La innovación, por suerte o por desgracia, nunca ha sido patrimonio exclusivo de los buenos de la historia. El Doctor Maligno no deja de imaginar artefactos absurdamente sofisticados para dominar el mundo; Darth Vader convierte una galaxia entera en un ingente proyecto de ingeniería militar; incluso Lex Luthor compensa su carencia de superpoderes con ciencia, tecnología y alcance industrial para reinventarse. Y, ya dejando a un lado la ficción, nos podemos encontrar con auténticos disruptores en parajes tan insospechados como los sótanos de la Stasi alemana.
La Stasi (Ministerio para la Seguridad del Estado) fue el temido órgano de inteligencia, vigilancia masiva y represión política de la extinta República Democrática Alemana (RDA). Entre 1950 y 1990, este organismo fue encargado de perseguir a todos los disidentes del régimen comunista, a cualquiera que simplemente quisiera vivir en libertad en su tierra, empobrecida por su dependencia de la Unión Soviética e incapaz de levantar cabeza de la decadencia que sucedió a la II Guerra Mundial.
Por ello, poco podríamos asociar en el imaginario colectivo a esta horrenda Stasi con algo positivo, con un concepto que intrínsecamente levanta simpatías como pueda ser la innovación. Pero eso sería ser injustos y pecar de precavidos, si se quiere, o de dejarnos llevar por los prejuicios, si me lo permiten.
No podemos olvidar que la República Democrática Alemana dedicó durante décadas una parte considerable de su aparato de inteligencia a robar conocimiento científico y tecnológico a Occidente. Así, la Stasi obtenía diseños, procedimientos industriales e información técnica del otro lado del muro que, después, llegaban a las empresas orientales. Esas mismas incapaces de discurrir por sí solas al formar parte de una economía planificada, aislada de buena parte de los mercados más avanzados y lastrada por unas carencias estructurales como pocas.
Tres economistas, Albrecht Glitz, Adrian Lerche y Lukas Mergele, han conseguido medir qué produjo aquel trasvase clandestino de tecnología. Su trabajo, publicado este año por la Rockwool Foundation Berlin, cruza los archivos de inteligencia de Alemania Oriental con los registros productivos de 145 grandes conglomerados industriales que representaban alrededor de un tercio del PIB del país durante los años ochenta.
¿Y qué demuestra esta investigación? Para sorpresa de nadie, que las empresas con mayor acceso a información valiosa aumentaron más deprisa su productividad y su valor añadido, invirtieron más en capital, utilizaron más bienes intermedios y concentraron su actividad en sus productos principales. El empleo apenas cambió, por la inherente e inevitable mejora de la productividad, pero parte de las ganancias se extendió además hacia proveedores y clientes a través de la red industrial.
Según estos expertos, el valor añadido de la industria germano-oriental en 1988 habría sido un 22,3% inferior sin la información obtenida por la Stasi. Dado el peso de esas empresas en la economía, estiman un efecto equivalente al 7,4% del PIB de Alemania Oriental. Para que ponga en contexto, querido lector, la magnitud de lo que estamos hablando: cada pieza de inteligencia considerada valiosa habría generado un retorno anual cercano a 330.000 euros a precios de 2020.
Por supuesto que el espionaje no obró milagros ni fue un maná inagotable e infinito, digno de las más altas consideraciones. Las empresas beneficiarias mejoraron sus exportaciones dentro del bloque socialista, especialmente hacia la Unión Soviética, pero apenas avanzaron en los mercados occidentales. Aun así, el efecto dejó poso después de la desaparición de la propia RDA: las compañías que habían recibido más información valiosa tuvieron mayores probabilidades de sobrevivir a la transición posterior a la reunificación mediante una privatización exitosa.
A estas alturas de mi alegato, inevitablemente se estará preguntando si estoy tratando de justificar el robo de propiedad intelectual e industrial como forma de innovación. Nada más lejos de la realidad: los avances de la Alemania oriental llegaron por un procedimiento ilícito, dentro de un sistema económico que ofrecía pocos motivos para esperar grandes prodigios de eficiencia. Lo que estoy tratando de defender es cómo el papel de la defensa y el interés militar, directa o indirectamente, puede ser acicate del conocimiento y crecimiento tecnológicos y económicos.
