En un entorno informativo como el que vivimos, dominado por los titulares instantáneos y las reacciones de mercado en tiempo real, no siempre es fácil distinguir lo importante de lo meramente ruidoso.
El pasado 22 de septiembre, mientras los medios económicos analizaban con lupa el discurso de Jerome Powell con sus advertencias sobre los riesgos inflacionarios y el impacto del petróleo en los mercados, pasó prácticamente desapercibida una intervención de fondo que podría tener consecuencias mucho más duraderas.
Ese mismo día, en el Economic Club de Nueva York, el economista estadounidense Jon Miran ofreció una conferencia titulada “Fuerzas no monetarias y la política monetaria apropiada”.
No hubo titulares grandilocuentes. No hubo subidas ni desplomes bursátiles inmediatos. Pero lo que dijo, y lo que dejó entrever, revela un cambio profundo en la forma en que entendemos la política económica.
Y en especial, cómo fuerzas “externas” como la inmigración, los aranceles o la desregulación están alterando la estructura misma sobre la que se asienta la política monetaria de EEUU. Es uno de esos casos en los que el impacto no se mide por el ruido que provoca, sino por las capas de sentido que acumula. Y quizás también por el silencio con el que fue recibido.
El análisis de Jon Miran parte de una premisa sencilla, pero poderosa: la inflación, el crecimiento y la productividad ya no pueden entenderse sólo con las herramientas tradicionales de la política monetaria.
El tipo de interés “correcto” ya no se calcula exclusivamente observando precios y empleo, sino también a través de las decisiones legislativas que afectan al comercio, la inmigración o la energía.
Miran sostiene que varios factores no monetarios están alterando las condiciones estructurales de la economía estadounidense y, con ello, la estimación de la tasa neutral de interés, ese tipo teórico que ni estimula ni frena la actividad económica.
Por ejemplo, según sus cálculos, una política de inmigración neta cero podría reducir la inflación de los alquileres en 1 punto porcentual anual y bajar la tasa neutral de interés en 0,4 puntos, al frenar el crecimiento demográfico.
También explica que la reintroducción de aranceles y otras restricciones comerciales podría reducir el déficit fiscal en más de 380.000 millones de dólares anuales, elevando el ahorro nacional y bajando esa tasa neutral de inflación en otros 0,5 puntos.
Para finalizar con los casos concretos, la desregulación y los recortes fiscales, al impulsar la productividad total de los factores (TFP), aumentarían la oferta agregada, pero también ampliarían la brecha de producción, lo que sugiere que la política monetaria actual podría ser excesivamente restrictiva.
Varios factores no monetarios están alterando las condiciones estructurales de la economía estadounidense.
En resumen, Miran argumenta que si la Reserva Federal ignora estos factores y mantiene los tipos demasiado altos, cuando una regla de Taylor estándar los situaría en torno al 2-2,5%, corre el riesgo de frenar innecesariamente la actividad económica, elevar el desempleo y deteriorar el cumplimiento de su mandato de máximo empleo. La política monetaria, concluye Miran, ya no puede actuar sola ni mirar solo hacia dentro.
Más allá de las cifras, el discurso de Mran permite entrever una transformación silenciosa, pero profunda en la lógica económica de Occidente. En particular, la resurrección del proteccionismo, pero bajo una nueva envoltura.
Durante décadas, el proteccionismo fue el caballo de batalla de los nacionalismos económicos, desde la Europa entreguerras hasta el trumpismo reciente. Sus efectos inmediatos pueden parecer positivos, por ejemplo, al proteger industrias nacionales, corregir déficits, frenar inflación importada, pero su historia ha sido siempre la de una medicina que se convierte en veneno.
A corto plazo puede funcionar. A largo, casi nunca. Y además, se contagia: si un país se protege, los demás también lo hacen. El resultado es una contracción del comercio global, menos eficiencia, menos innovación y menos crecimiento.
Sus efectos inmediatos pueden parecer positivos (...), pero su historia ha sido siempre la de una medicina que se convierte en veneno
Sin embargo, algo ha cambiado. Algunos economistas liberales, unos más tecnócratas que otros, están empezando a defender ciertos aranceles como “instrumentos temporales” para corregir desequilibrios. Ya no se trata de “cerrar la economía” sino de usar el proteccionismo como si fuera un antibiótico: en dosis pequeñas, bien dirigidas, con un objetivo concreto.
Este enfoque instrumentalista también está presente en las palabras de Miran. No es que EE.UU. esté abrazando un nuevo aislacionismo, sino que la política comercial se convierte en variable macroeconómica, al servicio de la estabilidad de precios y el ajuste fiscal. El comercio exterior deja de ser una cuestión de principios y se convierte en herramienta de calibración fina.
Pero ese giro técnico no elimina los riesgos. Porque al final, cuando justificas los aranceles como mecanismo de ajuste, estás abriendo la puerta al uso político del proteccionismo. Y ese uso, históricamente, casi siempre ha degenerado en represalias, clientelismo y populismo económico.
Miran nos alerta, aunque quizá no lo pretenda, de que la tentación del proteccionismo está más viva que nunca, pero ahora vestida de sofisticación técnica. Y si Europa imita ese modelo sin una visión clara de sus consecuencias a medio plazo, podría encaminarse hacia un escenario de competencia entre bloques que recuerda más al siglo XIX que al XXI.
Este proteccionismo técnico de nueva generación no se anuncia golpeando la mesa, sino que se legitima con el sello de “política monetaria apropiada”. Y, sin embargo, sus efectos pueden ser igual de profundos que los del de antaño. La diferencia es que ahora cuesta más identificarlo. Y, por tanto, cuesta más debatirlo.
El discurso de Miran no solo plantea un giro en el diagnóstico económico de EEUU, sino que nos obliga a repensar las coordenadas desde las que observamos la economía global. Si los factores no monetarios comienzan a dictar la política monetaria, si el comercio y la inmigración se vuelven palancas técnicas y no decisiones políticas, el debate público corre el riesgo de perder el pulso de lo que está en juego.
A veces, el mayor peligro no es el proteccionismo ruidoso, sino el que sonríe, el de los buenos modales.