No exagero si digo que mi ordenador portátil no se apaga -salvo por las tediosas actualizaciones del sistema operativo- en todo el curso laboral. Desconectar es una palabra que encuentra poco significado en mi particular diccionario y casi resulta anatema en un mundo tan acelerado, tan impredecible y con tantas coladas que, a veces, resulta harto complicado encontrar la boca del volcán. Porque, aunque lo repetimos cual mantra cada año, el sector digital está en plena ebullición y, como decía Gonzalo Serrano en las épicas victorias de Fernando Alonso, hace eones, "si parpadean, se lo van a perder".
En cualquier caso, antes de presionar la temida tecla de 'off' y antes de dejar que el verano haga ese pequeño milagro de rebajar el ritmo cardíaco y aumentar las horas de sueño, es inevitable echar la vista atrás y releer parte de lo publicado durante estos meses. Soy fan de las estadísticas (los más de 250 artículos publicados por este escribano desde el pasado septiembre pesan cual losa), pero especialmente de sensaciones, de cuál es el poso que queda en la taza al bebernos todo el café del año.
Lo hago porque el periodismo tiene una extraña capacidad para impedirte ver el dibujo completo mientras lo estás trazando, como si estuviéramos inmersos en la cocina de The Bear (serie más que recomendable) y cada servicio fuera el último de nuestras vidas, sin poder visualizar más allá de los siguientes platos. El día a día de los que nos dedicamos a la información nos obliga a mirar el siguiente titular; por eso sólo cuando uno se detiene descubre que, sin pretenderlo, llevaba meses escribiendo siempre sobre la misma historia.
Pero (ojo al cambio de tercio) esa historia no ha sido la inteligencia artificial. O, mejor dicho, no sólo la inteligencia artificial: ha sido la historia de un mundo que ha empezado a reorganizarse alrededor de la tecnología para huir de una geopolítica cada vez más confusa y que nos recuerda a episodios trémulos de otros siglos.
Durante meses hemos seguido a una Europa empeñada en conquistar una soberanía digital que empieza a condicionar decisiones industriales, comerciales y geopolíticas. Una autonomía estratégica que no está exenta de sus propias ironías: este curso hemos denunciado cómo la Comisión Europea intentaba diseñar un plan para reducir su dependencia de Silicon Valley mientras seguía transfiriendo cientos de miles de millones de euros cada año a los gigantes tecnológicos estadounidenses. Hemos analizado la revisión vía ómnibus de una regulación digital que apenas había terminado de aprobarse, las dudas sobre el futuro del AI Act, el debate permanente entre regular o innovar, la pugna por construir una nube europea creíble tras el desgaste de proyectos como Gaia-X y la carrera por atraer las nuevas factorías de inteligencia artificial.
También hemos comprobado que España continúa moviéndose entre la ambición y la ejecución. Hemos seguido la nueva ley nacional de inteligencia artificial, los retrasos de algunos programas públicos, las dificultades del PERTE Chip reconocidas incluso por la propia industria, las dudas sobre proyectos llamados a convertirse en referentes nacionales como ALIA y el esfuerzo por atraer inversión en infraestructuras críticas, centros de datos y capacidades industriales. La conclusión evidente es que la (geo)política digital ha dejado de ser política tecnológica para pasar a ser política económica, política industrial y, cada vez más, política de defensa. Otra cosa es que nos la tomemos en serio.
En el plano técnico, hace apenas dos años dedicábamos páginas enteras a narrar los últimos avances de los modelos conversacionales y debatir largo y tendido sobre las posibilidades de la IA agéntica. Pero este curso la narrativa nos ha llevado por otros derroteros, desde reactores de fusión nuclear para alimentar centros de datos, sobre el regreso inesperado de las CPU como alternativa al cuello de botella de las GPU, sobre redes capaces de sostener agentes autónomos, sobre almacenamiento, consumo energético y cadenas globales de suministro. Hemos contado cómo IBM abría una nueva etapa con los chips de siete ángstroms mientras otros investigadores demostraban que la vieja ley de Moore todavía podía seguir viva... simplemente creciendo hacia arriba. Hemos seguido los avances de la computación cuántica, el desarrollo de arquitecturas neurosimbólicas y la carrera a toda prisa por construir la infraestructura física que sostendrá la siguiente década de inteligencia artificial.
