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Europa

Europa paga 265.000 millones a las 'big tech' de Estados Unidos cada año mientras presume de su soberanía digital

El dinero europeo financia el desarrollo tecnológico estadounidense a través de un gasto público descontrolado en software y cloud en un momento de alta tensión geopolítica con nuestros socios al otro lado del Atlántico.

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Las claves

Europa paga unos 265.000 millones de euros anuales a 'big tech' estadounidenses por servicios de software y cloud, cifra similar al PIB de Portugal.

El 80% de la industria europea de nube pública está dominada por empresas de EE.UU., con Amazon, Microsoft y Google acaparando el 70% del negocio.

La dependencia tecnológica europea implica riesgos económicos y políticos, ya que infraestructuras críticas quedan bajo control extranjero.

Expertos y eurodiputados señalan falta de voluntad política y dependencia estructural, aunque existen alternativas tecnológicas europeas y talento para desarrollarlas.

Las organizaciones públicas y privadas europeas pagan cada año alrededor de 265.000 millones de euros a empresas tecnológicas estadounidenses por servicios de software y cloud. Por poner en contexto, esta cifra -estimada por la consultora francesa Asterès- equivale aproximadamente al producto interior bruto de Portugal.

Una dependencia que no se limita al gasto total que se traslada al otro lado del Atlántico. Si nos atenemos a las relaciones de poder y dominio de mercado, podemos ver que la industria de la nube pública está dominado en un 80% por proveedores estadounidenses, mientras que tres compañías (Amazon, Microsoft y Google) concentran por sí solas cerca del 70% del negocio.

El patrón se repite con especial crudeza e ironía en el sector público: en Alemania, por ejemplo, tan sólo el Gobierno federal gastó 481 millones de euros en licencias de Microsoft en 2025, un incremento del 75% respecto a 2023.

Ante estas cifras, es evidente la mayor: Europa está financiando como cliente al ecosistema tecnológico estadounidense, justo en un momento de máxima tensión comercial y geopolítica con el gobierno de Donald Trump. Y coincidiendo, además, con el período de mayores proclamas en favor de la soberanía digital europea, el mantra más repetido en el último lustro y que ha movilizado cientos de millones de euros en todos los países de la UE, sin que parezca que la dependencia de Estados Unidos se reduzca lo más mínimo.

A juicio de Mirko Böhm, director de desarrollo comunitario de Linux Foundation Europe y profesor en la Universidad Técnica de Berlín, el problema no es únicamente el volumen de dinero que Europa paga cada año por tecnología extranjera, sino lo que ese dinero genera fuera del continente.

“Cuando hablamos de esos 265.000 millones solemos pensar simplemente en una factura que sale de Europa”, explica. “Pero la contratación pública tiene un efecto multiplicador muy bien documentado. Cada euro que se gasta genera actividad económica adicional: empleo, investigación, redes de proveedores, desarrollo industrial. Ese multiplicador funciona allí donde va el dinero”.

Por ello, añade Böhm, “cuando gobiernos y empresas europeas compran servicios a los grandes proveedores de cloud no están simplemente pagando por una infraestructura. Están contribuyendo a financiar el desarrollo de capacidades tecnológicas que no existen en Europa”.

Un efecto que se amplifica todavía más en el software, donde la economía de escala es brutal: “Los productos digitales tienen costes marginales prácticamente nulos y pueden escalar indefinidamente. Eso significa que los retornos económicos se concentran todavía más en quien desarrolla la tecnología. Si nos limitamos a consumir software desarrollado en otros lugares, también estamos renunciando a desarrollar ese conocimiento”.

El riesgo político

Empero, el debate sobre la dependencia digital europea se limita exclusivamente al terreno económico. Kim van Sparrentak, eurodiputada neerlandesa del grupo de los Verdes en el Parlamento Europeo, reconoce que este asunto “durante años se ha presentado como una preocupación teórica, pero lo que estamos viendo ahora demuestra que no lo es”.

