Hay países que publican convocatorias de investigación y países que ponen nombre a lo que todavía no existe. Estados Unidos ha elegido Génesis. Letta le llamó la quinta libertad y en China lo enumeran en sus planes quinquenales.

La Misión Génesis, lanzada en noviembre de 2025 por el Gobierno de Trump y convertida ahora en una de las piezas centrales del informe presidencial Science: A New Golden Age —Ciencia: una nueva edad de oro—, aspira a utilizar la inteligencia artificial para duplicar la productividad y el impacto de la ciencia y la ingeniería estadounidenses en una década.

No es precisamente una ayuda para comprar licencias de ChatGPT. La comparación elegida por el propio documento dice mucho de la ambición: Proyecto Manhattan, programa Apolo, Proyecto Genoma Humano y ahora Misión Génesis.

La idea consiste en crear, bajo el Departamento de Energía, la American Science and Security Platform: un gran sistema capaz de conectar supercomputadores, modelos de IA, instrumentos científicos, laboratorios y enormes cantidades de datos públicos.

Estados Unidos dispone para ello de 17 laboratorios nacionales del Departamento de Energía, unos 40.000 científicos, ingenieros y técnicos, alrededor de 20.000 millones de dólares anuales de financiación y algunas de las infraestructuras experimentales más sofisticadas del planeta. Es decir, crear un ecosistema de conocimiento conectado.

Hasta ahora esas capacidades eran extraordinarias. Génesis quiere que sean colectivamente inteligentes.

Imaginemos una IA capaz de leer millones de artículos, analizar décadas de resultados experimentales, identificar una hipótesis que ningún investigador había relacionado, diseñar un experimento y enviarlo a un laboratorio robotizado. El robot lo ejecuta. Los instrumentos producen datos. La inteligencia los interpreta y decide cuál debe ser el siguiente experimento. Y vuelta a empezar. Mientras nosotros dormimos.

No es ciencia ficción. El informe describe instalaciones autónomas que ya funcionan en laboratorios nacionales y propone extender la experimentación de circuito cerrado, integrando inteligencia artificial y robótica para reducir radicalmente los tiempos de descubrimiento.

La misión se concentrará inicialmente en al menos veinte grandes desafíos nacionales: fabricación avanzada, biotecnología, materiales críticos, semiconductores, tecnologías cuánticas y energía nuclear, incluida la fusión.

Aquí está probablemente lo más inteligente de Génesis: no pretende aplicar IA a todo. El Gobierno debe seleccionar problemas en los que existan enormes espacios de búsqueda, datos suficientes y métricas claras para saber si estamos avanzando. Es decir, problemas donde la inteligencia adicional pueda producir un salto, no simplemente una presentación de PowerPoint más bonita.

El segundo ingrediente son las empresas. El propio informe reconoce que buena parte de la IA más avanzada está en manos privadas. En diciembre de 2025, el Departamento de Energía anunció acuerdos con 24 organizaciones, incluyendo compañías de IA, semiconductores y nube. La estrategia no consiste en que el Estado replique lo que ya hace Silicon Valley, sino en combinar capacidades públicas irrepetibles con tecnología privada.

El tercero son los datos. La futura American Science Cloud deberá transformar décadas de información científica pública, hoy dispersa, encerrada o sin preparar, en combustible para nuevos modelos.

Y el cuarto son los átomos. Porque podemos multiplicar la inteligencia casi indefinidamente, pero una célula sigue necesitando tiempo para dividirse y un nuevo material necesita fabricarse y probarse. Por eso Génesis une IA, supercomputación, robótica y laboratorios automatizados. Ese detalle es fundamental.

La próxima revolución científica no será solamente digital. Será la conexión entre inteligencia abundante y capacidad física para experimentar. Europa debería leer el documento con atención. No para copiarlo. Ni mucho menos para compartir necesariamente toda su filosofía política.

Sino para hacerse una pregunta bastante más incómoda.

Mientras unos discuten cómo hacer un poco mejor lo que ya hacen, otros están construyendo máquinas nacionales para descubrir lo que todavía nadie sabe que puede descubrirse. Y en tecnología existe una regla cruel: cuando llega lo inimaginable, innovar deja de ser una opción. Se convierte en supervivencia.