Lo que hace solo un par de meses era un pronóstico de agoreros, ahora es una evidencia ineludible. La economía global se precipita hacia una profunda recesión que no tendrá fondo mientras no llegue remedio para el coronavirus. Sin embargo, las bolsas esquivan el golpe de los primeros datos que apuntan a este abismo. Incluso rebotan. ¿A qué se debe?

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Como los violinistas del Titanic que tocaban mientras el transatlántico se hundía irremediablemente, los ejemplos de esta aparente desconexión entre el rumbo de las bolsas y el escenario que dibujan los datos macroeconómicos conocidos en las últimas jornadas son varios y abarcan todas las geografías. El más reciente ha procedido de China, el mismo país del que salió el virus que tiene a medio mundo confinado y con sus fábricas y oficinas cerradas o, en el mejor de los casos, funcionando a medio gas.

Este mismo viernes veía la luz el peor dato de PIB de la historia de China, con una contracción del 6,8% en el primer trimestre del año. El índice Shenzhen Composite, el de referencia de las bolsas continentales del país, cerraba con alzas del 0,34%. Una remontada que se ampliaba al 1,6% en el Hang Seng, el selectivo más representativo de la Bolsa de Hong Kong.

Y no es un hecho aislado, como ya se ha referido. Solo un día antes, EEUU daba a conocer que otros 5,245 millones de sus ciudadanos pasaban a engrosar las listas del paro. En el mes que lleva el coronavirus en territorio estadounidense, el país ha perdido todo el empleo creado desde 2008, cuando se desató la gran crisis financiera que arrancó con el hundimiento de Lehman Brothers. ¿Y qué hizo Wall Street? Triplete en verde para sus principales índices, con el Nasdaq subiendo un 1,7%.

El mercado bursátil español no ha sido ajeno a esta tendencia de aparente indiferencia frente a los datos macroeconómicos que apuntan a una profunda y generalizada contracción de la economía. El Ibex 35 cerró el miércoles con alzas del 0,5% a pesar de que el Fondo Monetario Internacional (FMI) advertía en sus previsiones de primavera de que el PIB caería un 8%. Algo que, muy probablemente, dejaría en el paro hasta a un 20% de la población nacional.

No se ha tocado fondo

Aunque la mayoría de rebotes a contracorriente de la lógica no son muy abultados, sí hacen saltar las alarmas para muchos inversores. En este sentido, los gestores y analistas tienen varios motivos para explicar este desacople, que en ningún caso blinda a los índices de volver a sufrir caídas tan dramáticas y verticales como el pasado marzo si las expectativas en las que se están fundamentando estos avances no se materializan. Y en eso coinciden todos los expertos.

Uno de los más escépticos con estos últimos movimientos es el analista independiente Alberto Iturralde, que defiende que “la bolsa nunca ha seguido la agenda de ningún virus”. En su opinión, “la velocidad de las caídas de marzo llevó a muchos a malvender creyendo que la situación iba a ir a peor, pero lo cierto es que la banca de inversión ha comprado barato y ahora necesita rentabilizar estas operaciones”.

Aunque no descarta que el hundimiento pueda ir a más, pues el Ibex mantiene intactos sus mínimos de la crisis de deuda europea de 2012, insiste en que “aunque parezca increíble, el mayor acicate para las subidas es el tremendo sentimiento negativo que hay”. “Va a seguir oyéndose hablar mucho del coronavirus, pero la bolsa prescinde totalmente de lo que pasa en el mundo si al mercado le interesa”, apostilla.

Desde IG, el analista Aitor Méndez, señala que el mercado está tan castigado que cualquier noticia positiva es acogida con entusiasmo. Así explica que, por ejemplo, este viernes “el plan de reapertura de Donald Trump para EEUU ha eclipsado el desplome del PIB de China”. Y, del mismo modo, que cualquier farmacéutica que anuncie avances contra el Covid-19 sea blanco de la “euforia” por más que estos logros se maticen, como ha ocurrido con la estadounidense Gilead Sciences.

