Hace unos días tuve la suerte de coincidir en un acto de APD con nuestro alcalde Francisco de la Torre. En su alocución habitual de cierre, hizo alusión a un informe que ponía en evidencia la importancia de la educación como palanca de la prosperidad y como soporte de ventaja comparativa entre territorios.

Al terminar el evento le pedí al alcalde que me hiciera llegar una copia del informe. Al día siguiente ya tenía el meritado informe en la bandeja de entrada de mi correo.

Este informe, publicado por el Banco de España bajo el título Capital humano y desigualdad territorial, analiza el proceso de alfabetización en los municipios españoles, desde la Ley Moyano hasta la Guerra Civil. Cabe destacar una idea que considero especialmente poderosa, refiriéndose a que las desigualdades económicas y educativas actuales no han surgido de repente, sino que hunden sus raíces en procesos históricos muy profundos.

El trabajo analiza la evolución de la alfabetización en España entre 1860 y 1930 y demuestra hasta qué punto el territorio condicionaba las oportunidades educativas. Ciertamente, las diferencias territoriales eran extraordinarias. Grosso modo, algunas provincias del norte alcanzaban niveles relativamente elevados, otras zonas del sur permanecían muy rezagadas.

La Ley Moyano se promulgó en 1857 como una Ley educativa de las muchas que vendrían después. Esta ley trató de impulsar la escolarización obligatoria, pero hizo recaer buena parte de la financiación de la enseñanza primaria sobre los municipios. El problema aparece cuando no todos los ayuntamientos disponían de los mismos recursos, ni todas las familias tenían las mismas posibilidades para mantener a sus hijos estudiando. Una misma ley podía producir resultados muy distintos dependiendo de dónde naciera una persona.

Esta reflexión histórica me lleva inevitablemente a mi propia experiencia. Mi etapa educativa hasta el COU transcurrió fundamentalmente entre las décadas de los sesenta, setenta y principio de los ochenta. Evidentemente, la España que me tocó vivir era muy diferente de aquella del siglo XIX, aunque algunas barreras educativas todavía podían reconocerse bajo formas distintas. Yo vivía extramuros de la ciudad, en la barriada Santa Isabel, junto al Cementerio San Rafael. Y ese simple hecho ya suponía un hándicap de partida frente a los niños que vivían en el centro de la ciudad o barrios aledaños.

La distancia respecto a determinados centros educativos, las comunicaciones y el entorno socioeconómico convertían el proceso educativo en un camino algo más complicado. No era una barrera infranqueable, pero sí una acumulación de pequeñas dificultades que podían terminar condicionando tu futuro.

En mi caso conseguí superarlas gracias, sobre todo, a una fuerte determinación personal. Tenía la convicción de que estudiar podía abrirme oportunidades que difícilmente encontraría de otra forma. Sin embargo, muchos niños y niñas de mi barrio no continuaron estudiando. Algunos tuvieron que incorporarse pronto al mercado laboral. Otros no encontraron suficiente apoyo. Y muchos, simplemente, no tuvieron esa fuerza interior necesaria para sortear todas las piedras del camino.

Por eso siempre he pensado que una sociedad no puede diseñar su sistema educativo suponiendo que todos los jóvenes deberán comportarse como héroes para progresar. La educación debe reducir obstáculos, no convertirlos en una prueba permanente de resistencia.

Mis padres no acumulaban bagaje educativo ni formativo. Eran personas de campo y, aunque querían lo mejor para mí, pensaban que estudiar una carrera universitaria era una extravagancia si no iba acompañada de un trabajo. Desde su perspectiva, tenía cierta lógica, ya que ellos pertenecían a una generación en la que incorporarse pronto al mercado laboral era lo normal y prolongar los estudios durante años podía parecer incluso un lujo que no me podía permitir.

En mi trayectoria apareció además otra circunstancia. Con 19 años tuve que incorporarme al servicio militar obligatorio. En aquel momento, dadas mis circunstancias, no tenía claro si iniciar mis estudios superiores en la universidad. Visto con perspectiva, probablemente fue una mala decisión no pedir la correspondiente prórroga.

Cuando regresé de la mili comencé una etapa decisiva en mi vida. Fue entonces cuando después de unos años en los que me pude hacer hueco en el mercado laboral en trabajos de baja cualificación, empecé a compaginar trabajo y estudios superiores. Aquella experiencia terminó siendo extraordinariamente formativa y enriquecedora. Siempre he procurado aplicar una máxima: convertir cada problema en una oportunidad.

Trabajar me proporcionó independencia, responsabilidad y contacto directo con la cruda realidad de lo que cuesta ganarse la vida. Estudiar, por otro lado, me permitía continuar construyendo capacidades y abrir posibilidades futuras a la hora de poder optar a puestos de media y alta cualificación, y así aplicar esos conocimientos que iba aprendiendo. Esta experiencia me enseñó a valorar que la universidad puede estar abierta a todos, pero no todos llegan a ella desde el mismo punto de partida.

Quien crece en una familia con tradición universitaria suele considerar los estudios superiores como una continuación natural de su trayectoria. Quien procede de un hogar sin esa experiencia puede percibir la universidad como un mundo más lejano, extraño o incluso poco realista. El capital cultural también se hereda a través de expectativas, conversaciones familiares, referencias, contactos y confianza en las propias posibilidades.

Dos jóvenes pueden tener una inteligencia y una capacidad similares, pero uno dispone de tiempo, recursos económicos, apoyo familiar y proximidad a los centros educativos, mientras el otro debe trabajar, desplazarse desde la periferia y superar además unas expectativas familiares más limitadas. En ese sentido, ambos parten desde posiciones claramente diferenciadas en la parrilla de salida de su itinerario académico. No es lo mismo salir como poleman que en los puestos de atrás.

Volviendo a este informe del Banco de España, hay otro dato especialmente revelador y es la persistencia histórica. El trabajo encuentra una elevada correlación entre los niveles de alfabetización de 1860 y determinados niveles educativos observados más de un siglo después. No significa que el pasado determine inevitablemente el presente, pero sí demuestra que las desigualdades pueden dejar una huella extraordinariamente duradera.

Quizás por eso deberíamos entender la educación como algo más que una política social. Es también una infraestructura económica. Una carretera conecta territorios; la red eléctrica transporta energía; una infraestructura digital transmite información. La educación permite que las personas aprovechen todas ellas, pero, sobre todo, permite descubrir y desarrollar talento.

Cada joven que abandona prematuramente sus estudios puede representar una capacidad que nunca llegue a desarrollarse plenamente. Yo tuve la oportunidad de continuar estudiando mientras trabajaba. Otros jóvenes de mi generación no la tuvieron o no supieron encontrarla.

Por eso creo que el progreso de una sociedad no debe medirse únicamente por las historias personales de quienes conseguimos superar los obstáculos, sino por cuántos obstáculos hemos sido capaces de eliminar para quienes vienen detrás. Porque cuando la educación depende demasiado de la capacidad individual para superar adversidades, no estaremos aprovechando todo el potencial de nuestro capital humano. Y una sociedad que desperdicia talento está renunciando, también, a una parte de su futuro.