No estoy diciendo nada que no oigamos cada semana en mil y un discursos sobre las tecnologías duales. Tampoco nada que no se haya considerado en la carrera espacial durante la Guerra Fría y un sinfín de episodios históricos semejantes, aunque con protagonistas menos icónicos que los espías de la Stasi. Empero, por ahora seguimos anclados en el discurso, sin bajar de las musas al teatro.
Las guerras de Ucrania y Gaza han devuelto la seguridad y la capacidad militar al epicentro de la agenda pública. Ucrania, en particular, ha demostrado una particular entereza innovadora en áreas como los drones conforme ha ido forzando ciclos de desarrollo, prueba y mejora mucho más cortos que los habituales en los grandes programas de defensa.
A esa presión se suman las dudas sobre el futuro de la alianza transatlántica. En el mejor de los casos, en que esta coalición se mantenga en pie, las presiones de Trump sobre sus socios ha conseguido ya que los países europeos de la OTAN y Canadá elevaran cerca de un 20% su gasto básico en defensa durante 2025. En el peor de las situaciones, Europa tendrá que poseer toda la cadena de valor militar posible para jugar en un tablero geopolítico donde encarna el papel residual, el del tercero en disputa, frente a dos colosos como Estados Unidos y el entente ruso-chino.
Pero ese dinero se puede gastar de muchas maneras diferentes. Y es diametralmente distinto destinarlo a adquirir armas y tanques que a innovar y desarrollar nuevas tecnologías que puedan ser aplicadas en el campo de batalla (y en nuestros hogares).
El Consejo Europeo ha pedido reforzar la base industrial y tecnológica de defensa, incorporar mejor a pymes y empresas medianas a sus cadenas de suministro y aprovechar las lecciones tecnológicas surgidas de Ucrania. El European Innovation Council abrió en junio su principal instrumento de aceleración a proyectos con aplicaciones civiles y militares y permite ya financiar, entre otras áreas, IA, cuántica, materiales avanzados y robótica. También ha reservado financiación específica para escalar empresas de tecnologías críticas de defensa.
España ha formulado una ambición parecida. El Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa presentado en 2025 incorporaba 10.471 millones de euros adicionales y situaba entre sus objetivos la innovación, la reindustrialización y la modernización del tejido productivo alrededor de tecnologías de doble uso. Suena magnífico, pero todavía no hay señal de que esa inversión esté cayendo del lado del I+D+I que nos interesa.
La experiencia alemana nos obliga a una última cautela. Recordemos que el acceso a tecnología occidental hizo más competitiva a la industria de la RDA dentro del bloque soviético, pero apenas le permitió conquistar mercados occidentales. La tecnología importada mejoraba lo que ya existía; no corrigió todas las debilidades del sistema que la recibía. En el presente, Europa puede movilizar miles de millones y seguir teniendo problemas de fragmentación, escala, financiación o velocidad para llevar una innovación a convertirse en algo relevante a largo plazo.
De ahí que el debate de fondo supere ampliamente el planteamiento que Europa -y España- han propugnado en estas lides.
Y eso que partimos con una notoria ventaja respecto a los archienemigos alemanes: la Stasi necesitó una red de espías para acceder al conocimiento que su economía era incapaz de generar con suficiente rapidez. Europa dispone hoy de universidades, centros tecnológicos, compañías industriales, capital y un mercado de cientos de millones de personas. También dispone, por razones bastante menos deseables, de una demanda creciente para tecnologías que sirven a la vez a la seguridad y a la economía civil.
La oportunidad está ahí, los retos también (no nos llevemos a engaños ni nos creamos proclamas fáciles). Pero está en nuestras manos aprovechar la extravagante y convulsa coyuntura geopolítica para sacar ventaja innovadora de ella.