Si de regresos y diálogos con el pasado va el presente, no podemos obviar la importancia que el humanismo ha cobrado en la arena digital. Quizás sea por las enormes implicaciones sociales de las tecnologías o, quizás, porque nos hemos dado cuenta de que es el único diferencial que tenemos como especie (y, en Europa, como arma continental). En este terreno hemos contado cómo suplantar una identidad puede llevar apenas unos segundos, cómo los sesgos algorítmicos siguen teniendo víctimas con nombres y apellidos, cómo la IA ya genera una parte enorme del contenido que consumimos en internet o cómo empiezan a proliferar fenómenos tan inquietantes como el shadow AI, el lavado de cara de muchas empresas con el llamado AI-washing o incluso esos jefes artificiales que empiezan a dar instrucciones a trabajadores de carne y hueso. Cada nuevo avance técnico parecía venir acompañado de una pregunta mucho más humana sobre confianza, responsabilidad o, mismamente, dignidad.
En muchas de estas serendipias habéis leído mis reflexiones (más plagadas de preguntas sin respuesta que de lecciones o sentencias) sobre el pensamiento crítico en tiempos de la IA, la justicia energética, la dignidad del trabajo manual, la concentración del poder tecnológico, la responsabilidad individual ante los algoritmos o el peligro de convertir la innovación en una nueva religión. He defendido una y otra vez que automatizar no siempre significa crear valor, que delegar tareas no equivale a delegar criterio y que la mayor amenaza para muchos profesionales no será la inteligencia artificial, sino renunciar a aquello que precisamente nos hace humanos.
Releyéndolas ahora, descubro que todas esas columnas intentaban responder a una misma preocupación: cómo evitar que el debate tecnológico termine olvidándose de las personas.
Pero hay dos vertientes de mi trabajo que me gusta revisitar con especial cariño. La primera de ellas tiene que ver con uno de los mayores privilegios de este oficio, que es precisamente poder contrastar esas ideas con quienes toman decisiones todos los días. Este curso he tenido la oportunidad de conversar con personalidades internacionales como Mike Sicilia (que eligió DISRUPTORES para conceder su primera entrevista en Europa desde que asumió la dirección de Oracle) o el presidente de NetApp César Cernuda. Y, en el territorio local, de comprobar cuál es el estado real del arte con los CIOS que están implementando estos cambios tecnológicos, desde Iberdrola hasta SEUR, pasando por World2Meet, JTI, Ribera Salud.
La segunda variable especial es la que nos lleva a los periodistas al campo, a ver la tecnología en acción. Viajar hasta Finlandia para entrar en los laboratorios donde Nokia ya prueba tecnologías de 6G mientras buena parte del mundo continúa desplegando 5G. Recorrer centros de datos donde el verdadero desafío ya no consiste en almacenar información, sino en alimentar eléctricamente el crecimiento de la IA. O visitar ferias como eMerge, South Summit o DES para constatar el nivel de madurez que estamos viendo, tanto en la digitalización empresarial como en el ecosistema emprendedor.
Y mientras todo eso ocurría, también DISRUPTORES seguía creciendo. Volvimos a reunir a todo el tejido económico, político y tecnológico en una nueva edición de Wake Up, Spain!, consolidamos unos DISRUPTORES Innovation Awards que ya preparan su regreso el próximo 15 de octubre, abrimos un nuevo espacio para debatir sobre el talento STEAM (probablemente el recurso más escaso de la próxima década) y dimos un paso especialmente ilusionante con nuestro desembarco en Latinoamérica. No son sólo nuevos proyectos editoriales o empresariales: prefiero entenderlos como la constatación de que cada vez existe una comunidad más amplia que quiere entender la innovación desde el contexto, el análisis y el pensamiento crítico, y no únicamente desde el anuncio corporativo de turno.
Así que cerrar hoy el portátil no significa que esa historia haya terminado. Sólo que, por unas semanas, dejará de escribirse desde esta columna. Y, si algo me han enseñado estos meses, es que cuando regresemos después del verano el mundo digital habrá vuelto a cambiar. La única incógnita es si nosotros habremos aprendido a cambiar con él.