos dice es "vivís en un sitio increíble, el mejor de Málaga". No sabemos si es el mejor de Málaga, pero sí que es parte de una urbe de ensueño. 

Y puede que en el futuro los malagueños que no viven en la almendra comprendan que protegerla es tarea de todos porque, al fin y al cabo, a todos pertenece.