David Pérez, vicepresidente de 'Corporate Affairs' y sostenibilidad de Cabify.
El debate sobre el futuro económico ha dado un giro definitivo hacia la "autonomía estratégica" o "soberanía estratégica". En su reciente Discurso sobre el Estado de la Unión, Ursula von der Leyen remarcó que la competitividad europea depende de nuestra capacidad para dominar las tecnologías críticas y fortalecer una base industrial y digital propia que nos permita competir en el escenario global.
La reciente creación del Scaleup Europe Fund, diseñado para cerrar la brecha de financiación de empresas europeas en fases de consolidación, demuestra que las instituciones comunitarias han comenzado a reaccionar para evitar que la región quede relegada al papel de mera consumidora de soluciones controladas desde Estados Unidos, China o los países del Golfo. Sin embargo, la gran incógnita es si esta respuesta llega a tiempo y con la contundencia necesaria.
La autonomía estratégica conecta de lleno, además, con una inquietud presente en la sociedad desde hace años. Un informe de la Fundación Telefónica revela que el 82% de los españoles considera que Europa sufre una dependencia excesiva de las plataformas y empresas tecnológicas extranjeras, principalmente de China y Estados Unidos. Y el 86% de los ciudadanos demanda que Europa desarrolle tecnología propia para ser más competitiva en el tablero global.
Construir esa capacidad propia exige entender el valor estratégico de las empresas tecnológicas nacionales y su capacidad de escalar tanto a nivel nacional como internacional. El valor de una startup o una scaleup no reside únicamente en el valor que aporta su servicio. La riqueza radica en la propiedad del código, en las patentes, en la inteligencia que recopila, en la inversión continuada en I+D local y en los equipos de ingeniería de alta cualificación que sostienen la infraestructura y las innovaciones. Todo esto genera conocimiento e impulsa el emprendimiento gracias al efecto multiplicador. Hay ejemplos diversos de empresas españolas que han demostrado que se puede desarrollar tecnología made in Spain o made in Europe para competir en mercados exigentes con alta competencia.
Sin embargo, este camino no se puede recorrer solo. La innovación local necesita una escala sostenible para no ser aplastada por grandes corporaciones multinacionales, a veces con músculo financiero casi ilimitado. Cuando nuestras empresas más prometedoras alcanzan su fase de madurez y no encuentran el capital necesario o las oportunidades en suelo europeo, aparecen nuevos competidores internacionales ávidos de capturar el valor que, en ocasiones, estamos dejando escapar.
En este punto coincide de nuevo von der Leyen, que insiste en la necesidad de eliminar las trabas que impiden a las empresas europeas crecer y liderar la carrera tecnológica global en lugar de resignarse a ser espectadoras. Garantizar que una scaleup española o europea pueda convertirse en un actor global relevante sin necesidad de cambiar de accionariado es la única forma de convertir los discursos de soberanía estratégica en activos económicos tangibles. ¿Alguien piensa que China o Estados Unidos no están interesadas en que sus empresas tecnológicas mantengan su liderazgo? Esperemos que mecanismos como el Scaleup Europe Fund sean efectivos aquí y ataquen la raíz del problema.
En el contexto actual, la venta de una empresa europea a un competidor internacional no puede analizarse como una simple transacción corporativa, sino como una descapitalización. La pérdida de independencia de las firmas tecnológicas locales, además de destruir tejido productivo y provocar la reestructuración de plantillas, traslada los centros de decisión fuera de nuestras fronteras. Importar la tecnología que sostiene nuestra movilidad, nuestras comunicaciones o nuestros datos implica ceder parte de la soberanía europea a actores cuyos intereses no tienen por qué estar alineados con los nuestros en todo momento.
El reto que afrontamos en los próximos años condicionará el tejido empresarial español y europeo, y con ello nuestra autonomía estratégica. Si queremos que Europa no se limite a importar la tecnología del presente y del futuro, debemos tener la valentía de financiar, acompañar y proteger a nuestros campeones digitales desde su origen hasta su consolidación global.
*** David Pérez es vicepresidente de 'Corporate Affairs' y sostenibilidad de Cabify.