Málaga

"Hubo momentos en los que parecía que se iba a arrojar al vacío". Si el alivio pudiese escucharse, sería la voz de Javier, el negociador de la Policía Nacional que evitó en la tarde de este lunes que un hombre de 34 años se quitase la vida al saltar desde un puente en Málaga.

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Fueron más de seis horas en las que "la situación era crítica". Junto a Javier se encontraba Inma, una compañera de la Policía Local de Málaga que colaboró en mantener al joven con vida. "Él hablaba poco, pero sí que nos escuchaba", reconoce Javier.

El afectado se hallaba en la cornisa de un puente de la carretera MA-23 hacia la A-7, en la entrada a Guadalmar, en Málaga capital. Estaba dispuesto a saltar. Así se lo hizo saber a los negociadores que le trataban de convencer de que diese marcha atrás: "Se descalzó y arrojó los zapatos". Los especialistas afirman a este periódico que es una técnica frecuente entre los suicidas "para calcular la altura" hasta el suelo. "En ese momento pensamos que se podía tirar", admite Javier.

Ante la "más que delicada situación" que tenían por delante, los negociadores confiesan que comenzaron a "empatizar" con el hombre. Utilizaron una técnica que en este ámbito se conoce como un "gancho a la vida". Pero necesitaban un tiempo prudencial que el posible suicida no les iba a otorgar. Según fuentes policiales, Abraham había consumido sustancias estupefacientes que le impedían "ver la realidad como nosotros la vemos".

Tenían que acelerar la operación. Optaron por "buscar algo que le aferrase a seguir vivo, algo que para él fuera importante". Y qué hay más importante que una madre, pensó Javier. Y así lo hizo. Consiguió el número de teléfono de Purificación -nombre ficticio-, la madre del joven que amagaba con saltar al vacío. Empezó una conversación entre ellos con los negociadores como testigos.

Pero Abraham no lo creía. Afirmaba que la mujer que se encontraba al otro lado de la pantalla del dispositivo no era su madre. "Sois muy listos, eh. Pero esa no es mi madre. Es una máquina de la policía", les decía a los agentes. No era capaz de vislumbrar una realidad diferente a la suya. Entonces, Javier le pidió que dijese algo que sólo su madre y él sabían. Purificación enviaba fotos de su casa. De cuando era pequeño. Ahí, por primera vez, "se le cambia la mirada".

La situación no permitía un segundo de respiro, pero iban consiguiendo que el hombre expresase algunos de sus sentimientos. Purificación le mandaba "palabras de aliento" y le recordaba a su hijo todo "lo bueno que ha hecho en la vida y lo mucho que lo quiere".

La madre de Abraham, "con mucho sentido común", hacía memoria y le relataba algunos momentos felices de su infancia. "Acuérdate de cuando te llevaba a montar en bicicleta y te caías sin los pedales", le contaba. También hizo hincapié en los grafitis, arte callejero que le encanta a su hijo. Y le recordó otra de sus grandes pasiones y a la que ha dedicado su vida: la cocina. "Piensa en los chuletones tan buenos que preparas".

Abraham decidió centrar su vida entre fogones. Trabaja como cocinero en un restaurante de Madrid y le habían ofrecido ir a trabajar a Reino Unido durante seis meses: "Estaba muy ilusionado con este nuevo proyecto". Un perfil aparentemente normal. ¿Qué le ha podido llevar a tomar la decisión de querer quitarse la vida?, pensaban los profesionales. Todo indica que se trata "de un cóctel de drogas" sumado a una discusión con unos amigos la noche anterior mientras estaban de fiesta.

Purificación seguía al otro lado del teléfono. Ella no ve a su hijo. Él sí ve a su madre. Tenía la cámara desactivada "para evitar que viera a Abraham en esta situación dramática", subrayan fuentes consultadas. "Está acompañado y su hijo es lo más importante para nosotros ahora mismo. Esto va a salir bien". Así trataban de tranquilizar a la madre.

Se cuelga la llamada con Purificación y suena un teléfono en Canadá. Lo descuelga la hermana de Abraham, que vive allí por motivos de trabajo. Él pone interés y asevera que quiere hablar con ella. Conversan sobre el viaje que tienen programado para ir a visitarla. Es en ese momento cuando "empieza a ver lo bonito que tiene en la vida". Su familia, el trabajo y un futuro por delante.

Durante todo el tiempo que perduró la negociación, tanto Inma como Javier hablaron con total sinceridad: "Siempre tienes que ser claro y decirle la verdad". Además de la paciencia y el saber escuchar, ambos profesionales coinciden en que la llamada a su madre y a su hermana fue la llave que permitió abrir de nuevo la puerta de la vida de Abraham.

El joven se da cuenta de que no quiere morir. Ha estado cerca, pero los negociadores lo han evitado. Accede a recibir ayuda y a que una ambulancia se acerque hasta él para trasladarlo hasta un centro hospitalario. Javier le acompañará en todo momento.

Agradecimiento

Los negociadores, según cuentan ellos mismos, siempre "actuamos en binomio" para ir alternando la comunicación. En esta ocasión, Javier trabajó con Inma, una psicóloga de la Policía Local de Málaga. Cuando él llegó, Abraham apenas hablaba pero sí que había accedido a escuchar. No es poco.

"El que negocia no manda y el que manda no negocia", pensaron cuando la situación no mejoraba con el paso de las horas. Abraham necesitaba su espacio. Los testigos que estaban abajo o incluso el propio cordón policial le incomodaba y le impedía estar relajado. Ordenaron su redistribución para hacer ver al afectado que estaban para ayudarle.

Tener el reconocimiento de la familia del joven es lo que más orgullo le provoca a Javier. Abraham es un "chico normal, con un futuro que le está esperando". Y desde este lunes, en ese futuro, Inma y Javier son parte imprescindible.

Pero se quitan mérito: "Sólo trato de hacer mi trabajo lo mejor posible para quien me necesite". Han evitado que un hombre de 34 años muera tras precipitarse desde un puente.  Él prefiere quedarse "con la satisfacción de que he podido ayudar a una persona". De hecho, confiesa que lo más grato es "la función asistencial y que el ciudadano valore tu trabajo".

Purificación le ha llamado por teléfono para expresarle su agradecimiento. Se emociona al recordarlo. Su voz le delata. "Esas palabras son las que me hacen ser policía", concluye. Ya está preparado para prestar el siguiente servicio, aunque le toque de baja por paternidad, como ha sido este caso.