El año pasado, diferentes libreros denunciaron un inexplicable repunte de pedidos masivos de libros descatalogados o difíciles de encontrar. Tan inquietante como los volúmenes de compra era no poder trazar quién se escondía tras aquellas lucrativas transacciones. Hicieron falta varios meses para descubrir que una misteriosa organización había puesto en marcha el proyecto Panamá en 2024, que se describía como “nuestro esfuerzo por escanear destructivamente todos los libros del mundo”.
Con esos ingredientes podríamos estar ante el argumento de una novela de Carlos Ruiz Zafón, pero el desarrollo se acercó más al rollo tecno-thriller de los últimos libros de Dan Brown.
Pronto se descubrió que la misteriosa organización tras el proyecto Panamá era Anthropic. Pero no era la única. El periodista Emanuel Maiberg escondió un airtag en uno de esos pedidos masivos para descubrir en qué cementerio de libros olvidados... quiero decir, en qué frío e impersonal almacén de Las Vegas terminaban. El almacén, propiedad de Amazon e identificado con un logo que contiene un tiranosaurio a punto de destrozar un libro, tenía un equipo dedicado a desencuadernar los libros, escanearlos página a página y tirar el original. El proceso, tétrico y distópico al mismo tiempo, incluye arrancar el lomo de los libros para abaratar su escaneo.
La motivación detrás de ambos casos es la misma: el llamado "muro de datos". Es el momento en el que los datos de calidad podrían agotarse para poder seguir entrenando los modelos, y que podría suceder en cualquier momento de aquí a 2032. Y claro, cuando te encuentras un muro, lo saltas. O compras el terreno de al lado. Si puedes.
Hay otra opción, que es buscar nuevas fuentes de datos. En mayo de este año, Spirit Airlines quebraba dejando una deuda de 8.100 millones de dólares y 17.000 despidos, y afrontando la poco glamurosa fase de subasta de activos. Hasta ahora han vendido los aviones, la sede corporativa y las 22 franjas horarias en el aeropuerto de LaGuardia que JetBlue se llevó por 58,5 millones. Pero la puja más reveladora la ganó Google por un intangible, y no fue ninguna patente ni marca. Ofreció 10 millones de dólares por unos 100 millones de correos, 500 millones de mensajes de Teams y archivos de personal que se remontan a 1986. Y no fueron los únicos en pujar.
Es decir, la vida de una empresa, con sus aciertos, sus chapuzas y sus discusiones internas de madrugada sobre un vuelo varado en pista, digitalizada y preparada para ser devorada por los algoritmos. El resultado será la autopsia completa de una manera de tomar decisiones que salió mal. Podemos dudar de la integridad y la ética del administrador concursal, pero desde luego merece un premio a la originalidad. Nunca antes, en un concurso de acreedores, el activo codiciado había sido la correspondencia interna de una empresa.
El sindicato que representa a los antiguos auxiliares de vuelo de Spirit presentó una objeción que retrasó precisamente hasta ayer la vista judicial que debía aprobar la venta, y su argumento no es el pánico genérico a "la vigilancia". Es más fino, y por eso inquieta más: el contrato conserva la "integridad referencial" entre los datos, es decir, los vínculos entre un registro y otro siguen intactos aunque se borren los nombres, lo cual convierte el archivo en oro puro para entrenar una IA. Es, según el sindicato, lo que podría permitir reconstruir la identidad de un colectivo pequeño, la tripulación de una base concreta, por ejemplo, aunque nadie figure ya con nombre y apellido.
Sea cual sea el fallo de ayer, el debate sobrevivirá. Una vez más, la tecnología y los retos que plantea van muy por delante de la regulación. El juez de Manhattan encargado de bloquear o permitir la transacción lo hará en el marco del capítulo 11 estadounidense, una ley escrita en 1978 pensada para repartir maquinaria y naves industriales, no para decidir quién se queda con la memoria de una compañía. No solo qué problemas llevaron a la quiebra a la compañía, sino cómo los afrontó su equipo.
Y ahora pensemos. Si un archivo de correos puede convertirse en el mejor manual jamás escrito para hacer el postmortem de una empresa, ¿por qué no utilizarlo para hacer el premortem? Las escuelas de negocio llevan décadas construyendo casos de estudio a partir de cadáveres corporativos y lo que Google pretende comprar es, en el fondo, la posibilidad de automatizar ese ejercicio y hacerlo en caliente, sobre datos propios, antes de que la empresa deje de existir. La tecnología para hacerse la autopsia en vida ya existe.
Por eso esto no debería quedarse en la mesa del comité de dirección, donde se reparten el roadmap y el presupuesto del trimestre. Debería subir al consejo de administración, que es quien de verdad decide qué riesgos está dispuesta a asumir una compañía y durante cuánto tiempo. La IA no es una herramienta de gestión más, de las que se delegan sin más en el CTO de turno: exige preguntarse, con la misma seriedad con la que se audita una cuenta, qué pasaría si alguien leyera nuestros propios correos dentro de cinco años, en una sala de subastas.