John Hultquist, Chief Analyst del Grupo de Inteligencia de Amenazas de Google.

John Hultquist, Chief Analyst del Grupo de Inteligencia de Amenazas de Google.

Política Digital ENTREVISTA

“Los ciberataques buscan socavar nuestra sensación de seguridad” en plena escalada entre Irán, Israel y EEUU

El analista jefe de inteligencia de amenazas de Google, John Hultquist, explica a DISRUPTORES - EL ESPAÑOL cómo los ciberataques se han convertido en una herramienta de presión geopolítica desde la guerra de Ucrania.

Más información: Los conflictos geopolíticos avivan la guerra cibernética: China, Corea del Norte, Irán y Rusia intensifican sus ataques

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Las claves

Los ciberataques se han convertido en una herramienta clave para desestabilizar gobiernos y minar la confianza en instituciones, especialmente en escenarios de tensión geopolítica entre Irán, Israel y EEUU.

La mayoría de estos ataques no buscan destrucción permanente, sino crear ventajas temporales y afectar psicológicamente, especialmente en la "zona gris" entre la paz y la guerra.

Irán destaca por el uso sostenido del ciberataque como presión política, mientras que China se centra en el ciberespionaje para anticipar decisiones y replicar tecnología.

La inteligencia artificial no genera nuevas amenazas, pero amplifica la velocidad, alcance y sofisticación de los ciberataques ya existentes, facilitando campañas más efectivas incluso para atacantes poco experimentados.

Mientras Irán, Israel y Estados Unidos cruzan amenazas y elevan la tensión en Oriente Medio y en el resto del mundo, hay un campo de batalla sin misiles ni drones, sin imágenes ni grandes titulares. Esta guerra también se libra en un terreno más silencioso, donde los objetivos son infraestructuras críticas, satélites y comunicaciones, y las ofensivas son constantes.

Es una capa en la sombra que ayuda a desestabilizar gobiernos y que ha adquirido otra dimensión desde la guerra de Ucrania iniciada en 2022. “El objetivo no es causar daño irreversible, sino crear una ventaja temporal. No buscan destruir, sino desestabilizar en el momento adecuado”, avisa John Hultquist, Chief Analyst del Google Threat Intelligence Group, en conversación con DISRUPTORES – EL ESPAÑOL.

El analista jefe del grupo de inteligencia de amenazas de la tecnológica apunta a una transformación de los conflictos: “ya no se trata sólo de ganar terreno, sino de controlar el ritmo y la percepción de la guerra”.

Hultquist sabe de lo que habla. Lleva más de dos décadas analizando operaciones de ciberinteligencia y amenazas estatales, un recorrido que le permite afirmar que "esta evolución no es coyuntural, sino estructural".

El encuentro con Hultquist se produce lejos de estos frentes. En la cafetería de uno de los hoteles del Paseo del Arte de Madrid, a pocos metros del Museo del Prado, el Thyssen-Bornemisza o el Reina Sofía, donde el trajín en las calles de la capital contrasta con la escalada geopolítica que marca la agenda internacional.

La conversación tiene lugar pocos días después de que EEUU e Israel aumentaran su presión sobre Irán, en una combinación de operaciones militares y movimientos menos perceptibles. Un escenario que, inevitablemente, se cuela en la entrevista.

Aunque el objetivo inicial era analizar la evolución de las ciberamenazas a escala global, la actualidad se impone para tratar de entender cómo es y cómo funciona esta nueva guerra híbrida, en la que este tipo de ataques han adquirido un nuevo papel".

El punto de inflexión

Ucrania fue el punto de inflexión. El ejemplo más claro se produjo al inicio de la invasión rusa, cuando se atacaron las comunicaciones satelitales. “No era una ofensiva para inutilizarlas de forma permanente, sino para romper la capacidad de coordinación justo cuando más se necesitaba. Si no puedes comunicarte es mucho más difícil organizar la defensa”, concreta Hultquist.

No se trata de ataques que sustituyan a las acciones en el terreno. La diferencia, insiste, está en sus efectos: “Hay dos cosas importantes que hay que entender: una es que generalmente no son violentos, y cuando hay violencia real eso reduce su impacto".

