Luis Berruete es socio en Creas.

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Opinión HACIA UNA ECONOMÍA DE IMPACTO / SPAIN NAB

Inversión de impacto 2.0: más profunda, más sistémica

Luis Berruete
Publicada

La inversión de impacto lleva más de treinta años demostrando que el capital puede tener propósito. Hemos construido un mercado global que supera el billón de euros en activos gestionados, desarrollado herramientas de medición cada vez más sofisticadas y demostrado que rentabilidad financiera e impacto social pueden ir de la mano.

Es un logro colectivo enorme. Y sin embargo, los grandes problemas que queremos resolver — la desigualdad económica y social, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad…— no mejoran al ritmo que cabría esperar. Más capital, mismo sistema. Precisamente desde ese punto de madurez se abre una nueva oportunidad: ¿podemos ir más lejos? ¿Podemos multiplicar el impacto de forma exponencial cambiando el enfoque?

La respuesta está en un concepto emergente: la inversión de impacto sistémica. No es una ruptura con lo anterior, sino su evolución lógica. Nace del mestizaje entre dos tradiciones que, por separado, han encontrado sus propios techos: la inversión de impacto ha generado resultados reales, pero raramente ha transformado sistemas de una forma significativa; el cambio sistémico —el enfoque que trabaja las causas profundas en lugar de sus manifestaciones— ha tenido gran acogida en el mundo social y académico, pero ha adolecido de falta de capital para escalar. Juntas, abren una dimensión que ninguna podía alcanzar por separado.

¿Pero qué es la inversión de impacto sistémica?

Según TWIST y TransCap Initiative, dos organizaciones que están construyendo rigurosamente este campo, puede definirse como el despliegue de capital para transformar sistemas humanos y naturales con la intención de avanzar la sostenibilidad ambiental y la justicia social. Lo que la distingue no es el objetivo declarado —muchos inversores de impacto suscriben propósitos similares— sino la práctica: cómo se invierte, no solo por qué. El enfoque requiere tres condiciones simultáneas: ser estratégico, con una teoría de cambio sistémica clara; ser integrado, movilizando múltiples tipos de capital y actores alineados; y ser contextualizado, atendiendo a las particularidades locales con objetivos de equidad definidos desde las propias comunidades.

La diferencia esencial no es de escala, sino de arquitectura mental. La inversión tradicional pregunta: ¿cómo maximizo el impacto de este proyecto? La sistémica pregunta antes: ¿qué genera el problema en su raíz, y en qué puntos del sistema una intervención pequeña puede desencadenar un cambio en cadena? Estos puntos de apalancamiento son el verdadero objeto de análisis, e identificarlos requiere escuchar a todos los actores: no solo inversores y emprendedores, sino también comunidades afectadas, reguladores, organizaciones sociales y expertos sectoriales.

Cómo transicionar hacia lo sistémico

El camino podría tener dos velocidades. A largo plazo, apunta hacia fondos diseñados desde su origen con una lógica sistémica: vehículos que no solo inviertan, sino que convoquen, alineen y coordinen a los distintos actores del ecosistema hacia una estrategia común, con participadas que trabajen la transformación de forma coordinada y complementaria.

Pero no hay que esperar a ese horizonte. En los fondos actuales ya es posible incorporar una mirada más sistémica: profundizando en el análisis previo para evaluar si los proyectos atacan causas raíz o simplemente trabajan sobre los problemas y diseñando planes de impacto que evolucionen desde una teoría del cambio hacia una teoría de la transformación más ambiciosa y sistémica.

¿Es sencillo? No. Coordinar a actores diversos —inversores, fundaciones, administración pública, empresas, sociedad civil— exige paciencia y humildad poco habituales en el mundo financiero. Requiere además movilizar un policapital —financiero, filantrópico, humano y social— que va mucho más allá del capital convencional. Y la medición del impacto sistémico es un campo que todavía se está construyendo. Pero quienes lleven a la práctica este enfoque con rigor no solo multiplicarán su impacto; también construirán las capacidades —análisis de sistemas, redes de colaboración, inteligencia de ecosistema— que definirán la inversión de impacto de la próxima década.

Porque se abre una ventana de oportunidad para profundizar en el impacto y producir cambios significativos en los sectores en los que trabajamos. El impacto más profundo no es el que maximiza un indicador: es el que cambia las reglas del juego para que el problema deje de reproducirse.

La inversión de impacto 1.0 nos enseñó que el capital puede tener propósito. La 2.0 nos propone algo más ambicioso: que ese capital, bien orquestado y con una visión sistémica, puede transformar de verdad los sistemas en los que vivimos. No es una promesa garantizada. Es una hipótesis que debería ser explorada, con seriedad, con aliados, y con una mirada a más largo plazo de lo que estamos acostumbrados. Merece la pena apostar por ella.

***Luis Berruete es socio en Creas.