Hay algo que no consigo quitarme de la cabeza desde que conocimos la tragedia ferroviaria que ha sacudido a nuestro país. Y no son solo las imágenes, el dolor o todo lo que hemos visto estos días. Es pensar en esas personas que salieron de casa convencidas de que volverían. En quienes cerraron la puerta diciendo «hasta luego», mandaron un mensaje avisando de que ya estaban en el tren o tenían a alguien esperándolos al otro lado del trayecto, deseando darles un abrazo.
Porque hay algo mucho más doloroso que un tren que nunca llega a su destino: todas esas personas que se quedan esperándolo.
Me cuesta escribir estas líneas. Y es porque yo también soy una de esas personas que utilizan habitualmente el tren. Viajo muchísimo por trabajo y, cuando tengo que ir desde Valencia a mi Málaga querida, muchas veces lo elijo. Conozco esos trayectos, esas estaciones, esos andenes y esa sensación tan cotidiana de sentarte, colocar el bolso, sacar el ordenador y empezar a pensar en todo lo que tienes pendiente cuando llegues.
Y entonces me pregunto: ¿por qué ellos y no yo? ¿Por qué aquel tren y no cualquiera de los que cogemos nosotros? ¿En qué momento algo tan normal como viajar puede convertirse en una ruleta rusa?
No puedo dejar de pensar en las historias que iban dentro de aquellos vagones. Quizás una madre que viajaba para ver a sus hijos. Un padre que regresaba del trabajo con ganas de llegar a casa. Una pareja que había organizado una escapada. Un joven que iba ilusionado a una entrevista de trabajo. Una abuela que llevaba algún regalo en la maleta para sus nietos.
No conozco sus historias, pero sé que cada uno llevaba la suya. Sus preocupaciones, sus ilusiones, sus planes y, sobre todo, personas que los querían y que los estaban esperando.
Ahí es donde yo me rompo.
Pienso en esa madre mirando el reloj, en ese marido pendiente del teléfono, en esos hijos preguntando a qué hora llega papá. En las llamadas que nadie contestó, en los mensajes que se quedaron sin respuesta y en todos esos abrazos que nunca llegaron a darse. Porque cuando sucede una tragedia así hablamos de víctimas, heridos, investigaciones y cifras. Pero detrás de cada cifra hay un nombre, una historia y una familia cuya vida ya nunca volverá a ser la misma.
Hay personas que se han quedado esperando a alguien que jamás volverá a cruzar la puerta de su casa. Y eso no hay manera de repararlo.
El dolor de esas familias también nos duele a los demás. Pero junto a esa tristeza siento una enorme indignación.
No quiero entrar en cuestiones políticas, aunque podría hacerlo perfectamente. Estoy en mi derecho, como cualquier ciudadano que paga sus impuestos con esfuerzo y espera que se administren con responsabilidad. No me apetece que una desgracia como esta termine convertida en otro espectáculo de reproches y enfrentamientos. Bastante crispación tenemos ya en este país llamado España, que honestamente me tiene agotada. Pero sí hablaré de responsabilidad, de prioridades y de algo tan básico como la seguridad de quienes cada día contribuimos con nuestro esfuerzo a sacar adelante este país y confiamos en los servicios públicos.
¿Dónde está el dinero?
Me pregunto cómo se administran nuestros recursos. Cómo es posible que podamos destinar cantidades importantes a compromisos, proyectos y ayudas fuera de nuestras fronteras mientras aquí seguimos teniendo infraestructuras que necesitan mantenimiento, conservación y mejoras.
No, no, que nadie me malinterprete. Soy una persona solidaria, creo profundamente en ayudar a quien lo necesita y me parece que España debe seguir haciéndolo. Pero también tenemos la obligación de cuidar nuestra propia casa. Ayudar a los demás no debería hacernos olvidar nuestras necesidades.
No se trata de que dejemos de ayudar fuera. Estoy diciendo que también tenemos que mirar lo que tenemos dentro y asegurarnos de que lo estamos cuidando como merece.
¿De qué nos sirve hablar tanto de progreso si no somos capaces de dedicar a nuestras infraestructuras toda la atención y los recursos que necesitan?
