Un profesor de relaciones internacionales me dijo una vez algo que nunca he olvidado. Fue en una ciudad del sur de Brasil llamada Blumenau, durante mi primer viaje al otro lado del Atlántico allá en la década de los 90 del pasado siglo. Yo era un imberbe economista veinteañero comenzando mi etapa de profesor e investigador universitario, y llegaba a América con un maletín lleno de teoría económica y toneladas de idealismo para transformar el mundo. Me dijo: "Iberoamérica tiene potencial para ser el centro del mundo civilizado, pero nunca nos lo hemos creído del todo".
Seguí viajando. Buenos Aires, Quito, Bogotá, La Habana, Ciudad de México, Lisboa, Managua… En cada parada encontraba la misma energía y la misma paradoja: una comunidad que hablaba mis lenguas (a mi español originario había añadido casi por azar el portugués y desde entonces me siento ibérico por convicción), que compartía mi fondo cultural e histórico, que tenía talento y recursos y una capacidad de reinvención que pocas regiones del mundo pueden igualar. Pero también, una región que llevaba décadas haciéndose la misma pregunta sin encontrar una respuesta definitiva: ¿cómo construir un modelo de desarrollo propio, que genere riqueza desde dentro y no dependa de los ciclos externos ni del precio de las materias primas?
La CEPAL la formuló en los cincuenta del siglo XX, Prebisch le dio nombre (el mítico modelo centro-periferia y su tesis del deterioro de los términos de intercambio), generaciones de economistas y políticos iberoamericanos la abordaron desde distintos ángulos, con distinta ideología, con distinta fortuna. Ninguno la resolvió del todo. El 22 de abril de este año, sentado en una sala de Miami con personas de ocho países distintos, pensé que quizás, por fin, estaba en presencia de la solución a ese viejo interrogante histórico. Hay una nueva respuesta nueva a esa pregunta, y viene de donde menos se esperaba. No de una cumbre de jefes de Estado ni de un organismo multilateral. Viene de los emprendedores, de la innovación y de las startups.
El Banco Mundial publicó en octubre de 2025 un informe que lo dice con una claridad inusual en ese tipo de documentos: América Latina puede romper su ciclo de bajo crecimiento —el más lento del mundo, con un 2,3% previsto para 2025— impulsando el emprendimiento innovador para crear empleo, estimular la productividad y acelerar la innovación. No como complemento de la política económica tradicional, sino como su palanca principal.
Los datos ya están ahí. Las empresas nacidas para resolver problemas reales —con tecnología, con modelos de negocio innovadores, con vocación de escala— representan más del 6% del PIB iberoamericano, emplean a diez millones de personas y son ya más de 170.000 en toda la región. Crecen en sectores que ningún plan de desarrollo de los años setenta habría imaginado: crédito agrícola con inteligencia artificial en Brasil, digitalización de pequeños productores rurales en Perú, construcción sostenible con plástico reciclado en Costa Rica. No son casos aislados. Son síntomas de un patrón que las instituciones todavía no han aprendido a leer del todo.
Se habla poco de esto en el debate público. El emprendimiento innovador aparece como una nota al margen —algo que ocurre en los grandes hubs tecnológicos de Sao Paulo, Monterrey o Santiago de Chile— cuando en realidad es ya una fuerza económica y social de primer orden. Una fuerza que crea empleo cualificado, que distribuye riqueza sin intermediarios estatales, que resuelve problemas que los gobiernos llevan décadas sin resolver. El profesor de Blumenau tenía razón en el diagnóstico: el problema no ha sido nunca la falta de capacidad. Ha sido la falta de confianza en lo propio. Lo que falta —lo que ha faltado siempre— es la arquitectura para que todo eso hable entre sí. Sin grandes anuncios ni declaraciones solemnes, algo de eso empezó a tomar forma el pasado 22 de abril en Miami.
