Mañana, miércoles 14 de octubre, es mi cumpleaños. 58 ya, quién lo diría. Mi vida transcurre entre Córdoba y Málaga, y mi tiempo se diluye entre andenes, trenes, retrasos y algunas horas en casa, menos de las que me gustaría, desde luego.

Pero siempre conviene celebrar que uno quiere a quienes le rodean, que disfruta de un empleo estable y puntualmente pagado, que la salud acompaña y que vive a dos minutos de unos muy conocidos grandes almacenes bien surtidos de cervezas internacionales. Amanece, que no es poco.

Así que, para conmemorar el aniversario de mi propio nacimiento, decidí ir a uno de mis templos laicos, la librería malagueña Rayuela, en busca del nuevo libro de Éric Vuillard, ese escritor francés tan certero e imprevisible. Su última novela está dedicada a la figura de Billy el Niño, el más famoso forajido de un salvaje Oeste que hoy está de nuevo de moda, porque impera la ley del más fuerte, el gatillo fácil, la muerte vía dron o decidida por una inteligencia artificial, sin conciencia, sin juicios, sin humanidad. Así que tengo ganas de leer a Vuillard para ver qué nos cuenta, y sobre todo cómo nos lo cuenta, porque sus libros anteriores los tengo tan subrayados que me daría vergüenza prestarlos.

En la puerta de Rayuela, un cartel: ¿Qué libro le regalarías a una mujer que está en la cárcel? Y un proceso sencillo: pensarlo, elegir el libro, escribir una dedicatoria y dejarlo en la misma librería, antes del 22 de octubre, donde será recogido por la asociación “A las olvidadas” (www.alasolvidadas.org). Una iniciativa tan hermosa, en estos tiempos en los que tanta gente exhibe sin pudor su brutalidad en las redes, a cara descubierta, sin piedad, sin compasión, sin respeto, que me hizo en efecto detenerme, y pensar.

He conocido a personas que han pasado por la cárcel. En Ciudad Real, un tipo al que ayudé a comprar el billete de tren que necesitaba para reunirse con su hermano me contó la técnica que utilizaba para atracar bancos.

En Córdoba, paseando con quien ahora es mi mujer, con chaqueta y sin corbata, se me acercó un hombre para pedirme el móvil, porque acababa de salir de la cárcel y necesitaba llamar a un familiar. ¿Por qué me elegiría? Se lo dejé sin dudarlo, y mi mujer aún no se lo cree.

He enviado libros a amigos que han estado en prisión, y nada de eso me ha hecho sentir que he faltado al respeto a las víctimas, ni a nadie. Más bien que un gesto amable y una mano tendida siguen siendo necesarios, sean cuales sean las circunstancias.

El cartel en Rayuela me hizo pensar también en aquella iniciativa que pusimos en marcha en mi etapa como privilegiado director del Centro Andaluz de Emprendedores (CADE), el embrión de la posterior red de Centros de Apoyo al Desarrollo Empresarial, que heredaron un acrónimo consolidado en toda Andalucía a base de mucho trabajo de un equipo irrepetible.

Embrión a su vez de Andalucía Emprende, hoy tan presente en todos los rincones de la Comunidad Autónoma. Aquella iniciativa, digo, buscaba formar en autoempleo y emprendimiento a los reclusos de la cárcel de Málaga, personas que al salir de la trena, que diría un castizo, tenían más dificultades que nadie para encontrar trabajo y disponer de una nueva oportunidad.

La materialización la presentó María Gámez, porque yo ya estaba en otras ocupaciones, y se llamó “Emprender el vuelo”, y fue aplaudida por toda la prensa local, porque fue hace más de veinte años y el periodismo aún era capaz de reconocer y aplaudir lo que tenía sentido, lo que estaba hecho con corazón.

Seguí aquello con interés, y las personas encargadas de ir a la cárcel de Alhaurín me dijeron que fue una experiencia extraordinaria, emotiva, porque encontraron gratitud y deseos de aprender a pesar de las circunstancias a menudo desgraciadas de aquellos reclusos, tan apegados a la vida como cualquiera de nosotros.

Me dijeron que iba bien la donación de libros a esta propuesta tan necesaria, tan alentadora. Un oasis de alegría. La ola que nos envuelve y desborda rezuma odio, incomprensión, brutalidad. Sin duda, la criminalidad del año 2026 no es la de otros tiempos, cuando la pobreza obligaba a delinquir y la injusticia y el peso de la ley y de la autoridad se cebaban sobre los más frágiles y vulnerables, sobre los más desposeídos.

Pero no creo que sea necesario leer a Beccaria, a Luigi Ferrajoli, a Concepción Arenal o a nuestra paisana Victoria Kent para considerar que la solución no pasa por la construcción de más y más cárceles, por la eliminación de las garantías, por la consideración de cualquier preso o presa como un criminal que no merece ni la comida diaria. Tampoco por el endurecimiento de las penas, última moda populista cada vez que un caso mediático dispara las alarmas de los políticos de turno.

Quizás sea un romántico, sí, y un buenista. Serlo, y conservar los buenos sentimientos, está mal visto en una sociedad, la española, capaz de agredir verbalmente, de humillar y de insultar por todos los medios posibles a una anciana desahuciada que acaba de morir.

En la única red en la que sigo activo, Facebook, la tormenta de odio, de violencia verbal, de mal gusto, de comentarios que habrían sido repugnantes y minoritarios y anónimos hace tan sólo unos años, y que hoy son habituales y celebrados, me ha hecho pensar en toda esa gente que necesita urgentemente leer algún libro, pese a estar en libertad, tranquilamente en sus casas, disfrutando de la vida que merecen y se ganan a pulso.

Porque, ¿en qué familias, en qué colegios, en qué institutos, en qué parques infantiles, en qué gradas, en qué fiestas ha aprendido e interiorizado tanta gente todo ese odio? ¿En qué playas, en qué bares, en qué conciertos, en qué viajes? ¿En qué asociaciones, en qué plazas, en qué cofradías, en qué centros comerciales? Demasiada gente parece sentirse a gusto en sus propias cárceles del alma.

Cuando tantos ciudadanos exhiben con orgullo en las redes sus deseos de muerte al prójimo que no piensa como ellos, su alegría indisimulada cuando naufraga una patera, su odio visceral al pensamiento que difiere, su violencia casi física contra los más frágiles, vulnerables e indefensos, entonces pienso que quizás esas mujeres que, en la cárcel de Málaga, van a recibir estos libros, estén a salvo, a resguardo de un país encanallado donde los corazones de piedra y las almas envilecidas campan a sus anchas, sabiéndose más fuertes, porque la dialéctica agresiva de la violencia y la negación del otro ha calado tanto que parece peligroso incluso defender en esas mismas redes una compasión elemental y el deseo, buenista o no, a favor de una convivencia basada en la ayuda al prójimo y el respeto a todos.

Ojalá que, cuando alguna de esas mujeres olvidadas lea ese libro de Pedro Lemebel que es para ellas, sonría, emprenda el vuelo, contemple el cielo de la libertad que atraviesa esas páginas milagrosas cargadas de talento, de humor, de amor y de literatura. Regalar un libro es siempre un acto de amor. Y no podemos dejar, nunca, que esa ola de odio se lleve por delante lo más precioso que tenemos. Nunca, jamás.