Mireia Badía, CEO en StockCrowdIN.

Mireia Badía, CEO en StockCrowdIN.

Opinión INNOVADORAS

El analfabetismo financiero que nadie quiere medir

Mireia Badía
Publicada

Hay una pregunta incómoda que rara vez aparece en los debates sobre innovación: ¿de qué sirve vivir en una economía cada vez más sofisticada si una gran parte de la población no entiende cómo funciona el dinero?

Hablamos constantemente de transformación digital, inteligencia artificial, ciberseguridad o sostenibilidad. Son conversaciones necesarias. Pero existe una competencia igual de importante que sigue ocupando un lugar secundario en la agenda pública: la educación financiera.

No me refiero a convertir a cada ciudadano en un experto en mercados o en economía. Del mismo modo que no necesitamos ser ingenieros para utilizar un ordenador, tampoco hace falta ser analista financiero para tomar buenas decisiones económicas. Lo que sí necesitamos es comprender algunos conceptos básicos que condicionan nuestra vida más de lo que imaginamos.

La inflación. El endeudamiento. El riesgo. La diversificación. La diferencia entre gastar, ahorrar e invertir. Son términos que afectan a millones de personas cada día y, sin embargo, siguen siendo desconocidos para una parte significativa de la población.

La paradoja es evidente. Vivimos en la era con más acceso a la información de la historia y, al mismo tiempo, seguimos delegando decisiones financieras fundamentales en la intuición, en consejos informales o en lo que escuchamos en redes sociales.

Las consecuencias van mucho más allá de las finanzas personales.

Una sociedad con baja cultura financiera tiende a ahorrar peor, a planificar menos y a asignar de forma menos eficiente sus recursos. Pero también tiene más dificultades para comprender cómo se financian las empresas, cómo se genera crecimiento económico o por qué determinados proyectos innovadores consiguen desarrollarse mientras otros nunca llegan a materializarse. La educación financiera no consiste únicamente en proteger a los consumidores, también es una herramienta de competitividad.

Los países que mejor entienden el funcionamiento del capital suelen ser también los que muestran ecosistemas empresariales más dinámicos. No porque todos sus ciudadanos sean inversores, sino porque existe una comprensión más profunda del papel que juega el ahorro en la creación de riqueza y en la financiación de la innovación.

Mientras discutimos sobre cómo preparar a las nuevas generaciones para los empleos del futuro, quizá deberíamos hacernos una pregunta previa: ¿estamos preparándolas para gestionar los recursos que obtendrán gracias a esos empleos?

La alfabetización digital fue una prioridad porque entendimos que quedarse fuera de internet significaba quedarse fuera de oportunidades. Hoy ocurre algo parecido con la alfabetización financiera.

Quien no comprende conceptos económicos básicos tiene más dificultades para aprovechar oportunidades, evaluar riesgos o planificar su futuro con autonomía. Y esa brecha no es tecnológica, es cultural.

Por eso sorprende que sigamos tratando la educación financiera como un conocimiento opcional, cuando en realidad es una habilidad transversal que afecta a prácticamente todas las decisiones importantes de la vida adulta.

No necesitamos más expertos. Necesitamos más ciudadanos capaces de entender el impacto económico de sus decisiones.

Porque la innovación no depende únicamente de la tecnología que desarrollamos, también depende de la capacidad que tenemos como sociedad para comprender, valorar y canalizar nuestros recursos hacia aquello que genera progreso.

Y en esa asignatura seguimos llegando tarde.

*** Mireia Badía, CEO en StockCrowdIN.