Fernando Suárez, presidente del Consejo General de Colegios de Ingeniería en Informática (CCII).
“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos…”.
Con estas palabras comenzaba Charles Dickens su célebre Historia de dos ciudades, retratando una época de profundas transformaciones, marcada a la vez por la esperanza y la incertidumbre. Y con esa misma reflexión quise abrir mi intervención en los IV Premios Nacionales de Ingeniería Informática, porque resulta difícil no ver en ella un reflejo bastante preciso del momento tecnológico que vivimos hoy.
Nunca habíamos tenido tanta capacidad para mejorar la vida de las personas gracias a la tecnología. Y, al mismo tiempo, nunca habíamos tenido tantas preguntas sobre cómo hacerlo bien. Vivimos, sin duda, en un tiempo extraordinario, pero también en uno que exige una dosis inédita de responsabilidad.
Porque en la tecnología siempre hay decisiones, criterios y prioridades humanas. Y, sobre todo, porque sus efectos rara vez son inmediatos o evidentes. Existe una idea bien conocida en la teoría del caos, el llamado efecto mariposa, que describe cómo una pequeña variación en las condiciones iniciales puede acabar generando consecuencias enormes. En la ingeniería informática ocurre algo muy parecido: decisiones que parecen pequeñas en el momento en que se toman pueden amplificarse con el tiempo y terminar afectando a millones de personas.
Una línea de código puede mejorar un diagnóstico médico o introducir un sesgo. Una arquitectura digital puede conectar territorios o generar nuevas dependencias. Un modelo de inteligencia artificial puede multiplicar el conocimiento o amplificar la desinformación. Las decisiones técnicas nunca son pequeñas; simplemente lo parecen cuando se toman.
Y, sin embargo, en medio de toda esta capacidad tecnológica, hay algo que sigue siendo profundamente humano. En los años sesenta, en plena carrera espacial, una matemática trabajaba en la NASA realizando cálculos esenciales para las misiones. Su nombre era Katherine Johnson. No era una figura mediática, pero sus cálculos permitían que los astronautas no solo salieran de la Tierra, sino que pudieran regresar con vida.
Cuando los primeros ordenadores empezaron a incorporarse a estos procesos, ocurrió algo revelador. Antes de lanzar una misión, alguien pidió que Katherine revisara los números. En un momento en el que el mundo comenzaba a confiar en las máquinas, la última palabra seguía perteneciendo al criterio humano.
Esa escena, que podría parecer lejana, es hoy más actual que nunca. La inteligencia artificial avanza a una velocidad extraordinaria, ampliando nuestras capacidades hasta límites que hace apenas unos años parecían ciencia ficción. Pero incluso cuando la tecnología parece capaz de todo, hay algo que sigue siendo insustituible: la responsabilidad de quienes la diseñan, la desarrollan y la ponen en funcionamiento.
Por eso, en un contexto en el que la tecnología está cada vez más presente y también más regulada, desde la protección de datos hasta la ciberseguridad, la inteligencia artificial o los servicios digitales, hay una reflexión que no podemos seguir posponiendo. No basta con regular la tecnología; es imprescindible acompañar esa regulación del reconocimiento, la ordenación y las garantías de la profesión que la hace posible.
Porque cuando la tecnología es crítica -y hoy prácticamente toda lo es-, la confianza no puede descansar únicamente en sistemas o normas, sino también en las personas. Hablar de ingeniería informática no es una cuestión corporativa; es, en realidad, una cuestión de confianza pública.
En este escenario, la excelencia tecnológica ya no puede medirse solo en términos de capacidad o innovación. Tiene que ver también con el criterio, con la ética y con la responsabilidad. Con la capacidad de hacerse preguntas que van más allá de lo técnico: si podemos hacerlo, si debemos hacerlo y cómo debemos hacerlo.
Porque el futuro digital no lo decidirán únicamente los algoritmos. Lo decidirán las personas que los diseñan.
Probablemente muchas de ellas no aparecerán en titulares ni recibirán premios. Su trabajo seguirá siendo, en gran medida, invisible. Pero cuando algo realmente importante esté en juego, cuando haya que comprobar que todo funciona, cuando haya que revisar los números una vez más, alguien seguirá diciendo: “Que lo revisen los ingenieros”.
Y esa confianza, silenciosa pero decisiva, es probablemente el mayor reconocimiento al que puede aspirar la ingeniería informática.
***Fernando Suárez, presidente del Consejo General de Colegios de Ingeniería en Informática (CCII)