La salud de nuestros hijos también depende de los animales, de los alimentos y del entorno que compartimos.
Mateo entró en la consulta del pediatra con fiebre y una pequeña mancha rojiza detrás de la rodilla.
-"Empezó anoche", explicó a Elena, su madre. "Pensé que sería una picadura de mosquito", agregó.
El pediatra le preguntó si habían paseado por el campo o estado en contacto con animales.
-"El domingo fuimos a los Montes de Málaga con Luna", respondió Mateo.
-"¿Quién es Luna?", le preguntó su madre. "Nuestra perra", le respondió Mateo.
-"¿Le habéis encontrado alguna garrapata?", insistió el pediatra.
-"Ayer le quitamos una. Pero ¿qué tiene que ver la perra, con la fiebre del niño?"
."Posiblemente nada. Pero también podría ayudarnos a comprenderlo todo".
Ya no teníamos delante únicamente a un niño con fiebre. Teníamos a un niño, un animal y un entorno compartido: el campo, el calor, los insectos y algunos microorganismos.
Esta forma de comprender la salud se denomina One Health, o Una sola salud.
La Organización Mundial de la Salud recuerda que la salud humana, la animal y la ambiental están estrechamente relacionadas. No es un concepto nacido en 2026, aunque este año culmina el Plan de Acción Mundial impulsado por la OMS, la FAO, Naciones Unidas para el Medio Ambiente y la Organización Mundial de Sanidad Animal.
Las cifras justifican la preocupación. Aproximadamente seis de cada diez enfermedades infecciosas humanas pueden transmitirse entre animales y personas, y alrededor del 75% de las infecciones emergentes tiene origen animal.
La COVID-19 demostró que un microorganismo puede transformar el mundo en pocas semanas.
Pero One Health no habla solamente de futuras pandemias. Está presente en la salmonelosis, la gripe aviar, la leishmaniasis o el virus del Nilo Occidental. También llega al aire que respiramos y a nuestra cesta de la compra.
El calentamiento global permite que algunos mosquitos y garrapatas sobrevivan durante más meses y alcancen nuevos territorios. La pérdida de biodiversidad aproxima a personas, animales y microorganismos. La OMS estima, además, que la contaminación atmosférica se relaciona con unos siete millones de muertes prematuras cada año.
Los niños son especialmente vulnerables porque sus pulmones y su sistema inmunitario todavía están desarrollándose.
La alimentación completa el círculo. La producción y conservación de los alimentos, la calidad del agua y el uso de antibióticos en personas y animales influyen sobre toda la comunidad.
En nuestro siglo, las bacterias resistentes causaron directamente más de un millón de muertes anuales y estuvieron relacionadas con casi cinco millones cada año.
Cada antibiótico innecesario ayuda a seleccionar bacterias que pueden circular entre hospitales, hogares, animales, alimentos y aguas residuales.
Esto no significa que debamos temer a nuestras mascotas, ni dejar de disfrutar del campo. Significa convivir responsablemente: vacunar y desparasitar a los animales, protegerlos frente a pulgas y garrapatas, lavarnos las manos, consumir alimentos seguros y utilizar antibióticos solamente cuando estén indicados.
La fiebre de Mateo desapareció y no presentó signos de una infección transmitida por garrapatas (“fiebre botonosa mediterránea”). Luna asimismo fue revisada por su veterinario.
Una semana después, Mateo regresó sonriendo.
“Entonces, si cuidamos a Luna y al campo, ¿también nos cuidamos nosotros?”
“Exactamente. Y cuidamos a quienes vivirán después de nosotros”.
Aquella consulta no terminó con un diagnóstico inesperado, sino con una nueva forma de mirar. Proteger a nuestros hijos no consiste únicamente en atenderlos cuando enferman.
También exige cuidar a los animales, los alimentos, el agua, el aire y el planeta que heredarán. Porque no existe una salud para las personas, otra para los animales y otra para la naturaleza. Solo existe una salud.
Nadie enferma completamente solo y nadie puede salvarse cuidando únicamente de sí mismo.