Málaga

Alejandro Simón Partal (Estepona, 1983) escribe igual que vive: ligero de equipaje, que diría Machado, con mucha vitalidad mediterránea y tendiendo puentes allá por donde va. Lo demuestra en su estreno como novelista, en la recién publicada La parcela (Caballo de Troya), donde cuenta a través de una prosa soberbia, llena de metáforas brillantes, la historia de amor entre un profesor y un refugiado sirio. 

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El protagonista da clases en Bolonia mientras todo a su alrededor se desmorona y su padre agoniza a dos mil kilómetros de distancia por un cáncer de garganta atroz. Allí conoce por casualidad a Nizar, un joven sirio que se convertirá en el centro de su existencia. Nizar vive muy cerca de allí, en Calais, dónde se encuentra uno de los campamentos de refugiados más grandes de Europa conocido como la jungla.

En el libro, el escritor malagueño reflexiona sobre las necesidades imperiosas y las limitaciones humanas. Un emocionante alegato de la vida, inspirado en la propia experiencia de Simón Partal en Bolonia, que es a su vez un viaje emocional y crónica del mundo y memoria familiar; un relato sobre la intimidad, los estatus sociales, el amor, el sexo y la vida en los márgenes.

Portada de 'La parcela'.

"He intentando hacer una novela clásica, una novela de aventuras, con unos personajes que se encuentran, se aman y se pelean. Que intentan darle sentido a su existencia con las cosas que la vida les pone en el camino. Es un ejercicio de personas que sobreviven desde el aliento de otras personas", resume el autor en una conversación con EL ESPAÑOL de Málaga.

¿Cuál es el motor de inspiración de su primera novela?

Trabajé en el norte de Francia como profesor, en esta misma zona, justo cuando empezó la crisis de los refugiados. No quería escribir una novela sobre esa crisis humanitaria y social, pero sí que había una historia en la vida, el ambiente y la atmósfera que viví en ese tiempo. También coindició con una parte muy dura de la enfermedad de mi padre. Quería contar una historia de ficción donde estuviera esa atmósfera tan cruda y real a la vez, tan verdadera. En definitiva, me apetecía contar una historia de amor ambientada en ese lugar tan poco cercano a un tema amoroso.

El protagonista se enamora de un refugiado sirio, que duerme en un barrizal lleno de ratas. ¿El amor y el deseo nos igualan?

Sí, nos igualan y nos sacan de nuestros razonamientos más perversos. Nos llevan a la libertad más plena. La incertidumbre es la base de la libertad. Más que el dolor de los personajes, es la incertidumbre la que nos amplía como seres humanos y la que lleva estos dos personajes a encontrarse y a seguir por inercia un camino común. Evidentemente, las posibilidades de nuestra vida, las situaciones en las que vivimos y las comodidades que tenemos nos empujan a vivir una vida que nos alejan de otras personas. Pero cuando esas personas se encuentran y esas incertidumbres coinciden creamos espacios de libertad únicos. Desde lo previsible y lo estándar no puede surgir algo que perdure y que nos transforme. Sólo desde la incertidumbre nacerá eso que nos lleve por caminos inusitados y que nos haga ir por el sendero que hace que la vida merezca la pena.

En la novela también reflexiona sobre las limitaciones de las condiciones materiales humanas. ¿No podemos enamorarnos de la misma manera si hay dificultades económicas o vitales de por medio, no?

La forma de vida ahora nos ha convertido en seres insaciables. Las aplicaciones para ligar, por ejemplo, no nos hacen llegar a esa disuasión sino al consumo. Está todo pensado para que cuanto más tiempo estemos gastando, más consumimos. Esos encuentros, que propician las aplicaciones, casi nunca llegan a saciarnos y a dejarnos tranquilos, sino que nos invitan a lo siguiente. En los 90 se hablaba del carpe diem. Muchos no sabían qué significaba. No tiene nada que ver el carpe diem con ser seres insaciables, insatisfechos y ensimismados. El entorno que tenemos no nos invita a ponernos en el lugar del otro, a vivir las alegrías del otro y a sufrir las tristezas de los demás. Nos lleva al egoísmo porque es un sistema montado en el consumo salvaje que hace que nuestra felicidad sea eufórica, de determinados momentos, y no tenga que ver con la actividad compartida o el encuentro compartido. Sólo pensamos en nosotros porque nos han enseñado a competir desde el principio. Vivimos en una sociedad súper competitiva. Y en esa competición no cabe el amor. 

El poeta malagueño, en una imagen reciente.

Esto tiene mucho que ver con el trabajo. ¿Percibe como un gran problema en nuestra sociedad que la gente sólo se centre en producir y no en pensar en sus seres queridos, en lo que hay fuera del ámbito laboral?

