Donald Trump.

Donald Trump.

Opinión La máquina invisible

Verdad de la buena: claves para reconocerla entre tanto 'fake'

María Millán
Publicada

Trump nos tiene agitados con su endiosamiento y el manejo retorcido de sus relatos. Convencido de que controlando el relato se controla a la masa. No es fácil tumbar la lógica que lo llevó a ser presidente de Estados Unidos por segunda vez. Su descaro al mentir lo convierte en el villano perfecto: alguien contra quien es fácil indignarse.

Pero la manipulación de la verdad no es patrimonio exclusivo de los déspotas obvios. A veces viene envuelta en carisma, belleza o ideales nobles, en políticos que no solo gobiernan, sino que se convierten en objetos de adoración. Entonces nos cuesta tanto percibirla que preferimos mirar hacia otro lado.

La sensación ante una verdad absoluta es irresistible. Nos rendimos a ese ideal que viene con lazo rojo. Qué bonito es vivir con seguridad psicológica, sintiéndote parte de algo grande que te pertenece y te representa.

Sin embargo, la verdad no es lo que confirma nuestra identidad ni lo que nos tranquiliza. Es lo que resiste, incomoda y transforma. Lo que te da respuestas duras, por lo general parciales, y asume las tensiones que crea. Y aún en ese malestar así, resulta satisfactoria. Se siente como algo valioso.

Los vendedores de falsas verdades conocen la fórmula para camelar a su audiencia. Primero: una imagen vale más que mil palabras. Segundo: el tono de voz importa más que las palabras mismas. Tercero: las frases simples y los aforismos tienen más impacto que las ideas complejas.

Por eso polarizar se ha convertido en un oficio técnico impulsado por la inteligencia artificial

Desde el móvil, aplicar esta receta es aún más fácil. Por eso polarizar se ha convertido en un oficio técnico impulsado por la inteligencia artificial. Y se ha vuelto tan cotidiano como comer jamón de york (Palabra de Campofrío).

Eva Perón es el caso histórico perfecto. Lleva casi cien años vendiendo un ideal en Argentina, una promesa de humildad y justicia social contra las élites. Su discurso ardía de convicción: "Digo lo que siento y lo que pienso." La adoraban. La siguen adorando.

Mientras tanto, Christian Dior le hacía de sastre personal, acumulaba más de 300 pares de zapatos, se volcaba en su imagen personal, mientras Argentina sufría crisis económica. La fascinación que generó y genera demuestra cuánto nos gustan los héroes y las promesas edulcoradas.

Justin Trudeau es el caso reciente. Fascinó durante casi una década prometiendo un mundo inclusivo, diverso, emprendedor, sostenible y optimista. Lo amaban por representar todo lo contrario a Trump. Prometía un futuro mejor a 50 años.

Pero no pudo garantizar una cama de hospital para operarte en menos de 6 meses. Bajo su mandato, murieron aproximadamente 28.000 pacientes esperando cirugías. Y, a fecha de hoy, el 75% de los canadienses considera que su sistema de salud está en crisis.

Discernir entre mentira y verdad es necesario para todos

Trudeau manejaba su encanto personal como herramienta estratégica y vendía valores que todos queremos aplaudir. Eso hacía difícil cuestionar si realmente los cumplía.

Ahí radica el peligro mayor: no en la mentira burda de Trump, sino en las verdades aspiracionales de quienes nos gustan. A los mentirosos obvios les ponemos la etiqueta rápidamente. Pero a los políticos adorados les atribuimos la medalla de adalides de la verdad, a pesar de las bocinas ensordecedoras de alarma.

La única manera de resistir a este canto de sirenas es evitar dejarnos llevar por la víscera al escucharlo. Si prestamos atención, cuando algo parece perfecto, pero no lo es, solemos sentir una alarma, una especie de corriente subconsciente que no nos deja tranquilos. Incluso antes de ver y articular claramente el engaño, esa intuición es valiosa: y conviene explorarla con pensamiento crítico.

Necesitamos tomarnos un momento antes de aceptar lo que tanto brilla. Buscar evidencias, hechos verificados. Porque la verdad no suele ser dulce como la miel; a menudo se trata de una verdad parcial, llena de matices, paradojas, contradicciones.

Discernir entre mentira y verdad es necesario para todos. Tanto para quienes son fans de Trump como para quienes se dejan fascinar por verdades exquisitas.

Siendo honestos, todos caemos en estas redes. La cuestión es reconocer que lo hacemos, y preguntarte cuál estás comprando tú. Porque alguna compras, sin duda.

Todavía.

La próxima vez que algo te haga sentir demasiado bien, que confirme perfectamente lo que ya creías, que te coloque del lado correcto de la historia sin esfuerzo... detente. Esa sensación de plenitud instantánea no es verdad. Es el envoltorio.