Van Sparrentak recuerda que la concentración del poder tecnológico en unas pocas compañías estadounidenses implica riesgos políticos muy concretos: “Dependemos de un pequeño número de proveedores para servicios críticos como el cloud, el almacenamiento de datos o la ciberseguridad. Eso significa que nuestra economía depende de infraestructuras que están controladas por empresas y jurisdicciones que no son europeas”.

Y esa dependencia puede convertirse en un instrumento de presión, máxime con la Administración Trump al frente de la principal potencia mundial: “Estamos viendo cómo el gobierno estadounidense y las grandes plataformas digitales trabajan de forma muy coordinada para mantener su poder de mercado en Europa. En la práctica están utilizando nuestra dependencia tecnológica como una herramienta para preservar su influencia”.

Para la eurodiputada, el problema es que Europa ha interiorizado durante demasiado tiempo la idea de que no existen alternativas. “Hemos construido una especie de mito según el cual no hay alternativa a Microsoft, Apple, Google, Meta o Amazon”, afirma. “Pero no es verdad. Existen empresas europeas capaces de ofrecer soluciones competitivas, y donde todavía no existen tenemos talento suficiente para crearlas. Lo que falta es voluntad política para apoyarlas”.

Esa voluntad política, sin embargo, choca con una inercia institucional muy difícil de romper. Rebecca Lenhard, diputada del Bundestag alemán y miembro de la comisión de digitalización y modernización administrativa, reconoce que su país lleva años hablando de soberanía digital, pero ni siquiera dispone de una evaluación completa de su dependencia tecnológica.

El debate sobre la soberanía digital en Alemania se ha vuelto cada vez más intenso”, explica. “Pero ni siquiera sabemos con precisión hasta qué punto depende nuestra administración pública de proveedores extranjeros”.

Ella es la responsable de la investigación parlamentaria que desveló los 481 millones de euros en licencias de Microsoft gastados por el gobierno federal en 2025. Un coste que había aumentado un 40 % en tan sólo dos años. “Y eso no incluye el gasto de los estados federados ni de las administraciones locales”.

Lo peor de todo es que el dinero no es lo más grave del asunto, sino la cadena perpetua de sometimiento que se establece generación tras generación en torno a los proveedores estadounidenses. “Los niños utilizan Microsoft en las escuelas, después utilizan Microsoft en la universidad y finalmente entran al mercado laboral utilizando Microsoft”, señala Lenhard. “Hemos creado una dependencia tecnológica estructural”.

La batalla del relato

Estas preocupaciones europeas las están tratando de aprovechar algunas enseñas del Viejo Continente que han visto una oportunidad en la incertidumbre y la desidia ante los colosos extranjeros.

Frank Karlitschek, fundador y CEO de Nextcloud, cree que buena parte del bloqueo actual tiene que ver con el relato que domina la conversación tecnológica europea: “Hay una serie de narrativas que se repiten constantemente. La primera es que no podemos migrar porque sería demasiado complicado. La segunda es que no existen alternativas europeas. Y la tercera es que el software abierto no está a la altura”.

Para Karlitschek, ninguna de esas premisas es correcta: “Hay universidades, administraciones públicas y empresas que ya han migrado a soluciones abiertas y funcionan perfectamente. Pero esas experiencias rara vez forman parte del debate público”.

El empresario alemán también cuestiona otro argumento recurrente: el supuesto problema de fragmentación del ecosistema tecnológico europeo.

“Siempre se dice que Europa está demasiado fragmentada”, señala Karlitschek. “Pero en cualquier mercado sano hay muchas empresas compitiendo. El verdadero problema no es la fragmentación. El problema es que en el mercado actual existe un monopolio de facto de unos pocos proveedores globales”.

La obsesión regulatoria

Para Böhm, el problema adquiere una dimensión todavía más preocupante en un momento en el que Europa aspira a convertirse en el gran regulador global de la tecnología.

“Europa ha construido una agenda regulatoria muy ambiciosa: el AI Act, el Digital Markets Act, el Data Act, el Cyber Resilience Act”, enumera. “Pero esa agenda depende de dos cosas: de que el mercado europeo siga siendo relevante y de que tengamos capacidades tecnológicas para aplicar esas normas. Si gastamos nuestro dinero en construir tecnología en otros lugares, ambas cosas se debilitan”.