José Manuel Rodríguez Ramos, CEO de Wooptix.
La revolución digital que hemos vivido en los últimos años lo ha cambiado todo: desde cómo trabajamos hasta cómo hacemos tareas más rutinarias en el día a día, pasando por la manera en que nos comunicamos y consumimos información. Y hay una herramienta que está optimizando todas nuestras tareas. Una herramienta que está en boca de todos, liderando las nuevas tendencias, conversaciones y negocios: la inteligencia artificial.
En los últimos años hemos podido ver cómo la conversación sobre la IA se veía orquestada por modelos, algoritmos y capacidad computacional. Quién entrena el modelo más avanzado, quién acumula más GPUs o qué empresa lidera el mercado son temas muy relevantes, pero construyen una narrativa incompleta.
La realidad es que la carrera global por la IA no se gana solo en el software, ni siquiera en los centros de datos. Se gana, en gran medida, en la capacidad de fabricar chips cada vez más complejos sin margen de error. Y aquí es donde Europa tiene un gran reto. Con una gran dependencia de la fabricación de semiconductores avanzados, Europa ha de apoyar iniciativas que le permitan coger oxígeno y ganar autonomía frente a grandes gigantes como Asia.
El auge de la inteligencia artificial ha transformado la cadena de valor de los semiconductores. Los chips diseñados para cargas de trabajo de IA son radicalmente más complejos que los que la industria venía fabricando. Incorporan más capas, nuevas arquitecturas y diseños que empujan los límites físicos de la fabricación. Tecnologías como las memorias 3D NAND (con cientos de capas apiladas) ya no son excepciones, sino la nueva norma.
Esta evolución tiene un coste asociado, no solo en el precio de la oblea, sino también en otros parámetros como el yield (el porcentaje de chips funcionales por oblea), que se ha convertido en una variable crítica para la rentabilidad. En un entorno donde cada oblea concentra una gran inversión, cualquier error, por pequeño que sea, tiene un impacto económico directo.
La propia naturaleza de estos chips introduce nuevos desafíos físicos. La acumulación de capas en espacios muy reducidos genera tensiones que pueden provocar deformaciones a escala nanométrica. Imperfecciones invisibles al ojo humano que son tan críticas como para determinar si un chip funciona o no. Cuando se trabaja a estas escalas, no hay margen de error: una desviación imperceptible puede comprometer el rendimiento de toda una oblea.
Y aquí es donde nos damos realmente cuenta de la relevancia en esta carrera de fabricar chips de manera consciente, eficiente y escalable.
En este nuevo escenario, hay una tecnología que pasa desapercibida en el debate público, pero que resulta absolutamente crítica: la metrología. Esta tecnología permite medir, entender y corregir lo que ocurre a cada oblea en cada etapa del proceso productivo, convirtiéndose entonces en un elemento esencial para que el proceso de fabricación sea viable.
Sin capacidades avanzadas de medición, los fabricantes no pueden detectar defectos, optimizar procesos ni garantizar niveles de yield sostenibles, haciendo imposible la escalada competitiva.
Ante este nuevo contexto, Europa ha reaccionado con iniciativas como el Chips Act, movilizando grandes inversiones con el objetivo de reforzar su soberanía tecnológica, reducir dependencias externas y mejorar la resiliencia de la cadena de suministro ante crisis. Aquí es donde emerge la oportunidad estratégica: potenciar proyectos que permitan el desarrollo de diseño de chips, la producción y el control de etapas críticas del proceso a través de tecnologías habilitadoras como la metrología.
Gracias a estas iniciativas, Europa, y en concreto países como España, cuentan con un ecosistema de empresas deep tech altamente especializadas, capaces de desarrollar soluciones estratégicas. En muchos casos, como es el de la empresa canaria Wooptix, estas compañías operan precisamente en esas capas invisibles de la cadena de valor donde se define la competitividad real.
Apostar por este tipo de tecnologías es clave para lograr un salto en la carrera por la IA. Un error imperceptible identificado en etapas tempranas del proceso de producción supone reducir significativamente el riesgo, mejorando notablemente los costes y tiempos de producción.
La inteligencia artificial se ha convertido en uno de los principales agentes de la transformación económica, por eso su desarrollo es clave para continentes como Europa, donde la dependencia tecnológica viene de largo. El continente debe trabajar para crear un ecosistema sostenible e independiente que ayude a desarrollar y fabricar estos chips en Europa, apoyándose en la gran red de empresas que apuestan por tecnologías de frontera para el desarrollo de estos dispositivos.
*** José Manuel Rodríguez Ramos es doctor en astrofísica y CEO de Wooptix.