"No buscan destruir, sino desestabilizar en el momento adecuado"

La otra es que suele tener efectos a corto plazo: puedes romper algo, pero es muy difícil romperlo para siempre”. Echa por tierra, así, la idea extendida sobre su poder de destrucción y desplaza su valor al momento de la ejecución. “Estos ataques funcionan mejor cuando hay una ventana muy corta en la que pueden ser realmente impactantes”, explica.

Sin embargo, en escenarios de guerra abierta, como es el caso de Ucrania, “no son tan efectivos porque la gente ya es objetivo de ataques físicos de forma constante. Normalmente buscan un impacto psicológico, pero es difícil conseguirlo cuando hay bombas cayendo”.

La "zona gris"

Por eso es en la llamada “zona gris” donde el ciberataque adquiere verdadero sentido. Ese periodo tenso entre la paz y la guerra, cuando todavía no se han lanzado misiles, pero la presión ya es constante y su impacto se multiplica. “Es en ese momento cuando funcionan estas intrusiones, ahí es donde realmente se genera el efecto que buscan”, asevera Hultquist.

Europa se ha convertido en uno de los principales escenarios de esa dinámica y, en sus palabras, no sólo en el plano digital. “En los últimos años estamos asistiendo a una serie de ataques contra infraestructuras físicas en Europa, lo que indica que los actores gubernamentales están más dispuestos que antes a hacer este tipo de cosas”, advierte.

"No pierdo el sueño por los ciberataques"

Esto significa que si asumen ese riesgo en el mundo físico, también lo harán en el digital, donde operar es más sencillo y menos arriesgado. “No tienen que enviar personas ni asumir el mismo nivel de exposición”, razona. Es entonces cuando lo digital pasa a ser una extensión del conflicto.

De ahí surge una de sus principales preocupaciones: que muchas de las capacidades que podrían haber utilizado en Ucrania ahora se centren en el resto del continente. “Estamos viendo un aumento de los ciberataques en Europa, especialmente en casos como el de Polonia, que para mí es una señal de alerta muy clara”, ilustra en referencia al apagón que sufrió el país a finales de 2025.

Noelia Hernández Nieto, periodista en DISRUPTORES - EL ESPAÑOL, y John Hultquist, Chief Analyst del Google Threat Intelligence Group, en un momento de la entrevista.

Noelia Hernández Nieto, periodista en DISRUPTORES - EL ESPAÑOL, y John Hultquist, Chief Analyst del Google Threat Intelligence Group, en un momento de la entrevista.

A pesar del escenario que dibuja, Hultquist no es alarmista. “No pierdo el sueño por los ciberataques. Son importantes y hay que prepararse, pero como sociedad vamos a estar bien”, afirma con una contundente seguridad.

Lo que sí le lleva al desvelo, matiza, es cómo respondemos; e insiste en que la capacidad de recuperar sistemas y mantener la confianza "es el verdadero factor diferencial".

Irán y los ciberataques sostenidos

Si hay un país que ha sabido sacar partido a esa zona gris es Irán. Su estrategia desde hace varios años demuestra hasta qué punto un ciberataque puede ser una herramienta de presión política sostenida, sin intervención militar directa.

Hultquist menciona el caso de Albania, cuando en 2022 un ataque coordinado contra sus infraestructuras digitales dejó al gobierno fuera de juego. Esclarece que “no se trató de una interrupción puntual, sino de la caída total de servicios clave, obligando a suspender su actividad”.

"Es poco probable que estos ataques desencadenen una reacción de la OTAN o sus miembros"

Hultquist recuerda sus consecuencias para subrayar el alcance real de este tipo de operaciones. “El gobierno no podía funcionar, toda su infraestructura IT estaba caída”, aclara

Para alguien que lleva años analizando este tipo de incidentes, el caso marcó un antes y un después en este tipo de ofensivas cibernéticas: “Fue una señal de hasta dónde están dispuestos a llegar”.

El de Albania no es un caso aislado. Grupos vinculados a Irán han sido señalados en campañas contra instituciones gubernamentales y empresas en Europa, y operaciones de espionaje dirigidas también a Estados Unidos. En muchos casos, con técnicas similares al ransomware o ataques que buscan interrumpir servicios más que obtener un beneficio económico.

