Abucheado por hablar de IA. Eric Smichdt, el exCEO de Google, recibió un “buuu” detrás de otro durante su discurso de graduación de los estudiantes de la Universidad de Arizona. Recordó que los arquitectos de la IA habían sido la “persona del año” para la revista Time, y luego les dijo a los estudiantes: “La pregunta no es si la IA dará forma al mundo: lo hará. La pregunta es si vosotros le daréis forma a la inteligencia artificial”. La sola mención a la tecnología provocó abucheos, pero estos fueron aún más sonoros ante la narrativa de la inevitabilidad.

Antaño adorados, los cabecillas de los gigantes de Silicon Valley se han convertido en figuras impopulares, como representantes de una idea de futuro desoladora para las nuevas generaciones. Una narrativa de desempleo masivo -especialmente para los recién graduados- que esos mismos directivos han alimentado, y que ahora se ha vuelto contra ellos.

¿Qué hay de cierto en esa narrativa? A tenor de los datos, bastante menos de lo que sugieren los titulares. La tesis de que la IA ya está arrasando las contrataciones de puestos junior se ha convertido en una explicación cómoda para casi cualquier malestar del mercado laboral, y es muy efectiva porque apela a un miedo latente, a lo visceral. Pero que una explicación sea emocionalmente satisfactoria no significa que sea verdad.

Espejismo estadístico

Un análisis de millones de ofertas de empleo realizado por Financial Times indica que la reciente desaceleración en la contratación de jóvenes se debe a factores macroeconómicos y al aumento de las tasas de interés, más que a un desplazamiento directo por parte de la IA generativa. Es más: dicho descenso, tanto en puestos de nivel inicial como en puestos con experiencia, comenzó a mediados de 2022, meses antes del lanzamiento de ChatGPT.

Esto no significa que el desempleo juvenil no se vaya a ver muy afectado por la IA, pero eso no es lo que indican las estadísticas. Así que la narrativa de la “jobpocalypse” para los recién graduados no se justifica en base a los datos.

En la misma línea, The Atlantic habla de “espejismo estadístico” que ignora factores clave: el frenazo de la contratación corporativa tras el exceso de contrataciones durante la época de la covid-19, los altos tipos de interés y la resaca de años de contrataciones excesivas en el sector tecnológico, entre otros. Al contrario, el economista Ernie Tedeschi ha demostrado que desde junio de 2023, el desempleo entre los trabajadores jóvenes en EEUU ha aumentado más para aquellos en ocupaciones menos expuestas a la IA (construcción y entrenadores físicos).

Salarios obscenos

A mayores, un análisis de Will Raderman para Employ America en 2025 reveló que, desde el lanzamiento de ChatGPT, los recién graduados en sectores con mayor uso de IA han experimentado resultados de empleo ligeramente mejores que antes de su lanzamiento. O sea, que no hay señales de un apocalipsis laboral juvenil.

Por otra parte, la batalla por los ingenieros de élite continúa. En los casos más extremos de altos mandos de los llamados ‘AI Labs’ (OpenAI, Anthropic, Google Deepmind, MetaAI, xAI), la guerra de talento ha generado ofertas de compensación de siete, ocho e incluso nueve cifras. Las grandes compañías reducen empleos en unas áreas y, al mismo tiempo, pagan millones por ciertas posiciones relacionadas con el desarrollo de los modelos de IA.

Las ofertas son obscenas también en Europa. Un puesto en Londres en Anthropic ofrece hasta 630.000 libras al año. Unos salarios desorbitados que hacen que las personas más cualificadas sean inalcanzables para otras empresas y startups locales.

Estos datos desmontan el simplismo fatalista. Si la IA fuese ya una máquina autónoma de sustituir trabajo cualificado, no estaríamos viendo una inflación salarial tan brutal en la cúspide del sector. Lo que vemos, en todo caso, es una economía donde el capital fluye hacia centros de datos, chips, energía e investigadores estrella.

Estimaciones moderadas

Esto no significa que el impacto vaya a ser inocuo. Sería tan irresponsable negar los riesgos como lo es exagerarlos. Goldman Sachs habla de un efecto moderado perceptible: la IA podría haber reducido el crecimiento mensual de la nómina en aproximadamente 16.000 puestos de trabajo en EEUU durante el último año, y haber aumentado la tasa de desempleo en un 0,1%. Los trabajos más afectados serían los agentes telefónicos, tramitadores de siniestros y los agentes de cobros y contables.

Las estimaciones del banco -que no dejan de ser estimaciones- también apuntan a que, en dichos puestos, los efectos negativos “parecen recaer principalmente sobre los trabajadores más jóvenes y con menos experiencia”. No obstante, el escenario que dibujan no es el de una disrupción laboral, sino de una modulación progresiva. Algunos puestos se desplazan, otros se transforman y otros nuevos aparecen, pero no necesariamente para las mismas personas, en los mismos lugares ni con los mismos salarios.