Debemos pensar hasta qué punto nos estamos autoexigiendo esa forma de vida. Las personas que nos dirigen nos dicen que no hace falta que tengamos jefe. Nosotros somos nuestros propios jefes y somos más crueles que el peor jefe de la peor fábrica de China. No sé hasta qué punto nos hemos convencido de que no podemos estar en lo demás y que tenemos que estar en el trabajo 24 horas. El teléfono móvil es el gran ejercicio de esclavitud de nuestro tiempo. Estamos revisando correos electrónicos a las dos de la mañana y respondiendo mensajes de WhatsApp a compañeros de trabajo a las doce de la noche. No dejamos de estar disponibles. Esa disponibilidad no tiene nada que ver con la atención, sino con la certidumbre más cruel hacia nuestra forma de vida. Nosotros estamos negando una forma de vivir que sabíamos que era esencial. Nos hemos creído que estamos sometidos cuando nos estamos sometiendo. 

A veces nos tomamos la vida de otra manera cuando nos ocurre algo grave.  Escribe en La parcela: "Sin enfermedad la vida de mi padre habría sido peor, seguramente mucho peor, como lo es la de la mayoría de la gente que vive sin esos azotes".

Es difícil explicar cómo la enfermedad nos hace mejores. Quizá si esto lo lee un enfermo en unas circunstancias muy duras le puede parecer una frivolidad. La enfermedad nos invita a unos caminos, a una forma de estar en el mundo, que sin ella no llegaríamos. La enfermedad nos abre la puerta de la autenticidad y de mirar lo importante de la vida con unos ojos muchos más depurados. Me gusta hablar de mesura. El filósofo Anselm Grün hablaba de la mesura y la justa medida. La enfermedad nos alivia de esa vida patana. La enfermedad también tiene muchos peligros. Alimenta mucho el ego y hace sentirse al enfermo un desgraciado, cuyo mundo ha sido injusto con él. Si se llega a digerir y asimilar la enfermedad con humanidad y serenidad a veces da libertad. 

Algunos se sentirán identificados con el protagonista, que huye del drama marchándose a Francia para dar clase.

La huida a veces es un signo de soberanía personal. Huir no tiene que tener siempre connotaciones de abandono, sino de reencuentro. El personaje huye, pero no por eso deja de lado esa situación en su cabeza. A veces necesitamos huir para entender las cosas porque si estamos muy pegados al problema no podemos ver con esa claridad que nos da la distancia. 

Si de algo habla La parcela es de hipocresía: de la sociedad para con los refugiados; de los medios con los más desfavorecidos; del protagonista con el jefe de la revista para la que trabaja de vez en cuando.

Ya no ocultamos casi nada. No se trata de una denuncia. Quería mostrar las formas de vida allí y las formas de amor de esta relación. Seguramente hayamos conocido a alguna pareja que haya vivido igual. El maltrato en la relación a veces provoca esa adicción. No hablo de maltrato físico. El provocarse daño a veces crea más dependencia y necesidad que el propio amor. 

¿El amor a veces esconde mucha violencia, no?

Sin duda. Por eso la literatura sigue girando en torno a él. A unos les puede parecer cursi y a otros necesario. Las relaciones entre las personas siguen invitándonos a lo peor y a lo mejor de la vida. Es una cosa curiosa. El hecho del enamoramiento puede derivar en las emociones más elevadas de la vida para después trasformarse en el desgarro más terrorífico. Es el misterio de las relaciones y el amor. La literatura debe ahondar en el misterio y darle vueltas a él. Hay un físico llamado Max Planck que afirmó que la ciencia es incapaz de resolver el misterio de la naturaleza. Para eso quizá esté la literatura, la poesía y el teatro. La ciencia y las cosas más pragmáticas no han conseguido desarrollar el sentido último de porque el amor tiene esta capacidad de violencia y de entrega apasionada. El enamoramiento es una desgracia. 

¿Qué sabe ahora del amor y de la vida que no sabía hace 20 años?

No sabía que podía sufrir tanto. Pensaba que el amor era una cosa mucho más festiva; y que los viajes y el trabajo podían ser tan importantes como esto. Sigo siento igual de ingenuo cuando me enamoro. Lo único que tengo claro ahora es que sólo importa el amor.

¿Cómo asiste a esta sociedad cada más infantilizada?

Vivimos en una sociedad sin inocencia. Esa infantilización no se corresponde con las virtudes de lo infantil, que son casi sagradas, sino con ese pataleo continuo y con una insatisfacción perpetua. Me produce mucho asco. La inocencia es la gran conquista que tenemos por delante. Siempre se relaciona con la infancia y es un destino que tenemos. No sé si la sociedad es infantil, pero es una sociedad que pretende esconder nuestra parte inocente. 

Habla de una relación entre un profesor y un refugiado sirio, pero en ningún momento ha idealizado nada. Ni tampoco la pobreza, ahora que está de moda ponerse cadenita, escuchar Camela y presumir de orgullo de barrio.

No idealizo la pobreza porque no la conozco. La gente que la idealiza tampoco la conoce. He conocido la pobreza en mis carnes de esta forma cercana. Idealizar algo que provoca sufrimiento es de una falta de empatía brutal o de una idiotez extrema. Me gusta como poeta o como escritor mostrarlo y señalar las cosas en su contexto, y a partir de ahí crear un relato. La idealización acaba con la literatura.