Puerto de Róterdam.

Puerto de Róterdam. DISRUPTORES Puerto de Róterdam.

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Del puerto de Róterdam al hidrógeno español: compartir datos industriales para ganar eficiencia y generar más valor

El 80% de los datos industriales en Europa no se utilizan, según el Foro Económico Mundial, que señala sendas iniciativas en Huelva y el País Vasco entre las contadas excepciones.

Más información: La inteligencia artificial devuelve a las empresas el problema que nunca han terminado de resolver: sus datos

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Las claves

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El puerto de Róterdam es un referente en digitalización industrial, permitiendo el intercambio de datos en tiempo real entre operadores, mejorando la eficiencia del ecosistema portuario.

Europa desaprovecha cerca del 80% de sus datos industriales, ya que la mayoría de empresas digitalizan sus procesos internos pero no comparten información con otras organizaciones.

Iniciativas como Starlings en Róterdam y proyectos en Huelva y el País Vasco demuestran los beneficios del intercambio de datos en sectores como el hidrógeno, la energía y la logística.

La colaboración entre empresas, apoyada por una gobernanza clara y tecnología adecuada, permite mejoras de eficiencia, sostenibilidad y competitividad en la industria.

El puerto de Róterdam, en Países Bajos, se ha convertido en ejemplo de lo que la industria es capaz de hacer si deja de trabajar de forma aislada.

DISRUPTORES – EL ESPAÑOL pudo comprobarlo sobre el terreno, tras recorrer los más de 40 kilómetros de esta gigantesca infraestructura para conocer de primera mano cómo los datos estaban transformando su operativa.

El puerto había construido un gemelo digital de sus instalaciones y conectado información procedente de buques, trenes, camiones, infraestructuras, drones y operarios. Una red de 350 kilómetros de fibra óptica, sistemas de monitorización en tiempo real y una plataforma, Portbase, permitían intercambiar información entre los distintos agentes que operan en él.

Aquella visita mostró hasta qué punto un puerto podía convertirse en una infraestructura digital con más de 140 millones de transacciones registradas y unas 5.000 organizaciones implicadas. A su vez, el proyecto del Contenedor 42 tenía como objetivo mantener localizada una mercancía durante todo su recorrido.

Tres años después, Róterdam vuelve a aparecer como uno de los casos que ilustran hacia dónde puede avanzar la transformación digital si todos los datos de los actores que forman parte de un ecosistema pueden utilizarse para mejorar el funcionamiento del conjunto. Un escenario que todavía no es el habitual.

El valor de compartir datos

La digitalización industrial ha avanzado durante décadas dentro de las empresas. Primero, con la llegada de los transistores, se automatizaron máquinas y procesos; después, los sistemas de gestión y las redes permitieron controlar esa automatización; más tarde llegaron los sensores, el Internet de las Cosas (IoT), el big data y la inteligencia artificial, dando paso a la industria 4.0.

El resultado son fábricas cada vez más conectadas, capaces de recopilar y analizar en tiempo real grandes cantidades de información, pero que permanece dentro de cada organización.

En el caso de Europa, alrededor del 80% de los datos industriales no se utilizan, según el Foro Económico Mundial (WEF). Esto no significa que las empresas no generen información, sino que una parte importante de la misma no se convierte en conocimiento para la toma de decisiones.

Así lo explica este organismo en su último informe, Intelligent Industrial Ecosystems: Turning Proximity into Intelligence, en el que señala que la propia estructura de la industria impide dar ese paso.

“Una compañía puede conocer con precisión su producción, consumo energético, inventario o cadena de suministro, pero esos datos pierden parte de su potencial cuando no pueden combinarse con los de otros actores con los que comparte una infraestructura, un territorio o una cadena”. La industria ha aprendido a digitalizar sus fábricas, pero no las relaciones entre ellas.

Para entender su repercusión, volvemos al puerto como el de Róterdam. Aquí la llegada de un buque puede afectar a una terminal, a los operadores ferroviarios y de carretera, y a las empresas que gestionan la logística y la energía.

