El catedrático de Ecología Carlos Jiménez no era un niño que soñara con el Polo Norte, pero ahora no recuerda si ha estado ya doce o trece veces en el Ártico. Le llamaban la atención los sistemas marinos tropicales y se dedicaba a estudiar las algas del estrecho de Gibraltar. En 2001 surgió la oportunidad de hacer una expedición académica a la zona con financiación europea y, desde entonces, dos décadas volviendo a los puntos más septentrionales del planeta.

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"La fascinación sigue ahí. Si me hubiera cansado de trabajar en el Ártico, ya no iría más. Pero esa fascinación, científica por un lado y de curiosidad por otro ante un entorno tan diferente, la sigo teniendo", explica recién llegado de las islas Svalbard, en Noruega, en conversación con EL ESPAÑOL de Málaga.

Son 20 años ya para él enlazando proyecto de investigación intentando dilucidar aspectos "fisiológicos, metabólicos o ecológicos" de las algas polares, con un foco fundamental en cuál está siendo su respuesta al cambio climático. Su trabajo más reciente, el que le ha llevado este septiembre al Ártico y le volverá a llevar en invierno, analiza los cambios por estaciones: un aspecto fundamental en una zona que cuenta con cuatro meses en los que no se pone el sol y cuatro meses de noche perpetua al año.

"Todos los trabajos en macroalgas hasta relativamente pocos años se realizaban en verano por temas logísticos de compañeros alemanes buzos que nos traían las algas. Desde hace años para acá nos empezaron a interesar las variedades estacionales: cómo es el metabolismo no solo en verano con 24 horas de luz, sino a mediados de octubre cuando llega la noche polar. Son cuatro meses de oscuridad absoluta, cuando las algas entran en un periodo hasta ahora desconocido para nosotros", subraya a este periódico.

Esa vida secreta del Ártico ya han simulado en Málaga manteniendo algas polares en cámaras específicas de oscuridad, pero será la primera vez que la verán in situ: en cuanto los buceadores alemanes cierren las fechas de su presencia invernal en Noruega, estos científicos malagueños harán lo propio para coincidir con ellos.

Un desestabilizador esencial es el incremento de la temperatura del agua, fruto del cambio climático, que están sufriendo especialmente las algas endémicas: "Su rango de la temperatura máxima con la que pueden vivir está ya prácticamente en el límite. Cada vez son menos y más difíciles de encontrar, están restringidas a zonas cerca de los glaciares donde la temperatura es más baja, pero la salinidad también", señala.

"Aparte de los cambios que se ven en el medio terrestre. Menos hielo, menos nieve, retroceso de los glaciares. Las aguas son cada vez más turbias, porque llueve más y nieva menos. Esto afecta también a las algas, ya que entra menos luz", analiza Jiménez.

Esas lluvias han sido justamente protagonistas en esta última expedición, donde ha llovido mucho y han tenido muchos días de fuertes vientos, lo que ha hecho "imposible salir al mar" en varias jornadas por la falta de seguridad de las condiciones. Pese a ello, han podido abrir además una nueva línea de investigación sobre los nutrientes fundamentales de las algas, el nitrófeno y el fósforo. Todo para entender cómo se va transformando una de las zonas más salvajes -y delicados- del planeta.

"El Ártico es un lugar muy sensible. Existe un riesgo importante de modificaciones profundas. Hablaba hace poco con un amigo geólogo: ellos ven los cambios con perspectivas de millones de años. Nosotros los estamos viendo en decenios. Están ocurriendo cambios muy rápidos", sentencia el catedrático de la Universidad de Málaga.