El año pasado en Estados Unidos se lanzó una idea que, más allá del espectáculo, merece atención: el Detachment 201, el nuevo Cuerpo de Innovación Ejecutiva del Ejército de Tierra. El propio ejército explicaba que se trata de incorporar a ejecutivos tecnológicos de primer nivel como reservistas a tiempo parcial para trabajar en proyectos concretos y acelerar soluciones tecnológicas “rápidas y escalables” a problemas complejos. No es solo una anécdota llamativa ni un ejercicio de relaciones públicas con uniforme. Es una señal de época: la seguridad, la competitividad y la soberanía dependen cada vez más de la capacidad de organizar inteligencia aplicada.

En el caso de la administración Trump, se ha traducido en nombrar tenientes coroneles a cuatro directivos de Meta, OpenAI y Palantir, empresas con las que el Pentágono mantiene contratos, para acelerar la “innovación militar”.

El poder ya no se construye solo con infraestructuras físicas, cadenas de suministro o presupuestos de defensa. También se construye con la capacidad de movilizar conocimiento experto, conectarlo con la industria, ponerlo al servicio del interés general y hacerlo con velocidad. En otro contexto, el cocinero José Andrés declaraba que sería bueno tener un servicio militar o social obligatorio y que todos los ciudadanos dedicaran un tiempo de su vida al servicio de su país.

Lo decisivo no es tener unas cuantas mentes brillantes dispersas, sino crear un verdadero cuerpo de innovación de élite: científicos, ingenieros, tecnólogos, centros de investigación, universidades, empresas y administraciones trabajando sobre prioridades compartidas. No unos marines del conocimiento para la foto, sino una arquitectura estable de talento útil.

La Comisión Europea, en realidad, ya ha empezado a admitir esta necesidad. Su AI Continent Action Plan plantea que Europa debe aprovechar mejor el potencial de sus investigadores e industrias para reforzar crecimiento, competitividad y soberanía tecnológica. Entre sus instrumentos figuran las fábricas de IA, con al menos 13 operativas previstas para 2026, y un presupuesto de 10.000 millones de euros entre 2021 y 2027, además de un plan de hasta 20.000 millones para impulsar gigafactorías de IA. Eso significa que Bruselas ya ha dejado de pensar solo en regulación y ha empezado a pensar en capacidad.

En 2024, la UE destinó el 2,24% de su PIB a I+D. Es una cifra relevante, pero insuficiente para una geopolítica de la inteligencia. Y el déficit no es solo financiero. El informe State of the Digital Decade 2025 advierte de que solo el 55,6% de los europeos tiene competencias digitales básicas y que la disponibilidad de especialistas TIC avanzados sigue siendo insuficiente, lo que dificulta el progreso en ámbitos estratégicos como la IA y la ciberseguridad. Dicho de otro modo: no basta con tener buenos investigadores; hay que ampliar la base, densificar capacidades y hacer que el conocimiento circule.

Aquí está el núcleo del asunto. Europa no ganará la próxima década si limita la innovación a una minoría hipercualificada y a unos cuantos polos de excelencia. Necesita convertir el conocimiento en músculo colectivo. Eso implica conectar laboratorios con pymes, ciencia con industria, universidades con formación profesional, investigación con defensa y tecnología con administración pública. Implica también una política deliberada para atraer talento, sí, pero sobre todo para organizarlo. Porque el conocimiento aislado da prestigio; el conocimiento común da soberanía.

Además, conviene no olvidar el trasfondo social. Un reciente trabajo del NBER sobre los efectos económicos de la IA señala que, incluso cuando los expertos prevén avances importantes, el crecimiento agregado podría aumentar sin que eso elimine el riesgo de una caída significativa de la participación laboral en escenarios de progreso rápido. La conclusión es sobria y útil: la cuestión no es solo cuánta inteligencia artificial tengamos, sino cómo se reparte su impacto y qué instituciones construimos para absorberlo.

Por eso Europa necesita algo más ambicioso que una suma de programas. Necesita un cuerpo de innovación de élite, sí, pero entendido en sentido democrático: una fuerza continental capaz de convertir conocimiento en capacidad productiva, resiliencia institucional y bienestar compartido. Si no lo hace, otros organizarán esa inteligencia antes y mejor. Y entonces Europa volverá a ser un gran mercado, muy sofisticado, muy regulado, muy civilizado, pero cada vez menos decisivo. Así que necesitamos formar a todo el mundo porque, más que un ejército de innovación de élite, necesitamos un cuerpo masivo del conocimiento.