Epifanía Pascual, country manager para España de BetterHelp. BetterHelp
20 años del Día de Internet: lo que ganamos (y lo que quizás perdimos por el camino)
Hoy, 17 de mayo se celebra el Día Mundial de Internet y justo se cumplen 20 años desde que esta fecha comenzó a conmemorarse en España. Dos décadas que han sido suficientes para que Internet deje de ser una promesa tecnológica y se convierta en algo mucho más inquietante: una infraestructura tan integrada en nuestra vida que ya ni siquiera la vemos.
En 2006, yo trabajaba en Sulake, la compañía detrás de Habbo Hotel. Para millones de adolescentes, aquello era fascinante: un avatar, una habitación virtual, conversaciones con otros jóvenes en cualquier parte del mundo. Hoy lo llamaríamos metaverso. Entonces, simplemente parecía magia.
En paralelo, Internet empezaba a colarse en la vida cotidiana. Recuerdo comprar online el carrito de mi hijo, que hoy tiene 19 años, con cierta mezcla de emoción y desconfianza. No era lo habitual. Había dudas: ¿llegará?, ¿será como en la foto?, ¿y si hay un problema? Llegó, era lo que esperaba, pero tardó más de 15 días. Hoy esa escena resulta casi entrañable. Comprar online ya no es una decisión, es el comportamiento casi por defecto.
En aquel momento, YouTube acababa de nacer, Facebook era poco más que un experimento universitario y el Apple iPhone aún no había cambiado las reglas del juego. Internet era un lugar al que ibas. Hoy es el lugar donde estás, casi continuamente.
La primera gran revolución fue la movilidad. El smartphone convirtió Internet en una extensión de nosotros mismos. Ya no nos conectamos: vivimos conectados. El móvil es agenda, banco, mapa, cámara, canal de trabajo y, muchas veces, también refugio.
La segunda revolución fue la economía digital. Comprar un billete de avión en una agencia de viajes, hablar con un comercial o comparar opciones cara a cara era lo habitual. Hoy, gran parte de ese proceso ocurre en silencio, en segundos, desde una pantalla. Muchas agencias de viajes no supieron adaptarse a este cambio o lo hicieron demasiado tarde. Internet no solo creó nuevos negocios: también hizo desaparecer otros.
La tercera revolución ha sido la del acceso al conocimiento. Nunca habíamos tenido tanta información disponible, tantas oportunidades de aprender, de reinventarnos, de emprender. Pero tampoco habíamos estado tan expuestos a la sobreinformación.
Y luego están las redes sociales. Plataformas como Facebook, Twitter (a ver si nos vamos acostumbrando a llamarlo X), Instagram o TikTok cambiaron las reglas del juego. Democratizaron la voz: cualquiera podía opinar, crear contenido, influir. Pero también introdujeron una lógica menos visible y más compleja: la economía de la atención.
Hoy competimos por segundos. Y los algoritmos no premian necesariamente lo más veraz o lo más útil, sino lo que más engancha. El resultado es conocido: desinformación, polarización, burbujas ideológicas y una relación cada vez más ambigua con la tecnología. Las redes nos conectan, sí, pero también nos tensan.
No todo lo que se prometía ha llegado. La realidad virtual sigue buscando su momento definitivo y el metaverso, que hace apenas unos años parecía inevitable, se ha desinflado más rápido de lo esperado. Quizá porque, en el fondo, la tecnología puede evolucionar, pero las motivaciones humanas no cambian tanto. Ya en plataformas como Second Life o incluso Habbo existía esa necesidad de pertenecer, expresarse y relacionarse.
Sin embargo, hay algo que sí está marcando una diferencia real: la inteligencia artificial. Por primera vez, no solo accedemos a la información, sino que interactuamos con sistemas que la interpretan, la generan y colaboran con nosotros. La IA no es solo una herramienta más; es un cambio de paradigma.
Y aquí es donde el tono se vuelve incómodo.
Porque si algo hemos aprendido en estos 20 años es que internet no es neutral. Amplifica lo que somos: nuestra capacidad de crear, pero también nuestra tendencia a la distracción, al exceso y, a veces, a la superficialidad. Nos ha hecho más eficientes, pero no necesariamente más conscientes.
La pregunta ya no es qué más puede hacer Internet, sino qué queremos hacer nosotros con él.
Hace veinte años nos fascinaba poder hablar con desconocidos en una habitación virtual. Hoy podemos trabajar con equipos distribuidos, acceder a cualquier conocimiento en segundos o colaborar con una inteligencia artificial. Hemos avanzado muchísimo. Pero quizá el verdadero reto no esté en la tecnología que viene, sino en cómo decidimos usarla.
Porque Internet ya no es el futuro. Es el presente. Y, en gran medida, también es el espejo de lo que somos.
***Epifanía Pascual, country manager Spain de BetterHelp