Les propongo dejar que sus mentes divague por unos segundos. Imaginemos que estamos al frente de una pyme española que utiliza agentes de inteligencia artificial para gestionar clientes, redactar contratos o automatizar procesos. La empresa cree haber abrazado la revolución tecnológica. Sin embargo, cada consulta que realiza viaja a un centro de datos propiedad de una firma extranjera, consume capacidad computacional controlada por terceros y genera una renta que acaba en balances corporativos situados a miles de kilómetros. Pongamos este mismo escenario en una empresa industrial, logística o del sector que se nos ocurra.
La compañía posee los datos, quizá incluso el conocimiento de negocio, pero no controla la infraestructura intelectual que convierte ambos elementos en competitividad.
Y es que, a ojos de este escribano, tendemos a centrarnos en el debate genérico sobre si la automatización destruirá o cambiará el empleo; igual sucede con la conversación alrededor del impacto de esta tecnología en la productividad individual y colectiva. Empero, nos dejamos en el tintero la pregunta más fundamental de todas: ¿quién capturará realmente la riqueza generada por la inteligencia artificial?
Hasta ahora, muchas voces han asumido que el principal beneficiario económico de la automatización sería el propietario de los robots, los centros de datos o la infraestructura física. Así lo han proclamado políticos hasta la saciedad con cada nueva inversión en nuestro territorio, incluso autoproclamados analistas o visionarios de la digitalización de nuestro tejido industrial. Pero nada más lejos de la realidad: eso son migajas en comparación con lo que de verdad está en juego.
Esa es, precisamente, la cuestión de fondo que aborda el paper Simulating a Post-Automation Economy, de Leonard Wossnig. En la simulación que llevó a cabo se concluye que el excedente más persistente y valioso no procede del capital proporcionado por la automatización, sino de las rentas asociadas a la propiedad intelectual de la inteligencia artificial. Es decir, de los algoritmos, modelos, licencias y derechos de uso que permiten que esa robotización exista.
Resulta obvio, por mucho que haya quienes se empeñen en tener la mecha corta y la ingenuidad en máximos: un robot puede fabricarse, copiarse o depreciarse. Una licencia de software, un modelo fundacional o una plataforma de IA operan bajo una lógica distinta, puesto que son activos reproducibles a coste marginal cercano a cero, escalables globalmente y extraordinariamente concentrados.
El resultado es que una parte creciente de la riqueza generada por la automatización adopta la forma de una renta intelectual transfronteriza.
Así que, siguiendo con el ejercicio lógico que estamos planteando, es evidente que habrá dos tipos de países: los que posean esa propiedad intelectual y los que simplemente la consuman. Para los primeros, el problema dominante es la desigualdad interna: cómo repartir una riqueza cada vez más concentrada en los propietarios de esos activos. Para los segundos, el desafío es mucho mayor, en tanto que se trata de una transferencia continua de riqueza hacia el exterior, erosión fiscal y pérdida progresiva de soberanía económica.
Europa, y en particular España, en el punto en que nos encontramos, estamos de lleno en el segundo escenario. Somos un país con un tejido productivo atomizado, con un tejido industrial que demanda ser digitalizado a marchas forzadas. Y con nuestros políticos celebrando cualquier inversión en infraestructuras físicas de capital extranjero, al mismo tiempo que nos enfrascamos en mil regulaciones éticas y de supervisión de las plataformas. Entre tanto, nos olvidamos de lo más básico: en una economía altamente automatizada, la cuestión decisiva no será quién consume o quién regula la IA, sino quién cobra por ella.
Si Europa se limita a importar modelos, capacidad de inferencia y plataformas de IA desarrolladas en otros lugares, corre el riesgo de convertirse en una economía altamente automatizada pero crecientemente rentista para terceros. Un escenario donde la productividad aumenta, pero una parte significativa del valor generado abandona sistemáticamente el territorio.
La paradoja es evidente: nunca habremos tenido tantas herramientas para automatizar la creación de riqueza. Y, sin embargo, nunca había sido tan importante preguntarse quién posee los mecanismos que permiten capturarla.
Porque en la economía postautomatización el verdadero recurso escaso no será el trabajo humano, ni tan siquiera los datos. Será la propiedad de la inteligencia (humana).