La furgoneta funeraria que trasladó el cadáver de Aslani.

La furgoneta funeraria que trasladó el cadáver de Aslani. EFE

Málaga

Málaga, a merced de sicarios adolescentes extranjeros que reciben un objetivo y una orden de matar sin piedad

El caso de Alexander Aslani vuelve a poner el foco en las redes que reclutan a jóvenes en Suecia y los envían a España para ejecutar asesinatos por encargo mientras los verdaderos responsables permanecen en la sombra.

Más información: Refugiado en un piso turístico de Benalmádena: así cayó el sicario de 18 años que mató al cirujano Aslani

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Las mafias de países como Suecia reclutan a adolescentes y menores para cometer crímenes y atentados por encargo, delegando en ellos la violencia para reducir la responsabilidad penal y dificultar la acción policial.

Estos jóvenes sicarios son contratados a distancia para actuar en diversos países de Europa, lo que ha derivado en recientes tiroteos y crímenes violentos en la Costa del Sol y Málaga.

El modelo actual de sicariato no exige relación directa entre el ejecutor y la víctima, aumentando el riesgo de que personas ajenas al crimen organizado terminen siendo objetivo de estas organizaciones criminales.

Cuando se navega por la web de la Policía de Suecia se puede comprender rápidamente cómo es posible que un chaval de 18 años se monte en un avión desde Estocolmo a Málaga para cometer un asesinato por encargo.

De nuevo, un sicario sueco ha sido detenido por un asesinato en España y, en concreto, en la Costa del Sol por el caso de Alexander Aslani. Desde su llegada en 2018, estos grupos criminales con nacionalidad sueca, pero que comparten pasado iraquí, somalí, afgano, iraní o kurdo, han demostrado que el nivel de violencia al que estábamos acostumbrados ha aumentado de forma extraordinaria.

En Suecia tienen bastante conocimiento de su problema estructural de violencia. Por eso en la misma web oficial de la Policía hay un espacio dedicado a la captación de menores por parte de organizaciones criminales. Se titula «Protege a los niños de las pandillas» y en ese espacio se explayan en una realidad ya bastante asentada en la criminalidad del país.

Muchas organizaciones criminales contactan con menores, tanto niños como niñas, para que realicen todo tipo de actos delictivos. Desde asesinatos hasta atentados con bombas, algo bastante habitual en el país escandinavo.

Los capos de las mafias que operan en toda Suecia han delegado su mano de obra violenta en críos. Buscan reducir la responsabilidad penal de quienes cometen los hechos y también dificultar la acción policial, porque en ningún momento mantienen contacto directo con estos menores que realizan las acciones que les encargan.

Hasta el 30 de septiembre, en Suecia ocurrieron 119 atentados con explosivos, la gran parte de ellos por luchas entre organizaciones criminales que buscan saldar cuentas o con la intención de extorsionar a empresarios rivales. También se registraron 83 tiroteos, con 35 personas heridas y 18 fallecidas.

Estos datos dejan clara la realidad del crimen organizado sueco, en el que no se escatima en actos muy violentos. Y toda esa manera de actuar se ha exportado de forma exponencial por toda Europa.

Estas mafias operan ya fuera de Suecia y, en muchas ocasiones, desde sus lugares de origen, donde gozan de la protección de autoridades locales, ya que muchos capos manejan millones de euros en patrimonio.

En la Costa del Sol, en un mes hemos sufrido las consecuencias del descontrol que se ha provocado desde suburbios de Estocolmo, Malmö y Gotemburgo, donde miles de niños se han criado en un contexto criminal en el que han visto a sus mayores con armas largas, lanzando granadas y colocando explosivos contra sus rivales.

Por este motivo hay tantos menores dispuestos a cometer crímenes en otros países. En Alemania, un menor de 17 años con nacionalidad sueca es sospechoso desde hace unos meses de intentar asesinar a uno de los líderes de los Hells Angels en Colonia. El caso guarda similitudes con el intento de asesinato de Ümit Yalçın en el Muelle Uno de Málaga, porque desde Turquía se movió todo.

