Diana Barrantes, cofundadora de Zoometrics.
La tecnología puede hacer cosas maravillosas. Esto no es nuevo. Llevamos años repitiendo (casi como un mantra) su potencial transformador. Pero hay ámbitos donde ese potencial no solo es relevante: es urgente. El bienestar animal es uno de ellos.
A diferencia de otros sectores, el bienestar animal no nace de la industria ni de la eficiencia. Nace del corazón. De la empatía. De personas que, sin esperar nada a cambio, deciden implicarse. Como recordaba Félix Rodríguez de la Fuente, “la conservación no es solo una cuestión científica, sino profundamente emocional”. Durante décadas, ha sido un terreno sostenido por el voluntariado, por el compromiso individual y por redes informales que operan muchas veces al margen de las estructuras institucionales. Y, conviene subrayarlo, al margen de ideologías: la relación con los animales no entiende de colores políticos.
Y eso ha tenido un coste: la falta de datos, de visibilidad y, en muchos casos, de reconocimiento.
Un ejemplo paradigmático es la gestión de colonias felinas en España, que comenzó a estructurarse a nivel nacional con la entrada en vigor de la Ley 7/2023 de bienestar animal. Durante años, la imagen colectiva ha sido clara: la “señora de los gatos”. Una figura caricaturizada. Mujer, mayor, sola, alimentando gatos en un entorno urbano o periurbano. Asociada, erróneamente, a la proliferación descontrolada de animales.
Pero ¿y si el problema no era lo que hacía, sino cómo lo entendíamos?
La ciencia lleva tiempo diciendo algo distinto. Establecer un punto de alimentación estable es el primer paso de cualquier estrategia de control poblacional. Es exactamente lo que haría un biólogo en campo: generar un punto de atracción para observar, censar y monitorizar una población.
Y aquí es donde entra la tecnología: cuando esa actividad se acompaña de datos (registros, seguimiento, identificación, histórico de intervenciones), deja de ser percibida como algo aislado y pasa a formar parte de un sistema. Un sistema que permite demostrar, con evidencia, que no se está aumentando la población, sino estabilizándola y reduciéndola mediante estrategias como el CER (Captura–Esterilización–Retorno), ampliamente respaldadas por la comunidad científica.
Los datos hacen algo más que medir, cambian relatos. Lo que antes era invisible se vuelve tangible. Lo que antes era cuestionado se puede validar. Y lo que antes era percibido como un problema empieza a reconocerse como parte de la solución.
La llamada “señora de los gatos” deja de ser un estereotipo para convertirse en lo que realmente es: una gestora. No solo alimenta: gestiona. Es una pieza clave en la gestión medioambiental urbana. Alguien que, sin haber sido formalmente integrada en el sistema, ya estaba actuando como tal.
Pero hay un punto crítico que no podemos ignorar. De nada sirve pagar a una consultora o a una empresa para realizar un censo puntual y “cubrir el expediente”. Eso es un parche. Un ejercicio de cumplimiento superficial que, en muchos casos, supone gastar recursos públicos sin abordar el problema de fondo. Solo se pospone, se cronifica y se genera frustración en todas las partes.
Porque cualquier intervención que no cuente con la colaboración activa de quienes llevan décadas en el terreno nace incompleta.
Son estas gestoras quienes acuden cada día, sin excepción, a las colonias. Quienes alimentan, sí, pero también controlan, capturan, esterilizan y administran tratamientos veterinarios. Quienes conocen a cada gato. Quienes detectan de inmediato un abandono, la llegada de un nuevo individuo o la desaparición de otro. Quienes han construido, con el tiempo, una relación de confianza con los animales que ninguna empresa o consultora externa puede replicar.
Ese conocimiento acumulado, esas horas invertidas durante años, esa inteligencia sobre el terreno… no se puede sustituir. Y, más importante aún: sin ese vínculo, es imposible censar de verdad. Porque los gatos no responden igual ante alguien desconocido que ante quien los cuida cada día.
Prescindir de esa red, ignorarla o sustituirla por actuaciones desconectadas de la realidad local no es solo ineficiente. Es no entender el problema. Es cronificarlo. Y, desde luego, no cumplir con el espíritu de la ley, que es la colaboración. El verdadero reto, por tanto, no es tecnológico. Es cultural.
Se trata de cambiar una percepción profundamente arraigada. De pasar de ver a estas personas como parte del problema a reconocerlas como parte de la solución. Como colaboradoras estratégicas. Como agentes del propio sistema.
Y aquí es donde la tecnología encuentra su lugar más valioso: no como sustituto, sino como facilitador. Como herramienta que conecta a ciudadanos, administraciones y profesionales bajo un mismo lenguaje: el de los datos. Un lenguaje que permite coordinar, validar, optimizar recursos y tomar decisiones informadas.
Cuando un ayuntamiento puede ver en tiempo real qué ocurre en sus colonias felinas (cuántos animales hay, cuántos están esterilizados, qué incidencias se registran, qué evolución siguen), deja de intuir percepciones y empieza a gestionar realidades. Y cuando esas realidades se construyen de forma colaborativa, integrando a quienes ya estaban ahí, el modelo cambia.
No hablamos solo de bienestar animal, hablamos de gobernanza. De cómo integrar a la ciudadanía, gracias a la tecnología, en la gestión pública de forma estructurada. De cómo convertir la pasión en sistema. Y el sistema en impacto. Y eso, en esencia, es lo que realmente define una Smart City: datos con humanidad y gobernanza con corazón.
Qué maravillosa es la tecnología cuando permite gestionar de forma colaborativa. Cuando deja de ser una capa superficial para convertirse en un espacio compartido. Cuando, por fin, permite trabajar en equipo.
*** Diana Barrantes es cofundadora de Zoometrics.