¿Puede un país cambiar de continente? Geográficamente, no. Pero en política internacional las fronteras pesan menos que las alianzas. Y Canadá parece dispuesto a demostrarlo.

El primer ministro Mark Carney ha planteado explorar una fórmula novedosa de asociación con la Unión Europea. La idea, de entrada, parece extravagante. Canadá está al otro lado del Atlántico, comparte con Estados Unidos una de las fronteras más extensas del planeta y tiene una economía cosida a la de su vecino.

Pero algo ha cambiado. Y mucho.

Canadá no quiere convertirse en Europa. Quiere dejar de depender de un Estados Unidos que, bajo Donald Trump, se ha convertido en un socio mucho menos previsible. Ya ni siquiera tendría condición de socio.

Durante décadas, Ottawa pudo permitirse una política exterior construida sobre una certeza: Washington era el vecino poderoso, el aliado fiable y el socio económico imprescindible. Había diferencias, naturalmente, pero existía una línea roja que parecía imposible de cruzar: Estados Unidos no cuestionaría seriamente la soberanía de Canadá.

Trump no tardó ni un instante en borrar esa certeza.

Las amenazas sobre la soberanía canadiense, las guerras arancelarias, las presiones políticas y la permanente utilización de Canadá como argumento en la política interna estadounidense han obligado a Ottawa a contemplar una posibilidad que durante generaciones parecía innecesaria: ¿qué ocurre si el vecino del que dependes deja de comportarse como un aliado?

La respuesta parece obvia: buscar otros.

Canadá nunca ha sido una superpotencia. Ni parece que pueda serlo. Su peso internacional procede precisamente de haber entendido esa limitación: cuando no puedes imponer tus condiciones, necesitas aliados.

El multilateralismo canadiense no nació ayer. Es una tradición diplomática consolidada. Lo nuevo es que ahora parece urgente explorar otras vías.

Ottawa necesita diversificar sus apoyos antes de que otra crisis vuelva a poner de manifiesto su dependencia de Washington.

Europa es una opción evidente.

Canadá comparte con la Unión Europea instituciones, intereses y valores democráticos. Coopera con sus Estados miembros en la OTAN, el G7, Naciones Unidas y otros foros. Hay, además, importantes vínculos comerciales y culturales.

Por tanto, no estamos ante una ocurrencia diplomática. Pero tampoco conviene engañarse. Europa no es un refugio gratuito.

La Unión Europea es una comunidad política y económica que exige aceptar reglas comunes. Quien entra en ella comparte competencias y limita parte de su capacidad de actuar unilateralmente.

Ahí aparece una ironía difícil de ignorar.

Canadá está protestando contra Washington porque no quiere que una potencia vecina dicte sus decisiones. Y, al mismo tiempo, estudia estrechar sus vínculos con Bruselas, donde también tendría que aceptar reglas y compromisos.

La diferencia es importante: no es lo mismo compartir soberanía voluntariamente entre socios que aceptar la tutela de una potencia dominante. Pero Ottawa tendrá que explicar muy bien esa diferencia a sus ciudadanos.

Porque Canadá necesita aliados. No necesita nuevos tutores.

Y luego está la geografía. Esa incómoda realidad que ninguna maniobra diplomática puede modificar.

Estados Unidos seguirá ahí. Las fábricas seguirán conectadas. Las cadenas de suministro seguirán cruzando la frontera. Las empresas seguirán dependiendo del mercado estadounidense. Y millones de personas seguirán teniendo relaciones familiares, laborales y económicas a ambos lados de la frontera.

Europa puede convertirse en una alternativa estratégica. No puede sustituir a EEUU de la noche a la mañana.

Por eso, Canadá tendrá que hacer algo mucho más difícil que cambiar de aliado: aprender a convivir con un vecino imprescindible en el que ya no confía plenamente.

Eso exige pragmatismo. Pero también firmeza.

La vieja estrategia —confiar en Washington y diversificar el resto prudentemente— funcionaba mientras Estados Unidos ofrecía estabilidad. Cuando esa estabilidad desaparece, seguir haciendo exactamente lo mismo deja de ser prudencia. Es dependencia.

Diversificar no significa romper con Estados Unidos.

Significa tener capacidad para hacerlo si algún día resulta necesario.

Y Canadá haría mal si, en su reacción frente a Trump, se refugia exclusivamente en Europa.

El Pacífico importa. Y mucho.

Japón, Corea del Sur y Australia conocen bien el problema al que ahora se enfrenta Canadá: cómo mantener una relación indispensable con Estados Unidos sin quedar completamente atrapados en ella, mientras China aumenta su peso económico, militar y político.

El Indo-Pacífico ofrece a Canadá mercados, inversiones y socios estratégicos que no puede permitirse ignorar.

Europa puede ser una pieza del nuevo tablero canadiense. Asia debe ser otra. Estados Unidos seguirá siendo una tercera.

La clave no está en escoger una y abandonar las demás. Está en evitar que ninguna tenga capacidad para decidir por Canadá.

La lección de Trump

Quizá esta sea la mayor paradoja de la crisis.

Trump, al intentar presionar a Canadá, puede estar consiguiendo exactamente lo contrario de lo que pretende: que Ottawa deje de considerar inevitable su dependencia de Washington.

Durante décadas, Canadá confundió proximidad con seguridad. Ahora descubre que una frontera compartida no garantiza una relación estable y que un aliado puede cambiar de política mucho más rápido que una cadena de suministro.

La lección es incómoda, pero útil.

Canadá no puede cambiar de continente. Tampoco puede mudarse de vecino.

Lo que sí puede hacer es cambiar de estrategia.

Puede mirar hacia Bruselas sin romper con Washington. Puede mirar hacia Tokio y Seúl sin abandonar Europa. Puede mantener una relación pragmática con Estados Unidos sin volver a depositar en él toda su seguridad y su prosperidad.

En definitiva, puede hacer algo que hasta ahora no parecía necesario: construir una política exterior basada no en la confianza ciega, sino en la capacidad de elegir.

Canadá no necesita encontrar un nuevo amo.

Necesita dejar de necesitar uno.