Recuerdo que mis padres salieron de su Cártama natal para vivir en el barrio del Perchel, en un garaje alquilado a pie de calle, convirtiéndolo en una especie de loft improvisado. Corría por entonces el año 1950. De ese modo fueron parte activa de aquella diáspora desde los pueblos del interior hacia las ciudades que vivió España a mediados del siglo pasado. Como ellos, millones de ciudadanos de la España rural abandonaron sus pueblos para dirigirse hacia las ciudades en busca de oportunidades laborales y un futuro mejor para ellos y sus hijos.
Fue uno de los grandes movimientos económicos y sociales de la España contemporánea. Entre 1950 y 1975 las familias rurales fueron protagonistas de un éxodo que transformó por completo el país. Solo durante la década de los sesenta, alrededor de 3,1 millones de españoles se trasladaron del campo a la ciudad. Madrid, Barcelona, País Vasco y las grandes capitales provinciales se convirtieron en polos de atracción de una mano de obra que dejaba atrás una agricultura y ganadería de subsistencia para incorporarse a tareas en sectores industriales y de servicios.
Nuestros abuelos/as y padres/madres hicieron las maletas para buscar nuevas oportunidades. Paradójicamente, en la actualidad sus nietos ahora hacen las maletas, pero para volver al pueblo. Setenta y seis años después estamos asistiendo a una especie de tornaviaje. Pero existe una diferencia fundamental por la que nuestros padres y abuelos abandonaban el pueblo. Ellos querían aproximarse al empleo y, por el contrario, muchos jóvenes de hoy se alejan de las ciudades porque no pueden permitirse vivir en ellas, a pesar de que el empleo está en la ciudad principalmente.
La motivación no es otra que el precio de la vivienda ha llegado a convertirse en uno de los mayores problemas económicos de las familias españolas y, particularmente, de las generaciones que intentan formar un hogar. Los últimos datos lo reflejan. En el segundo trimestre de 2026, el precio de la vivienda en España aumentó un 12,2% interanual, después de varios trimestres creciendo a tasas de dos dígitos. En la vivienda de segunda mano, el incremento llegó al 12,9%. Difícilmente pueden los salarios competir contra semejante escalada de precios.
El Banco de España proporciona otro dato que ayuda a entender la magnitud del problema. Entre 2021 y 2025 hubo un gap en España cercano a las 750.000 viviendas entre la creación de nuevos hogares y las viviendas terminadas. Es decir, mientras aumenta con fuerza el número de personas que necesitan una vivienda, la oferta crece a menor ritmo. Y ya se sabe que cuando la demanda aumenta y la oferta no responde suficientemente, el resultado no es otro que la subida de precios. La implacable ley de la oferta y la demanda.
En el mercado del alquiler la situación tampoco resulta nada halagüeña. A la escalada de precios se añade la percepción de inseguridad que manifiestan la mayoría de los propietarios ante posibles impagos, ocupaciones ilegales o procedimientos excesivamente prolongados para recuperar la posesión de sus inmuebles.
Con independencia de la dimensión real de este fenómeno, no deberíamos minusvalorar su efecto sobre las expectativas de quienes tienen que decidir si ponen o no una vivienda en alquiler. En Economía, las expectativas también condicionan las decisiones. De hecho, estamos viendo que los propietarios de viviendas están percibiendo un excesivo riesgo, y, por tanto, está optando por no alquilar o, en su defecto, exigir mayores garantías o incorporar una prima de riesgo al precio. Y cualquiera de esas decisiones termina reduciendo la oferta efectiva o encareciendo el mercado del alquiler como está ocurriendo.
El Banco de España considera que existe sobresfuerzo cuando un hogar destina más del 30% de su renta neta al alquiler. Según su Informe Anual 2025, aproximadamente un tercio de los hogares españoles que viven alquilados superan ya ese umbral; el porcentaje es todavía mayor entre los jóvenes.
En determinadas grandes ciudades la situación resulta especialmente gravosa. En Málaga el dato resulta todavía más preocupante, ya que alcanza el 46,7%. Es decir, prácticamente uno de cada dos hogares considerados soporta un nivel de esfuerzo superior al 30% de su renta neta para acceder a una vivienda en alquiler.
Hace algunas décadas vivir a treinta kilómetros del lugar de trabajo podía parecer algo impensable. Hoy empieza a convertirse en una estrategia familiar. Una pareja hace números y descubre que diez, veinte o treinta kilómetros adicionales pueden reducir considerablemente el precio de compra o alquiler. Cuando eso no es suficiente, sigue alejándose.
Pensemos en positivo, esta crisis también puede convertirse en una oportunidad para muchos pueblos españoles. El teletrabajo, la conectividad digital y la virtualidad de numerosas actividades profesionales permiten algo que a nuestros mayores le hubiera sido imposible imaginar. Me refiero a trabajar para una empresa situada en una gran ciudad viviendo a decenas o incluso cientos de kilómetros de ella.
Pero para que ese movimiento sea una verdadera elección y no una expulsión económica debemos mejorar los transportes públicos y carreteras. Por ello, consideramos que la solución al problema de la vivienda no puede descansar exclusivamente en intervenir sobre los precios. Tenemos un problema fundamentalmente estructural y, como tal, requiere actuar también sobre la oferta. Necesitamos construir más vivienda allí donde existe demanda, agilizar suelo y licencias, rehabilitar inmuebles actualmente infrautilizados, aumentar de manera sostenida el parque de vivienda asequible y mejorar las comunicaciones metropolitanas.
Siempre o casi siempre un problema puede derivar en oportunidad, en este caso podemos aprovechar esta crisis para revitalizar la España vaciada.
Nuestros mayores dejaron sus pueblos porque allí no encontraban futuro. Sería una extraordinaria paradoja histórica que la tecnología, las comunicaciones y una nueva organización del trabajo terminaran corrigiendo parte del enorme desequilibrio territorial provocado por aquella emigración de mediados del siglo XX.
Del campo a la ciudad y ahora, de la ciudad al campo.