Mana Tech, en el corazón del downtown de Miami nos acogió para celebrar el Iberoamerican Startup Future Summit organizado por DISRUPTORES Américas. Tres mesas, tres horas, y algo tan sencillo como que los que construyen los ecosistemas emprendedores de Iberoamérica, se sienten juntos, no para hablar ante una audiencia, ni para hacer un pitch o para ser entrevistados en una televisión: simplemente hablar entre ellos.
La primera mesa —moderada por Alberto Iglesias, director de DISRUPTORES— reunió a Paula Gialdi, CEO de ASETEC en Argentina; a Paula Bertone, directora de ALAS, la Alianza Latinoamericana de Startups; a Eduardo Vargas, del CUTI de Uruguay; a José Vargas, fundador de Tech Ventures en Miami; y a quien escribe estas líneas, en representación de VDS Scale Up Alliance. La pregunta, en apariencia era sencilla: ¿qué colaboraciones reales existen hoy y qué iniciativas merecen cruzar las fronteras?
Fui directo, porque creo que nos lo debíamos. Llevamos décadas siendo ecosistemas vecinos y sin embargo seguimos siendo bastante desconocidos. Lo que hay hoy son más vínculos personales entre emprendedores e inversores—algunos muy sólidos, algunos muy frágiles— , pero pocas estructuras colaborativas que sobrevivan a un cambio de personas o de ciclo político. La información sigue dispersa. Las buenas prácticas no cruzan fronteras porque nadie ha construido el cauce por donde cruzar.
También señalé un problema de fondo que rara vez se nombra en estos foros: las organizaciones que aglutinan a emprendedores e inversores son estructuralmente débiles porque el mercado no paga su trabajo. Casi nadie demanda que exista una Asociación de Startups en México o en Argentina o en Chile, y menos aún se está dispuesta a financiarlas. Pero son necesarias, porque lo que hacen tiene mucho valor aunque no tenga precio.
En los ecosistemas de startups se habla mucho de competir y es sin duda capital, pero si se quiere trabajar de manera colaborativa entre ecosistemas, primero tenemos que aprender a juntarnos, a dialogar, a cooperar. Puede parecer una contradicción. Yo lo veo como el único camino posible: una suerte de competencia cooperativa. Compartimos lenguas, compartimos historia, compartimos cultura. Lo único que no hemos compartido todavía es un mercado iberoamericano.
El problema no es la falta de voluntad. Es una mezcla de falta de método, de modelo o incluso de tempo. En Europa se lanzó la ESNA —la Europe Startup Nations Alliance— con la ambición de medir en común los ecosistemas, sin crear una nueva burocracia. Se creó un lenguaje común: lo que es una startup, lo que debe hacer un gobierno para impulsarlas, cómo medir los parámetros de éxito en un ecosistema. Eso es lo que Iberoamérica necesita y todavía no tiene. Hay organizaciones nacionales que lo intentan —algunas estuvieron en las mesas de Miami—; otras como ALAS (Alianza Latinoamericana de Startups) están comenzando a articular esta cooperación en Latinoamérica, e incluso existen algunas como GEIAL (Grupo de Ecosistemas Inteligentes de América Latina) que lo están haciendo desde una perspectiva académica con más de cuarenta ecosistemas. Pero necesitamos que todos estos esfuerzos estén mejor conectados. Necesitamos más método, más ecosistema, más trabajo en esa comunidad iberoamericana que nos hermana.
La segunda mesa exploró el triángulo de oportunidades: Latinoamérica, Miami y Europa. Nacho Mas, CEO de Startup Valencia y de VDS Scale Up Alliance, co-impulsor de esta iniciativa, estuvo acompañado por Fernando Cariello de DYBO Brasil, Irene Tayler de Uruguay XXI y Diego Morones de la Cámara de Comercio Estados Unidos-México. Miami como punto de encuentro, no como destino: la ciudad donde lo iberoamericano y lo anglosajón conviven y se necesitan.