Y es ahí, insiste, donde está la clave: “Al no ser violentos, es poco probable que estos ataques desencadenen una reacción de la OTAN o sus miembros”, afirma sin un atisbo de duda. Su valor, por tanto, está en las consecuencias, o en la falta de ellas: “Es una herramienta perfecta si quieres golpear a tu adversario sin provocar una escalada fuera de control".

China y el ciberespionaje

Este patrón no es exclusivo de Irán o Rusia. China también mantiene una actividad constante, pero con otro enfoque. Su principal objetivo no son tanto las infraestructuras críticas como las instituciones de los Estados donde se toman decisiones: “Quieren saber qué está pasando, qué piensan realmente los gobiernos, cuáles van a ser sus movimientos”, enumera Hultquist.

La información se ha convertido en un activo estratégico dentro de un contexto geopolítico cada vez más incierto, y el ciberespionaje en el principal medio para conseguirla. “Europa tiene una gran base industrial de defensa. Se fabrican aviones, tanques, submarinos… y quieren saber cómo funciona”, asegura.

“Cuanto más impredecible se vuelve el mundo, más crece el ciberespionaje”

El objetivo, además de comprender la tecnología que hay detrás, en muchos casos es es replicar. “Si tienes un buen diseño, ¿por qué desarrollarlo desde cero cuando ya lo han hecho otros?”, resume

Una práctica que, admite, no es exclusiva de un sólo país: todos los Estados participan “en mayor o menor medida” del ciberespionaje, aunque señala a China como el actor que “probablemente” lo hace a mayor escala. Y la tendencia va a más: “Cuanto más impredecible se vuelve el mundo, más crecen este tipo de ofensivas”.

La batalla por la confianza

España también forma parte de este escenario por ser miembro de la OTAN, por su posición geoestratégica y por su red de infraestructuras (en nuestro país confluyen varios cables submarinos). “Estamos viendo actividad de ciberespionaje en España desde hace años, como en el resto de Europa”, afirma Hultquist.

El interés, señala, responde a la misma lógica que en el resto: anticipar decisiones políticas y conocer su papel y posicionamiento en el tablero internacional.

"Su objetivo es minar la confianza en nuestras instituciones"

Más allá del quién y el cómo, “lo que realmente quieren hacer con la mayoría de estos ataques es socavar nuestra sensación de seguridad”, apunta Hultquist. “Quieren que pensemos que el cielo se está cayendo. Su objetivo es minar la estabilidad institucional, en nuestras alianzas o en las decisiones que estamos tomando”.

En esa percepción es donde señala el mayor riesgo. “En casi todos los casos, los efectos técnicos van a ser temporales. Las cosas se rompen, pero se arreglan”, asevera. Pero hay algo que es más difícil de recuperar: la confianza. Y es ahí,concluye, “donde el ciberataque encuentra su verdadero poder”.

Mientras esta batalla invisible sigue su curso y Hultquist se despide con una afable sonrisa -que no se ha borrado de su rostro en toda la entrevista-, fuera del hotel la ciudad de Madrid sigue su ritmo. La mayoría de sus habitantes ajenos a esa guerra que no se ve y que, de momento, no les quita el sueño, pero que ya mina esa confianza sin hacer mucho ruido.

IA: más y mejor

La inteligencia artificial no cambia las reglas del juego. Al menos es lo que defiende John Hultquist cuando esta periodista le pregunta sobre esta tecnología omnipresente. "La IA no crea nuevas amenazas, pero hace las existentes más rápidas, más grandes y más sofisticadas”, asegura el máximo experto en ciberseguridad de Google.

“Lo que estamos viendo es que se utiliza para mejorar lo que los atacantes ya hacían antes”, explica. En resumen: más capacidad para hacer lo mismo, pero mejor.

“La IA no crea nuevas amenazas, pero amplifica las que ya existen”

Ese salto ya se traduce en campañas de phishing hiperpersonalizadas, identidades falsas cada vez más creíbles o el uso de deepfakes capaces de suplantar a cualquier persona.

Pero el cambio más relevante está en el acceso.“La inteligencia artificial permite que alguien que no es especialmente bueno pueda avanzar mucho más rápido. Es como tener a un experto al lado que te ayuda a resolver problemas técnicos y a dar el siguiente paso”, señala. Un 'ayudante' que, además, no siempre cuenta con los principios éticos y de responsabilidad que deberían prevalecer en este tipo de acciones.