La pregunta es, ¿qué parte del trabajo cambia de manos, y cómo cambian las tareas y roles de los empleados y puestos que permanecen? Un programador o programadora puede pasar menos tiempo escribiendo código desde cero y más tiempo revisando, corrigiendo y asumiendo la responsabilidad de lo que ha generado una máquina.

¿Qué impacto tiene esto en la persona trabajadora? ¿La libera de tareas repetitivas, o más bien la convierte en una supervisora de errores ajenos, obligada a validar a toda velocidad una producción que supera sus capacidades, generando así nuevos cuellos de botella? ¿Es eso más gratificante y menos alienante? En un artículo publicado en Harvard Business Review, se apunta a cómo el uso de la IA generativa no está reduciendo la carga laboral, sino intensificándola de forma sistemática.

Igualmente, un superior podría usar la IA para tareas que antes haría un desarrollador junior: programación básica, documentación, depurar, preparar pruebas... Para quien empieza, puede significar la desaparición de la escalera de aprendizaje. Y el riesgo inverso tampoco es menor: que al junior se le cargue con responsabilidades de sénior, armado con una herramienta que no sabe supervisar, y sin un superior que pueda enseñarle. En ambos casos, la IA no destruye necesariamente el puesto de trabajo, pero sí puede cambiar su naturaleza y acabar reorganizando carreras profesionales.

¿Y qué hay de los autónomos? Un estudio publicado en la revista científica Organization Science concluyó que, para los roles más expuestos, se redujo un 2% la contratación y un 5% los ingresos mensuales entre 2022 y 2024. En el ámbito del diseño gráfico, un estudio de CESifo estima que la aparición de herramientas como Midjourney, Stable Diffusion y DALL·E 2 provocó una caída de casi un 20% de ofertas para estos profesionales.

Atención automatizada

Otras dedicaciones altamente vulnerables son, como apunta Goldman Sachs y otros estudios, las relacionadas con la atención telefónica, si bien hay matices. Una encuesta de Gartner apunta que un 31% de los directivos en el ámbito de la atención al cliente ha implementado o prevé reducir plantilla entre el personal de primer punto de contacto (operadores en call centers, chats, atención postventa, reclamaciones, asistencia técnica…) de aquí a marzo de 2027.

Sin embargo, esto no significa que vayan a despedir a esas personas. De hecho, la mayoría (un 75%) de los directivos encuestados lo que planea es cambiar las funciones de estos equipos o asignarles otros roles. Además, un 85% está ampliando las responsabilidades de los agentes humanos. Es decir, que se apunta a una reestructuración de la plantilla, no a eliminar puestos de trabajo.

Aparte, está por ver el efecto de las decisiones de automatización de la atención al cliente a medio plazo. Gartner augura malas noticias: más gastos, en lugar de menos. La consultora calcula que, para 2030, el coste por resolución de caso con IA generativa podría superar los tres dólares, más que con servicios humanos offshore (otro debate, claro está, es si está bien pagar tan poco a estos trabajadores/as).

“Los casos de uso cada vez más complejos que consumen más recursos y requieren personal cualificado y caro, provocarán un incremento vertiginoso de los costes de la IA para las organizaciones de atención al cliente”, señala Gartner. Así que el chatbot que debía resolverlo todo acaba necesitando personas que lo supervisen y auditen, y expertos legales y reputacionales para apagar fuegos cuando la máquina se equivoca gravemente (como cuando Air Canada perdió un juicio por una información errónea que su chatbot emitió acera de la política de duelo de la compañía).

A esto- añade Gartner- se suma la presión de la ley: “Para 2028, los cambios regulatorios relacionados con la IA aumentarán el volumen de servicios asistidos en un 30%”. Esto incentivará a los clientes a solicitar la atención de un humano por defecto, por lo que las organizaciones tendrán que mantener o incluso recontratar personal, “posiblemente en mayor número o con un salario más alto del que pagaban anteriormente”.

Chivo expiatorio

Frente al personal de atención, los perfiles con más potencial de ser aumentados (en lugar de reemplazados) por la IA -según el pronóstico de Goldman Sachs- son los administradores educativos y los directores ejecutivos. La IA siempre necesita alguien que le mande.

Son estos CEO, especialmente los de los gigantes tecnológicos, los mismos que están usando la IA para justificar despidos, aunque en realidad la tecnología no sea su causa directa. La IA sirve como excusa para diferentes razones reales de despido. La primera es la de siempre: echar empleados caros que no compensan, y cerrar equipos y proyectos poco rentables.