Con los deberes hechos

En esta misma línea de discurso, el director global de soluciones de inversión del suizo Banque SYZ, Sherban Tautu, señala que “los mercados financieros son progresistas por naturaleza y, como tales, descartarán las cuestiones a corto plazo y buscarán pruebas de futuras mejoras sanitarias y económicas” una vez que en los primeros compases de la crisis sanitaria global sufrieron el descalabro “más rápido de su historia”. Además, a diferencia de lo que ocurrió en 2008, el experto subraya que esta vez “no hay malos actores en esta recesión”.

Esta vez, los bancos se han apresurado a atesorar liquidez y realizar abultadas provisiones, las instituciones económicas se han lanzado rápido a calcular las consecuencias de la pandemia y los bancos centrales han desempolvado todo su viejo arsenal monetario. En algunos casos, incluso, lo han mejorado contando con la experiencia de los últimos episodios de tensión en los mercados. A pesar de algún traspié inicial, han estado rápidos en entonar su ‘whatever it takes’.

Por este manguerazo de liquidez que ha traído el estreno de medidas incluso más agresivas que las desplegadas en 2008, entre otros motivos, son varios los expertos que apuntan a que el mercado está pecando de optimista. El director de Divacons-Alphavalue, Pablo García, señala que, mientras “los datos macro que vienen dan miedo y los resultados empresariales nos aterran”, todavía muchos siguen en un perfil “demasiado ambicioso que descuenta una rápida vuelta en V”.

Y eso que cada vez son más los institutos económicos que prevén más bien una U en el mejor de los casos. Por eso, incluso a pesar de que algunos de los datos más amargos son algo más dulces de lo que aguardaba el consenso de especialistas, desde Monex Europe consideran que “es muy pronto para confiar en el ligero optimismo de los mercados”.

Obstáculos a la vuelta en V

En este sentido, por mucho que la ministra española de Hacienda, María Jesús Montero, defienda que el recorte del 8% del PIB que prevé el FMI “está en línea con los países de nuestro entorno”, se trata de un dato malo sin paliativos. Por más veces que Trump repita que “hay luz al final del túnel”, parece que EEUU todavía no ha salido de las semanas “muy muy malas” que vaticinó a finales del mes pasado.

Para el director de gestión de activos de La Financière de l’Echiquier, Olivier de Berranger, hay otro motivo más de fondo que justifica esta cierta indiferencia de la renta variable. Una vez descontado el peor de los escenarios, lo que se va confirmando es que se avecina uno que quizá sea incluso un poco más amable. Pero no se trata solo de una visión de conjunto.

El experto de la firma de inversión francesa señala que “los excesos se compensan algún día, en parte”. Pero no se trata del conocido ‘rebote de gato muerto’, pues defiende que “cuando los valores que conservan un valor innegable han caído drásticamente, repuntan sistemáticamente cuando el sentimiento de los inversores está en su punto más bajo”.

Esta es la tesis que en las últimas semanas llevan defendiendo a capa y espada los gestores ‘value’ de todo el mundo. Sin embargo, algunas voces, denuncian “las valoraciones no son tan baratas como parecen” en virtud de la caída de negocio que muchas cotizadas van a tener que soportar. Es el caso de Esty Dwek, director de estrategia global de mercados en Natixis IM, que considera que los inversores “están subestimando el impacto en los beneficios de la completa paralización de la actividad y particularmente la lentitud con la que se recuperará”.

La intervención del Estado

La disyuntiva está servida. Aaron Barnfather, gestor de renta variable europea de Lazard AM, comenta que “el mercado empieza ahora a entender los riesgos y las ayudas”. Sin embargo, considera que las bolsas europeas cuentan con un colchón adicional a la hora de amortiguar el impacto del escenario más lento de recuperación económica.

Por una parte, el directivo de la firma estadounidense señala que “los ratios de contagio del virus parecen estar llegando a su punto máximo”. Por otra, “la eficiencia de los sistemas de seguridad social de los países europeos”. Aquí radica, a su entender, que el Viejo Continente “destaque en las próximas semanas y meses”. Mientras no llegue un antídoto que permita afinar calendarios, habrá que elegir o esperar.