17 de julio, seis de la tarde. Lolo y Antonio, dos agentes de la Policía Nacional reciben un aviso urgente del 091. Un septuagenario se encontraba colgado de su balcón. Cuatro pisos separaban su terraza del suelo, en calle Martínez Maldonado.

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La casualidad, afortunadamente, hizo que la pareja de agentes se encontrara patrullando en calle Pelayo, a tan solo 500 metros del suceso. "Si nos hubiera pillado más lejos, el desenlace hubiera sido fatal", dice Antonio.

Una vez que llegan al portal, la gentil ayuda de uno de los vecinos lo facilitó todo, ya que el balcón se encontraba en un patio de interior. "Desde fuera no veíamos nada, con lo cual sin este señor que se ofreció a indicarnos tampoco hubiésemos podido hacer nada", prosigue Antonio.

Dentro, la pareja de agentes se organizó muy calculadamente. Mientras que Antonio trataba de abrir la puerta con una radiografía que siempre lleva consigo, Lolo, en vistas de que era imposible acceder al domicilio, fue a casa del vecino de José María, el señor al que salvaron la vida.

Lolo apartó unas bicicletas de la terraza del vecino que dificultaban su acceso al balcón e inclinó su cuerpo por la ventana hasta alcanzar al anciano. Una vez que consiguió sujetarlo de manera "segura", prácticamente al borde del precipicio, llamó a Antonio, que sin pensárselo dos veces, le agarró muy fuerte por el cinturón, formando una cadena humana.

"Yo tenía mi mano enganchada su cinturón y mi compañero Antonio a mí. Si caía él, caíamos todos. Debajo no había tendederos que amortiguaran la caída", explica Lolo. Sobre esto, Antonio añade que fue la clave para que el hombre, que estaba muy nervioso, entrara en razón.

"Hubo un momento en el que no podía más y nos decía que le soltásemos, pero cuando le dijimos que si él caía, iba a acabar matándonos a nosotros, que íbamos a caer también con él, comenzó a darse cuenta de las palabras que estaba diciendo, que iba a matar a dos personas", cuenta Lolo.

Para introducirlo en el interior de la vivienda, Lolo, que sostenía a José María, cuando ya este se encontraba muy débil, se subió al muro del balcón desplazándose poco a poco por el alféizar apoyado en el toldo, para lograr ponerlo a salvo en el interior de la terraza.

Una vez dentro, en el salón, intentaron tranquilizar a José María, que no paraba de temblar y no paraba de preguntarles cómo habían llegado tan rápido. "Intentamos tranquilizarnos hasta nosotros, que estábamos sudando y temblorosos de la tensión. Decidimos dejar al equipo sanitario trabajar y nos retiramos del domicilio".

Durante toda la intervención policial, en el patio solo estaban presente las lágrimas y el silencio. "Todos creían que iba a caerse. Nadie sacó un móvil para grabar. No se atrevían, viendo lo difícil de la situación, pero cuando lo pusimos a salvo el aplauso rompió el silencio, fue muy emotivo", cuentan los agentes.

La peor experiencia de sus vidas

Más de una semana más tarde, Lolo y Antonio, que llevan 12 y 16 años dando servicio público respectivamente, recuerdan la intervención y se siguen emocionando. "Yo he tenido persecuciones a 200 kilómetros por hora, he tratado con bandas latinas... pero nada es comparable con este caso tan duro. Cuando lo pienso aún se me ponen los vellos de punta. Ha sido la peor intervención de mi vida", cuenta Lolo.

Antonio mira a un cuarto piso de la plaza Félix Sáenz. "Es que fue a esa altura. Un primero impacta, pero es que fue un cuarto piso. Lo ves ahora e impacta". En este sentido, su compañero Lolo explica que los bomberos no entienden cómo recorrió más de un metro entre balcón y balcón sin arnés. "En estas situaciones mejor que no te plantees nada. Lo haces y punto. No lo piensas", detalla.

No es la primera vez que salvan vidas. "Yo no recordaba nada igual desde que intervine hace muchos años en un incendio donde sacamos a una mujer impedida de una cama entre un compañero y yo", detalla Antonio.

En el caso de Lolo, lo más parecido que ha hecho es una intervención en el río Manzanares, en Madrid. Allí, dos hombres extranjeros cayeron al agua. Uno de ellos tenía una prótesis en la pierna que se llenó de agua haciéndole imposible flotar. Lolo y otros agentes que se encontraban en la zona también hicieron una cadena humana y consiguieron sacarles en estado de hipotermia. Por este acto, les condecoraron con la medalla al mérito policial.

Sin embargo, ambos agentes insisten: "Vimos la muerte en nuestros ojos" y consiguieron ayudar a José María gracias a una magnífica organización. "Es curioso, pero ambos no formamos parte del mismo binomio (no eran pareja fija trabajando). Normalmente, cuando trabajas mucho con alguien, te entiendes con solo mirarte y sabes cómo actuar en situación de peligro. Pero ahora, como muchos están de vacaciones, llevábamos solo tres días trabajando juntos. Nos conocíamos de antes, pero poco", cuentan ambos.

Antonio y Lolo ahora se miran y se agradecen mutuamente la intervención que les hizo salvar la vida de José María. "Cuando dos personas trabajan con ganas de servir al ciudadano, al final sin conocerse apenas, funciona todo", cuenta Antonio. "Yo sabía que él no me iba a soltar y que yo no iba a soltar a José María. Eso lo tenía más que claro", concluye Lolo, feliz porque la historia finalmente tuviese este desenlace.