Teo Sardà, CEO de Top Health Tech, empresa de Top Doctors Group.
La sanidad española siempre ha ocupado posiciones elevadas, siendo reconocida por su excelencia asistencial y sus altos estándares de profesionalidad, los avances científicos y divulgativos. De hecho, el último estudio realizado por SigmaDos puntúa a la sanidad española con un 6.6 sobre 10, habiendo subido dos puntos porcentuales con respecto a la edición anterior. El estudio también apunta que el 64,8% de las personas usan la sanidad pública, el 10,9% la privada, y el 24,4% restante combina ambos.
Existe, además, un nuevo factor que hace destacar al sistema sanitario español: el nivel de digitalización y de la implantación de la historia clínica digital. Y es que, la Comisión Europea sitúa a nuestro país como uno de los países más avanzados en este aspecto. Sin embargo, hay un punto en el que fallamos: la interoperabilidad entre comunidades autónomas es muy baja. Contamos con 17 sistemas autonómicos que no dialogan eficientemente entre sí, una fragmentación que limita tanto la equidad como la calidad asistencial.
A esto hay que sumar la cantidad de datos médicos que están por todas partes: cualquier paciente, sano o no, cuenta con datos en el sistema de su centro de salud, en registros de su clínica privada, en su smartwatch que monitorea su actividad física, en las apps de salud de su móvil, etcétera. La pregunta es: ¿cómo podemos unificar toda esa información y conseguir utilizar todos estos datos para que el proceso clínico sea mucho más eficiente para el médico y el paciente?
Para muchas organizaciones sanitarias, la digitalización no es solo implementar una plataforma de citación online y atención al paciente de manera telemática. El verdadero trabajo está también en ayudar a clínicas, hospitales, centros médicos o farmacias a digitalizarse de manera integral. El estudio de SigmaDos muestra que las personas perciben fundamentalmente los beneficios de la tecnología en lo referente a la reducción de la carga administrativa (52%), reducción de tiempo de espera en citas y diagnósticos (40,9%), diagnósticos más precisos (35,5%) o en la mayor eficiencia de los recursos materiales y reducción de costes (35,5%). Con lo cual, son muchos los beneficios percibidos de la implantación tecnológica, pero los jugadores que estamos en el sector percibimos un desafío fundamental: la interoperabilidad. Sin ella, no existe la posibilidad real de utilizar los datos para cualquier fin médico.
Según los datos del Barómetro Sanitario 2025, solo el 34,6% de la población asegura haber accedido alguna vez a su historia clínica electrónica, mientras que el resto de la población nunca lo ha hecho. Los informes de seguimiento del Ministerio de Sanidad (2021-2026) indican que se espera que la cobertura de informes clínicos compartidos digitalmente alcance el 73% este año. Sin embargo, el camino hacia la interoperabilidad plena todavía es largo y supone un desafío para el sector.
La clave está en establecer un KPI claro y medible: el porcentaje de datos clínicos subidos en un repositorio interoperable. Y es que, bajo mi punto de vista, si conseguimos que el 90% de los datos estén disponibles para ser interoperables, estaremos hablando de una mejora sustancial en el sistema. No se trata solo de tener los datos digitalizados y medir esos datos, sino de que estén estandarizados, securizados y disponibles para compartirse entre las organizaciones que lo requieran. Esto es poner al paciente, y su salud, en el centro.
Según los últimos datos, se espera que el 90% de los sistemas de salud a nivel mundial adopten las APIs de FHIR (Fast Healthcare Interoperability Resources), el estándar moderno de HL7 que está transformando el intercambio de información sanitaria. Y es que más del 80 % de los países cuenta con normativas que fomentan la adopción de FHIR.
Implementar la interoperabilidad no es solo instalar tecnología. En una organización sanitaria hay que desplegar los sistemas, sí, pero también hay que monitorear continuamente que los datos son seguros, están segregados correctamente y están disponibles para compartir cuando sea necesario. Las plataformas que se instalan sobre las historias clínicas existentes deben incluir paneles que permitan visualizar todas estas variables en tiempo real.
Pero hay otro elemento crucial que a menudo se pasa por alto: el paciente debe poder decidir con quién comparte sus datos. La interoperabilidad no puede venir a costa de la privacidad o la autonomía del paciente. Al contrario, debe empoderar al ciudadano para que controle su información sanitaria mientras el sistema mejora su eficiencia.
Sí, hay mucho que hacer y todo el mundo habla de ello. Pero hablar no es suficiente. La interoperabilidad es la infraestructura fundamental sobre la que debe construirse la sanidad del siglo XXI. El objetivo del 90% de datos interoperables no es arbitrario. Es el umbral a partir del cual la transformación digital de la sanidad deja de ser una promesa y se convierte en una realidad tangible, medible y, sobre todo, útil para profesionales sanitarios y pacientes.
La tecnología está disponible. Los estándares están definidos. El marco regulatorio europeo está en marcha. Solo falta la voluntad de pasar del discurso a la implementación real. El reloj para conseguirlo, ya está corriendo.
*** Teo Sardà es CEO de Top Health Tech, empresa de Top Doctors Group.