Uno de los temas más polémicos de la economía actual es el de inteligencia artificial y sus efectos en nuestro modo de vida. Algunos analistas consideran que se trata simplemente de una burbuja. Argumentan que las valoraciones son exageradas, que las expectativas son irreales, que estamos repitiendo los errores de la fiebre puntocom.

Es un reflejo natural. Cuando el mundo se mueve demasiado rápido resulta más fácil pensar que es una ilusión pasajera. Se llama vértigo. Pero la historia económica es muy clara: las revoluciones tecnológicas nunca son lineales, nunca empiezan donde creemos, nunca avanzan al ritmo que predicen los manuales y casi nunca se perciben como revoluciones mientras están ocurriendo.

Ya lo explicaba Joel Mokyr, el recién premiado con el Nobel, mucho antes de que se hablara de IA generativa. El progreso tecnológico es un sistema vivo, acumulativo, lleno de bifurcaciones y de convergencias inesperadas. Crece en oleadas, en cambios discretos que se vuelven transformaciones profundas cuando dos líneas de conocimiento que estaban evolucionando por separado se cruzan.

Ahí está la clave para entender nuestro momento: la inteligencia artificial no es una burbuja; es una intersección histórica. Y por eso defiendo que estamos asistiendo a una revolución.

Durante décadas, hemos presenciado el avance en paralelo de dos corrientes. La primera es la computación: desde los mainframes de los años sesenta hasta los chips de hoy, pasando por la ley de Moore, el ordenador personal, la nube, el cálculo paralelo, las GPUs, el deep learning y, finalmente, las IA capaces de procesar lenguaje, imagen, código y razonamiento.

Cuando el mundo se mueve demasiado rápido resulta más fácil pensar que es una ilusión pasajera. Se llama vértigo.

La segunda corriente es la comunicación: de ARPANET a la fibra óptica, del móvil a los smartphones, del 4G al 5G, de los satélites de baja órbita al edge computing. Una nos permitió pensar a escala y la otra, conectarnos a escala.

Hoy esas dos líneas se han fusionado. Y esa convergencia es exactamente lo que la literatura de “tecnologías de propósito general”, desarrollada por Helpman, Bresnahan y Trajtenberg, identifica como el motor de todas las grandes revoluciones económicas. Conviene aclarar que estas tecnologías nada tienen que ver con los Generative Pre-Trained Transformer popularizados como GPT (ChatGPT, Gemini, Claude, etc.).

En economía, una tecnología de propósito general es aquella que deja de ser un artefacto aislado para convertirse en un sistema capaz de permear todos los sectores. Pasó con la máquina de vapor y el ferrocarril, con la electricidad y la línea de montaje, con la computación y la web. Está pasando con la IA.

Quien mira la IA como burbuja está mirando precio, no estructura. Se centra en el sobrecalentamiento puntual de algunas empresas, no el proceso de fondo. Y lo que hay es un salto de productividad potencial comparable al de la electrificación. El “hype” es ruido típico de fase inicial. La señal va por otro lado.

Quien mira la IA como burbuja está mirando precio, no estructura. Se centra en el sobrecalentamiento puntual de algunas empresas, no el proceso de fondo.

Le pasó a la máquina de vapor, que tardó casi un siglo en reorganizar la industria. Le pasó a la electricidad, cuyo impacto real en la productividad no llegó hasta los años 20 del siglo XX, porque las fábricas tardaron décadas en abandonar la organización basada en ejes y engranajes. Le pasó también a Internet: la burbuja del 2000 fue, paradójicamente, la infraestructura financiera del mundo digital que vino después. Y le está pasando a la IA.

Estamos en esa fase en la que el entusiasmo convive con el desconocimiento, en la que se invierte demasiado en algunas áreas y demasiado poco en otras, en la que los que predicen el desastre conviven con los que anuncian el paraíso. Ninguno de los dos tiene razón. Esto no es una burbuja ni una utopía. Es una transición. Y toda transición exige un ajuste.

Eso quiere decir que se requieren grandes dosis de audacia, tiempo y estar preparados para el dolor. La audacia es imprescindible porque la revolución no pregunta si estamos en el momento adecuado, simplemente ocurre. Y hay que tener muy claro que los países, las empresas y las instituciones que prosperan en un cambio de paradigma no son las que intentan protegerlo todo, sino las que se atreven a reorganizarse a tiempo porque el miedo paraliza y la audacia dirige.

El tiempo es otro elemento esencial. Las revoluciones tecnológicas son lentas en emerger y rápidas en consolidarse. Es el famoso “paradigma de Solow” según el cual, aunque al principio la tecnología no se percibe tanto en los datos de productividad, un día aparece de golpe. Requieren un periodo de reorganización. Es una digestión lenta, pero con consecuencias súbitas.

Esto no es una burbuja ni una utopía. Es una transición. Y toda transición exige un ajuste.

Y luego está el dolor. El más incómodo de asumir. Cada revolución tecnológica destruye tareas antes de crear otras. Los luditas no eran ignorantes, tenían razón en que sus tareas serían sustituidas. También la automatización industrial desplazó a millones antes de generar empleos mejor pagados. La digitalización arrasó departamentos administrativos enteros. Y la IA hará exactamente lo mismo: habrá tareas que desaparecerán, actividades que perderán sentido, oficios que mutarán.

Pero la alternativa a ese dolor no es mantener el mundo como está sino quedarte fuera del salto. Y eso es siempre más caro que adaptarte.

Por eso la pregunta de fondo no es si queremos la revolución, sino si estamos preparados para su parte difícil. Y aquí es donde Europa llega peor posicionada. Somos más rápidos en regular que en adoptar; más proclives a proteger el statu quo que a impulsar nuevas capacidades. Seguimos discutiendo si esto pasará o no, mientras el resto del mundo discute cómo aprovecharlo.

La inteligencia artificial no es un espejismo de mercado. Es la culminación de dos trayectorias tecnológicas que llevan setenta años acelerando y que ahora se han unido en un punto de no retorno.

Seguro que habrá cambio, pero ¿queremos formar parte de él?