Mónica García vive en Genalguacil. Aunque es de Granada, ya lleva tres años siendo una más en una de las localidades que han sido tristemente protagonistas del mes de septiembre en Málaga. A los habitantes del pueblo los confinaron, los tuvieron que desalojar y ahora viven momentos de gran dificultad tras el fuego. Mónica está con ellos, es su farmacéutica.

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La profesión de farmacéutico rural es para muchos ciudadanos una profesión casi olvidada. La mayoría de la población tiene a unos pasos de su casa una o varias farmacias. Es lo habitual en las ciudades. Pero ¿qué pasa en los pequeños pueblos? Los farmacéuticos son mucho más que simples boticarios. Tanto Mónica García en Genalguacil como Miguel Ángel Montero, vocal de esa sección en el Colegio de Farmacéuticos y boticario de Serrato, coinciden en algo: en la multifunción que cumplen dentro de la comunidad.

"Hay veces que hacemos de curas, porque los vecinos vienen a confesarse con nosotros; otras veces casi de psicólogos, porque nos cuentan sus cosas y buscan nuestra ayuda, y, cada vez más, somos los cajeros automáticos, los banqueros de los pueblos". Lo dicen sabiendo que, efectivamente, no hacen ese papel, pero en sus localidades desempeñan un papel socialmente necesario.

En este sentido, García recuerda cómo tuvo que actuar ante la más reciente catástrofe natural vivida en Genalguacil: el incendio que ha asolado 10.000 hectáreas alrededor del pueblo. ¿En qué pensó cuando tuvo que salir corriendo?: "Primero pensé en los mayores, se desorientan mucho cuando los sacan de su casa corriendo. Ese fue el momento más duro. Claro, cuando pasa el momento y te quedas tranquilo porque todos están con algún familiar o en residencias. Todos tenían una cama, una habitación y un aseo".

García relata que su relación más habitual es precisamente con los mayores: "Estuve en contacto como pude con ellos. Me las apañé con WhatsApp, fui buscando números de los familiares más jóvenes. Sabía que a algunos les iba a faltar medicación. Aquí son poquitos y los llevo al día", afirma.

"Sabía perfectamente quién me iba a necesitar el lunes y contactaba con los vecinos para tener los teléfonos de los hijos, por ejemplo. Me las ingenié para dar con ellos". En esa labor social que realizan García recuerda que "hay mucha gente que se ha venido abajo con el incendio". 

"Aparte de que todos los días vamos a ver la sierra quemada desde aquí, hay mucha gente que trabaja ahí. Ahora cuando venga la castaña, cuando toque sacar el corcho... muchas familias se han visto sin trabajo. Y ya están que no duermen, te cuentan, te preguntan...". Son esas cosas que Mónica nota en el tipo de medicamentos que vende: "Ya estamos moviendo medicamentos para dormir, tipo valeriana, sin prescripción médica. Ellos buscan primero en la farmacia: pasan por aquí, intentan remediarlo con algo pasajero, pero yo les aconsejo que siempre vayan al médico, por si necesitan algo más".

La labor de Mónica García no tiene fin: vive encima de la farmacia y para ella no hay fines de semana: "Nos peleamos por la Semana Santa, que son cuatro días", dice mientras ríe. Son varios los farmacéuticos rurales que se tienen que coordinar para que la zona nunca quede desabastecida o sin el servicio. 

"El viernes en pleno incendio, el pueblo estaba cubierto de humo y brasas y yo tenía a Bidafarma repartiéndome medicamentos, aquí a Genalguacil llega todos los días el reparto, por eso nunca hay problemas de desabastecimiento", concluye García.

La Farmacia rural

Por su parte, Miguel Ángel Montero, del Colegio de Farmacéuticos, dice con cierto pudor que el ejercicio del farmacéutico rural es "el más auténtico". Las rurales son boticas que "no se parecen en nada" a las urbanas, porque en los pueblos son los únicos sanitarios que hay. 

Montero tiene su botica en Serrato, en la Serranía de Ronda, pero es el representante de los farmacéuticos de pueblo en el Colegio. Habla con orgullo de sus compañeros e insiste en la cantidad de funciones que tienen que realizar. Lo hacen con la mayor disposición: "Siempre por nuestros clientes".

Ahora tienen en marcha un interesante proyecto que hace que los dispensarios sean, además, los cajeros automáticos de los pueblos. A través de un acuerdo con CaixaBank, Cútar y Júzcar están probando cómo funcionan las farmacias como oficinas para sacar dinero.

Esto es algo que ya hacían, indica Montero: "En cualquier pueblo pequeño sin banco la gente va a los cajeros y sacan cantidades, normalmente, en billetes de 50 euros. Claro, luego vienen a la farmacia y tenemos que cambiar. De eso tenemos que estar también atentos".

Son profesionales farmacéuticos que a su labor se le suman otras muchas. Sin traspasar los ámbitos profesionales de otros sanitarios, pero siempre dispuestos a echar una mano a sus vecinos. Como Mónica en Genalguacil, cualquier farmacéutico rural sabría recitar de memoria quién necesita su medicación si desalojan al pueblo de madrugada. Una labor encomiable que cuenta con el reconocimiento de sus -pocos- vecinos.