Cada uno de ellos puede optimizar su propia actividad, pero si lo hacen de manera coordinada, el resultado será mejor para el conjunto.

Ahí está la diferencia que plantea ahora el informe del WEF, y que afecta a todo tipo de sectores. En un parque industrial, por ejemplo, varias empresas podrían compartir la red eléctrica o la infraestructura logística en lugar de competir por ellas.

De Róterdam a Huelva y el País Vasco

En Róterdam, este modelo de colaboración ya se está poniendo a prueba con Starlings. Este proyecto, iniciado en 2025, busca que las empresas puedan intercambiar información casi en tiempo real sobre el uso de recursos como electricidad, vapor e hidrógeno para mejorar la capacidad de respuesta ante sus necesidades energéticas.

El mismo modelo ya se está aplicando en otros clústeres y a problemas diferentes. Es el caso de dos iniciativas españolas que recoge el informe del Foro Económico Mundial.

En Huelva, el Valle Andaluz del Hidrógeno Verde de Moeve conecta a los diferentes actores para que intercambien información y escalen en la producción de hidrógeno. La primera fase contempla la construcción de un electrolizador de 300 MW, el mayor del sur de Europa, dentro de un proyecto que alcanzará los 2 GW.

Por su parte, en el País Vasco, H2Integra, liderado por Petronor junto a otras 11 organizaciones, utiliza los datos sobre la futura demanda para reducir los riesgos de inversión. El proyecto agrega las previsiones de consumo de sectores como el acero, los envases de aluminio, la movilidad y los sistemas de respaldo y, cuando esté operativo, una plataforma digital coordinará la producción, almacenamiento, logística y distribución de hidrógeno.

Los resultados de la colaboración

Los resultados permiten poner cifras a este cambio. En Róterdam, los primeros ensayos del proyecto Starlings lograron mejoras de eficiencia de alrededor del 5%. El WEF calcula que, con una colaboración más avanzada, los beneficios podrían llegar a multiplicar por 8,5 el valor inicial.

No es el único ejemplo. En el puerto chino de Qingdao, el intercambio de datos entre operadores, aduanas, navieras, transportistas y propietarios de mercancías ha permitido elevar un 6% la eficiencia del servicio, un 14,2% la de manipulación, un 26% la capacidad de almacenamiento y el tiempo de los camiones dentro del puerto se ha reducido más de la mitad.

Y en Kalundborg, en Dinamarca, la visibilidad compartida de los flujos de agua, energía y materiales entre 17 organizaciones permite intercambiar más de 35 recursos. El resultado es el ahorro anual de unos 4 millones de metros cúbicos de agua subterránea, el reciclaje de más de 200.000 toneladas de materiales residuales y una reducción de alrededor del 80% de las emisiones del clúster desde 2015.

Estos tres casos muestran que el valor no está en acumular más datos, sino en utilizarlos de forma conjunta para obtener un beneficio común. La cuestión ahora es si las empresas manufactureras, que han aprendido a digitalizar sus fábricas, serán capaces de hacer lo mismo para relacionarse entre ellas y convertir esa colaboración en una fuente de eficiencia, y también de competitividad.

Colaboración de confianza

Sobre el papel, la lógica parece sencilla, pero llevarla a la práctica no lo es. Cuando los datos salen del perímetro de una compañía, surgen nuevos obstáculos: diferentes niveles de madurez digital, problemas de interoperabilidad, dudas sobre quién puede acceder a la información y nuevos riesgos de ciberseguridad.

A ello se suma una cuestión todavía más compleja: el dato puede pertenecer a una empresa, pero el valor que genera al compartirlo puede beneficiar a muchas otras.

Por eso, antes de cualquier despliegue técnico, hay que establecer reglas y mecanismos que hagan posible una colaboración de confianza. El WEF identifica cuatro condiciones para avanzar en esta dirección: gobernanza de datos, preparación de los datos, tecnología y ciberresiliencia.

A ellos se suma una figura clave: el orquestador, una entidad capaz de reunir a los distintos actores, generar confianza y coordinar intereses. En Róterdam, ese papel lo desempeña la autoridad portuaria.