A ese sicario de 17 años, un grupo criminal turco le alquiló un apartamento en Colonia y le proporcionó un arma para matar a un miembro importante de los Hells Angels de la ciudad.

Sin embargo, la operación no salió como esperaban, porque el sicario fue detenido antes de realizar el encargo. La policía alemana detectó que en dos ocasiones acudió al lugar donde vivía su objetivo, pero no lo encontró y finalmente acabó arrestado sin consumar el asesinato.

Guarda parecido con el asesinato de Nacho, en el barrio de la Victoria, porque, según fuentes turcas, los tres sicarios sueco-somalíes que lo mataron se encontraban en Málaga para asesinar al exultra del Fenerbahçe Ümit Yalçın. Un encargo que habría provenido del grupo criminal Dalton, que, al enterarse de la detención de los sicarios suecos, volvió a contactar con otro asesino a sueldo para matar a Yalçın en el Muelle Uno.

En Países Bajos, el pasado julio, los servicios de información detectaron a otros dos sicarios sueco-somalíes que realizaron un vuelo desde Copenhague a Schiphol, en Ámsterdam, para cometer un doble asesinato: uno en la capital neerlandesa y otro en la ciudad de Haarlem.

La Fiscalía neerlandesa los calificó como «niños soldado» y unas mujeres holandesas les proporcionaron armas, aunque finalmente no se cometieron los homicidios.

Esta semana también se ha conocido que un niño neerlandés de 13 años fue contratado a través de Snapchat el pasado junio por el clan Al-Zein, de Alemania, para matar a uno de los líderes de los Hells Angels de Hamburgo, en el barrio de St. Pauli. Lo detuvieron in fraganti por las calles del barrio en posesión de un arma y 50 cartuchos. La madre del niño había denunciado su desaparición unos días antes del arresto.

El asesinato del cirujano Alexander Aslani vuelve a poner sobre la mesa esta misma problemática. La localización del presunto sicario sueco en un Airbnb de Benalmádena refleja cómo estos encargos pueden traspasar fronteras y convertir cualquier ciudad en el escenario de una operación criminal. Lo preocupante no es únicamente la juventud de quienes ejecutan estos asesinatos, sino también la aparente ausencia de filtros a la hora de aceptar los encargos.

En determinados entornos del sicariato tradicional, los asesinatos suelen estar relacionados con ajustes de cuentas, rivalidades o disputas dentro del propio mundo criminal.

Esto no significa que esos sicarios respeten necesariamente límites morales, pero el modelo de jóvenes reclutados a distancia parece llevar esa lógica a otro extremo. El ejecutor recibe un objetivo y un pago, sin necesidad de conocer personalmente a la víctima ni de tener relación alguna con el conflicto que origina el encargo.

Así, una persona ajena al crimen organizado puede convertirse en objetivo sin haber participado en ninguna disputa entre mafias. No hay necesariamente una motivación personal ni una relación previa: basta con que alguien ordene su muerte y otro esté dispuesto a ejecutarla. Esa indiferencia ante quién es la víctima hace que este fenómeno resulte especialmente peligroso para la sociedad.

Además, detener al sicario no garantiza que se haya desmantelado la estructura criminal. Quienes ordenan y financian el asesinato pueden permanecer en la sombra, buscar a otro ejecutor y volver a intentarlo. Por eso, el caso Aslani debe servir para insistir en la necesidad de perseguir no solo a quienes aprietan el gatillo, sino también a quienes reclutan, financian y deciden quién debe morir.

Volvemos a la casilla de salida porque, mientras las organizaciones criminales puedan sustituir a sus sicarios sin grandes dificultades, seguiremos enfrentándonos al mismo problema. Cambiará el ejecutor, cambiará el alojamiento y cambiará la ciudad, pero la maquinaria que hace posibles estos asesinatos seguirá funcionando.