Durante la pandemia, las ‘big tech’ contrataron agresivamente ante la promesa de crecimientos infinitos, y cuando la demanda se estabilizó y el cohete de los beneficios empezó a bajar revoluciones, los accionistas empezaron a pedir explicaciones. Y claro, no había forma de justificar esas plantillas. Desde 2023, Amazon ha anunciado la friolera de más de 55.000 despidos, Microsoft cerca de 30.000 y Google más de 12.000.

Ante unos consejos de administración que siempre quieren más, las tecnológicas empezaron a alimentar una burbuja financiera de la IA con nuevas promesas de crecimiento desorbitado, en busca de la supremacía tecnológica y la superinteligencia. Una carrera tecnológica que -oh, sorpresa- requiere de inversiones intensivas en capital para financiar centros de datos, energía y salarios astronómicos para investigadores de élite.

La consecuencia vuelve a ser la misma: como las ganancias no compensan el gasto absolutamente desorbitado de estas empresas en IA, hay que despedir. Meta, que protagoniza una de las mayores campañas de inversión en infraestructura de IA de la historia (600.000 millones de dólares de aquí a 2028), anunció recientemente que -debido a este desembolso- despediría a un 10% de su plantilla, además de cerrar 6.000 vacantes. Unas cifras que se suman a los más de 20.000 despidos declarados desde finales de 2022.

Por último, la idea de la eficiencia y el reemplazo humano de la IA se usa como coartada, no solo en las grandes tecnológicas sino en todo tipo de organizaciones. Permite a los directivos lavarse las manos. No son ellos, es la tecnología. “La IA hará vuestro trabajo”. Una frase que no describe necesariamente una capacidad técnica, sino más bien un deseo que acaba trasladado a su estrategia y al presupuesto. Es la causa, entre otras cosas, de apresurarse a automatizar call centers. Como la app sueca Klarna, que tuvo luego que recular y recontratar empleados de atención al cliente.

Profecía autocumplida

El cinismo corporativo explica, en parte, los abucheos a Schmidt. Los jóvenes reaccionan al tono sacerdotal con que se les anuncia su futuro. “No preguntéis si la IA cambiará el mundo, preguntad cómo adaptaros”. Traducido: el cambio lo deciden otros, el coste lo asumís vosotros y además debéis sonreír durante la transición. Una homilía que, por supuesto, se recibe con hostilidad.

Mientras tanto, los tecnooligarcas siguen lanzando sus profecías apocalípticas de reemplazo laboral, destrucción de puestos junior y ganancias desorbitadas. Y, aunque no hay datos reales que confirmen esta narrativa -y sí algunos que la desmienten-, ya ha empezado a tener efecto en previsiones y predicciones.

Una encuesta global de Oliver Wyman muestra que el porcentaje de directores ejecutivos que planean dejar de lado los puestos iniciales en los próximos dos años ha pasado del 17% en 2025 al 43% en la actualidad: uno de los cambios interanuales más drásticos de la encuesta. Un tiro en el pie, ya que la falta de inversión en la fuerza laboral actual puede crear déficits muy problemáticos de cualificaciones en el futuro.

Así es como las narrativas proféticas se convierten en profecías autocumplidas, un riesgo del que venimos advirtiendo constantemente en este espacio. En 2019, en un artículo titulado El futuro es inevitable, pero no como nos lo han vendido, escribía: “Si creemos que lo que dicen empresas, fuentes interesadas o los informes de turno será verdad, entonces será verdad. Y si no lo creemos y pensamos que podemos construir otro futuro, lo haremos. Es el drama o la dicha de la profecía autocumplida.”

También citaba al filósofo del lenguaje John Austin introdujo, que el concepto de “enunciado realizativo” sobre la base de que no todos los actos de habla son expresiones de oraciones verdaderas o falsas. Más bien, algunas oraciones son "performativas". Bajo esta idea se explica la teoría de la performatividad, que dice que dichas frases están "activamente comprometidas con la constitución de la realidad que describen", en palabras del sociólogo e ingeniero Michel Callon. Es decir, que las predicciones tienden a producir los futuros que prevén.

No obstante, las predicciones y las profecías también tienen límites materiales, y por supuesto siempre existe la posibilidad de establecer límites legales y morales. Y, sobre todo, existe la posibilidad de cambiar el rumbo de la narrativa mediante nuestras decisiones, y esencialmente de aquellas de quienes ostentan puestos de poder, que a su vez pueden estar condicionadas por diferentes fuerzas y presiones, desde arriba (accionistas) y desde abajo (trabajadores). Ello definirá qué tipo de empleo y de trabajo tenemos, para quién, en qué condiciones y cómo se reparten los beneficios. El AI-pocalipsis no es inevitable, es una elección.