Las grandes potencias rara vez caen por un ataque exterior. Lo hacen cuando empiezan a desmontar, por decisión propia, los pilares que sostienen su poder. Roma no dejó de ser un imperio en una sola batalla; el Reino Unido no perdió su influencia el día que arrió la bandera de sus colonias. Los imperios suelen deteriorarse lentamente, convencidos de que su liderazgo es tan sólido que sobrevivirá incluso a sus propios errores.

Estados Unidos parece haber entrado en esa fase de complacencia. Y el laboratorio donde mejor puede observarse no es Wall Street ni el Pentágono, sino sus universidades.

Las decisiones de Donald Trump contra el sistema universitario —recortes de financiación, presión política sobre las instituciones académicas, restricciones a investigadores extranjeros y limitaciones al acceso a programas de posgrado— han sido interpretadas como un ataque sin precedentes contra la ciencia. Lo son. Pero también son algo más inquietante: la culminación de un abandono que comenzó mucho antes de que Trump regresara a la Casa Blanca.

Tengo la impresión de que existe una tendencia muy estadounidense a pensar que su liderazgo científico es una consecuencia natural de su superioridad económica. La historia demuestra lo contrario. EEUU fue la primera potencia del conocimiento porque decidió serlo. Durante la Guerra Fría comprendió que financiar universidades, proteger la investigación básica y atraer a los mejores cerebros del planeta era cuestión de Estado. La ciencia también era geopolítica.

Aquella apuesta convirtió al país en el gran imán mundial del talento. Miles de científicos cruzaban océanos para trabajar en Harvard, Stanford, MIT o Berkeley. Allí encontraban financiación, libertad intelectual y estabilidad institucional. Ninguna campaña de propaganda podía competir con esa capacidad de atracción. El auténtico poder blando estadounidense no estaba en Hollywood ni en Silicon Valley, sino en la promesa de que cualquier investigador brillante podía desarrollar allí su carrera sin importar su origen.

Hoy esa promesa empieza a resquebrajarse.

El deterioro no comenzó con Trump. Desde hace más de treinta años, Washington ha ido retirándose progresivamente de la financiación pública de la investigación, dejando que sea el mercado quien marque las prioridades. Cerca del 70% del gasto en I+D procede ya del sector privado. El problema no es que las empresas inviertan mucho, sino que ningún mercado financia aquello cuyos beneficios llegarán dentro de veinte años. La ciencia necesita paciencia; la bolsa exige resultados trimestrales.

Mientras tanto, la política estadounidense ha convertido las universidades en un campo de batalla ideológico. Demócratas y republicanos discrepan sobre impuestos, inmigración o política exterior. Eso forma parte del juego democrático. Lo verdaderamente preocupante es que la investigación científica haya dejado de ser un consenso nacional para convertirse en un arma partidista.

Cuando la ciencia necesita defenderse de los gobiernos en lugar de contar con ellos, el problema ya no es presupuestario. Es civilizatorio.

La paradoja alcanza niveles casi grotescos. Durante décadas, Estados Unidos construyó su liderazgo gracias a la llegada masiva de estudiantes e investigadores extranjeros. En disciplinas como la inteligencia artificial, las matemáticas o la ingeniería, buena parte de los doctorandos procede de otros países. Muchos terminan creando empresas, registrando patentes o dirigiendo laboratorios que fortalecen la economía estadounidense.

Sin embargo, el discurso político dominante ha decidido presentar precisamente a ese talento como una amenaza.

Ninguna potencia ha conseguido mantenerse en la vanguardia expulsando a quienes producen conocimiento. Es difícil imaginar una estrategia más contraproducente. Estados Unidos lleva décadas invirtiendo miles de millones en construir el mejor ecosistema científico del mundo para después enviar al resto del planeta un mensaje demoledor: quizá ya no sois bienvenidos.

China ha comprendido algo que Estados Unidos parece estar olvidando: el liderazgo del siglo XXI no dependerá únicamente del tamaño de los ejércitos o del producto interior bruto, sino del dominio del conocimiento. Por eso lleva más de tres décadas aumentando de manera sostenida la inversión pública en investigación, fortaleciendo sus universidades y diseñando programas para recuperar a científicos formados en Occidente.

No se trata solo de gastar más dinero. Se trata de tener una estrategia. Exactamente lo que hoy parece faltar en Estados Unidos.

El resultado empieza a ser evidente. China lidera la producción mundial de artículos científicos, registra muchas más solicitudes de patentes que Estados Unidos y compite ya en sectores que hace apenas veinte años eran patrimonio exclusivo de Occidente. No porque haya descubierto una fórmula mágica, sino porque ha entendido que la ciencia no puede depender de los vaivenes electorales.

Sería absurdo anunciar el hundimiento inmediato de la universidad estadounidense. Sus centros siguen siendo extraordinarios y continúan concentrando una parte esencial de la investigación de excelencia. Pero precisamente por eso resulta tan desconcertante la facilidad con la que parte de la clase política parece dispuesta a erosionar una ventaja competitiva que tardó más de medio siglo en construirse.

Hay algo profundamente contradictorio en una nación que aspira a liderar la inteligencia artificial mientras desconfía de sus científicos; que compite con China por la supremacía tecnológica mientras reduce el apoyo público a la investigación; que presume de innovación mientras convierte las universidades en objetivos políticos.

Las grandes potencias no suelen perder el liderazgo porque otros les arrebaten el conocimiento. Lo pierden porque dejan de considerarlo una prioridad.

Quizá dentro de unas décadas los historiadores concluyan que Donald Trump no fue el presidente que destruyó la ciencia estadounidense. Ese proceso sería demasiado complejo para atribuírselo a un solo hombre. Pero sí podrían señalarlo como el dirigente que decidió acelerar, por cálculo político e ideológico, un deterioro que sus predecesores habían permitido avanzar por negligencia.

La ironía sería difícil de superar. El país que enseñó al mundo que el conocimiento era la mayor fuente de poder podría convertirse en el primer imperio que decidió debilitar voluntariamente el instrumento que lo hizo dominante.

Y pocos errores estratégicos resultan tan costosos como renunciar, por convicción o por populismo, a fabricar el futuro.