Y no estoy diciendo que la falta de mantenimiento haya provocado este accidente. ¡Quietos ahí! Que ya me conozco demasiado bien a esa jauría de las redes sociales que está esperando cualquier oportunidad para lanzarse a la yugular de quien no opine como ellos. No, señores. Eso tendrán que aclararlo las investigaciones. Pero sí creo que tenemos el derecho y la obligación de preguntarnos si se está invirtiendo lo suficiente, si las revisiones son las adecuadas y si estamos haciendo todo lo necesario para que viajar sea seguro.
Mantener una infraestructura no luce tanto como inaugurarla, ¿verdad? No hay grandes fotografías ni aplausos por cambiar una pieza, revisar una vía o adelantarse a un problema. Pero ese trabajo que casi nadie ve puede marcar una diferencia enorme.
Eso debería preocuparnos a todos.
Me inquieta que nos estemos acostumbrando a escuchar explicaciones cuando las desgracias ya han sucedido. Después llegan las comparecencias, los informes, las promesas y las condolencias. Y vuelta a empezar. Hasta que ocurre otra desgracia.
No quiero tener miedo cuando subo a un tren. No quiero, me niego. Quiero seguir viajando a Málaga, a Madrid o a cualquier otro lugar, mirar por la ventanilla, trabajar con mi ordenador o cerrar los ojos un ratito, confiando en que se ha hecho todo lo posible para protegernos.
Sé perfectamente que el riesgo cero no existe. Pero eso no significa que tengamos que conformarnos. Como decía Benjamin Franklin: «Una onza de prevención vale una libra de cura». Y hay pérdidas para las que, desgraciadamente, no existe cura alguna.
Quiero dedicar estas líneas especialmente a quienes se han quedado al otro lado del viaje. ¡Cuánto dolor, por Dios! A esas familias que tendrán que acostumbrarse a una silla vacía, a no volver a escuchar una voz, a celebrar cumpleaños que ya nunca serán iguales. A quienes van a guardar ese último mensaje de WhatsApp y darían cualquier cosa por recuperar cinco minutos, por despedirse de otra manera, por decir una vez más «te quiero».
Quiero mandar todo mi cariño a los heridos y a quienes están intentando recuperarse en una cama de hospital, física y emocionalmente. Y mi reconocimiento, por supuesto, a los profesionales de emergencias, sanitarios, fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y vecinos que estuvieron allí dándolo todo en un entorno dantesco.
Y a ustedes, que hoy me leen desde este balcón, quiero pedirles algo.
La próxima vez que acompañen a alguien a una estación, que se despidan de un ser querido o que reciban ese mensaje tan normal de «ya he llegado», recuerden cuánto vale algo que damos por hecho todos los días.
Llegar. Qué pena tener que escribir esto.
Porque ninguno de nosotros compra un billete de tren pensando que está jugando a la ruleta rusa, sin saber si le tocará la bala o tendrá la suerte de llegar a casa.
Y aquí quiero decir algo más. A estas familias no les bastan las condolencias, los minutos de silencio y las palabras bonitas. Tienen derecho a saber qué pasó, por qué ocurrió y si alguien dejó de hacer lo que tenía que hacer. Y, si hubo responsabilidades, que se asuman.
No podemos acostumbrarnos a que después de cada desgracia se prometa lo que debería haberse hecho antes.
No puede ser que dentro de unos meses estas vidas sean una cifra que apenas recordemos. Ni que todo quede enterrado bajo otros titulares. Porque cada una de esas personas tenía una familia, unos planes y alguien que confiaba en volver a abrazarla.
Y quienes tienen en sus manos la seguridad de nuestros transportes deben recordar algo: detrás de cada presupuesto, de cada revisión y de cada decisión hay vidas humanas.
Por quienes nunca llegaron. Por quienes siguen esperando. Y por todos los que mañana volveremos a subirnos a un tren.
Porque, señores, cuando compramos un billete de tren esperamos llegar a nuestro destino. No estamos comprando una papeleta para jugar a la ruleta rusa.
Y ya está bien.