La tercera mesa, moderada por Rafa Navarro —editor de DISRUPTORES y fundador de Innsomnia Group, sin cuya iniciativa nada de esto habría ocurrido ese día—, abordó lo que rara vez se dice con claridad: escalar en nuestra región sigue siendo más difícil de lo que debería. No por falta de talento, sino por falta de infraestructura común. José María Vega de ICEX, Juan Manuel Barrero de LAZO y Alberto Iglesias lo dejaron claro: las condiciones para el emprendedor iberoamericano que quiere cruzar fronteras no están construidas. Hay que construirlas.
En mi turno específico planteé algo que creo que define bien lo que está en juego. Tener la misma lengua y cultura constituye un gran activo estratégico, no es un recurso sentimental. Es una ventaja competitiva real que ningún otro espacio lingüístico del mundo tiene en el terreno del emprendimiento tecnológico. El inglés conecta más mercados, sí. Pero no conecta con la misma densidad, con la misma confianza de partida, con la misma capacidad de construir rápido sobre lo que ya existe (es verdad que construye con más dinero y eso cuenta y mucho). Pero si pensamos en términos de Iberoamérica no debemos considerarnos la periferia del mundo anglosajón ni la alternativa al mundo asiático. Somos la tercera fuerza del emprendimiento tecnológico global. Solo que todavía nadie lo sabe. Empezando por nosotros mismos.
De las tres mesas emergió una convicción compartida y una condición: que lo que salga de esta sala tenía que tener un nombre, fechas y responsables: la creación de una Red Iberoamericana de ecosistemas y organizaciones de Startups no es una utopía. Debe responder al desafío que tenemos por delante y también al contexto en el que nos movemos. Trabajando en Red, a partir de los proyectos que ya operan en la región, no añadir más burocracia ni más estructura, hacer de la agilidad y de la colaboración los ejes de esta nueva alianza.
En Miami surgieron necesidades e ideas que deben transformarse en proyectos concretos. Está muy bien hablar de la filosofía de esta red, pero hay que ponerle el cascabel al gato. Me lanzo con tres propuestas: Primero, un mapa de todos los hubs, aceleradoras y fondos que apoyan a emprendedores iberoamericanos fuera de sus países de origen: saber quién hace qué y dónde, algo que hoy se hace de forma sistemática. Segundo, un pasaporte emprendedor con criterios mínimos de reconocimiento mutuo que permitan por ejemplo a una Startup de Montevideo operar en Madrid sin empezar de cero, y viceversa. Y tercero, los Iberoamerican Startup Nation Standards, inspirados en la ESNA (European StartUp Nation Alliance): medir, comparar, publicar, mejorar para que todos los países puedan impulsar sus propios modelos sabiendo lo que ha funcionado y lo que no en otros contextos. El BID Lab y el programa Horizon Europe de Ecosistemas de Innovación de la UE pueden y deben ser los aliados naturales, además de otros espacios institucionales como SEGIB y las propias agencias publicas de los gobiernos de la región. Los instrumentos existen. Lo que no existe todavía es el interlocutor colectivo iberoamericano que pueda activarlos.
La próxima parada es constituir esa red, abierta a todas las organizaciones y personas que se identifiquen con esta filosofía y estén dispuestas a arrimar el hombro. A lo largo del año esperamos poder presentarla públicamente y echarla a rodar de manera real.
El emprendimiento innovador no va a resolver por sí solo lo que décadas de política económica no han resuelto en toda la comunidad iberoamericana. Pero estoy convencido de que es, por primera vez en mucho tiempo, una respuesta creíble a la pregunta más antigua del continente. Una respuesta que no depende de que los presidentes se pongan de acuerdo, ni de los precios del petróleo, ni de los ciclos electorales. Que crece desde abajo, que cruza fronteras sin pedir permiso, que genera riqueza sin esperar a que nadie la redistribuya.
Aquel profesor de Blumenau tenía razón en el diagnóstico. Iberoamérica tiene los mimbres para ser el centro del mundo civilizado. Lo que está cambiando, despacio pero de forma visible, es la segunda parte de su frase.
Empieza a creérselo.