Los humanos tenemos una particularidad innata a nuestra curiosidad y es la de buscar respuestas a todos los interrogantes que se nos plantean. Quizás por ello, a lo largo de la historia, hemos tendido a construir relatos que ordenan nuestro mundo cuando la realidad se vuelve demasiado compleja para ser entendida únicamente con las pruebas empíricas.
Desde las cosmogonías antiguas que atribuían el origen del universo a voluntades divinas hasta las religiones organizadas que prometían salvación y sentido en la incertidumbre, pasando por las grandes ideologías modernas que trasladaron esa fe al progreso, la nación o el mercado, cada época ha levantado su propio sistema de creencias para reducir el ruido del presente y proyectar un horizonte comprensible. Incluso la Ilustración, que pretendía sustituir la fe por la razón, terminó generando su propia confianza casi incuestionable en la capacidad humana para descifrar y dominar la realidad a través del conocimiento.
Son narrativas que simplifican nuestra confusa y extraña realidad, incluso nuestra naturaleza misma, que nos prometen respuestas sencillas y tranquilizan nuestro espíritu. Son promesas sin posibilidad de ser cuestionadas ni contrastadas, sin estar sometidas a esa contabilidad que ya hemos reclamado desde estas páginas. Y que, en estos momentos, ha mutado su piel a una nueva fe revestida de algoritmos y una retórica de disrupción que prácticamente nos anticipa la inmortalidad gracias a los avances tecnológicos.
Esto es algo que no escapa al sentido común, pero es extraordinariamente relevante que alguien como el profesor Michael Latzer, de la Universidad de Zúrich, haya dedicado su última investigación a trazar el poso y detalles de esta “tecnorreligión” asociada no sólo a a la IA, sino incluso al transhumanismo. Y, lo más relevante, que el discurso dominante sobre inteligencia artificial ha dejado de apoyarse exclusivamente en la evidencia para empezar a operar en el terreno de la fe. No es precisamente lo que se esperaría de una industria como esta.
Porque lo que hoy se despliega ante nosotros es una suerte de trinidad digital, un constructo discursivo perfectamente engarzado que combina tres elementos que se retroalimentan para crear esta épica discursiva: la promesa de una inteligencia superior que acabará resolviendo problemas que ni siquiera sabemos formular correctamente, la expectativa de una transformación radical de la condición humana que diluye los límites biológicos y sociales, y la inevitabilidad del progreso tecnológico como fuerza histórica incuestionable, casi providencial.
Juntos, estos tres ingredientes conforman una entelequia difícil de desmontar porque desplazan el debate desde el terreno de lo verificable hacia el de lo divino.
En ese tránsito, lo que se erosiona no es solo el rigor del discurso tecnológico, sino la propia herencia ilustrada que ha sostenido durante siglos la idea de progreso basada en la razón, la evidencia y el contraste empírico. Latzer no plantea que el transhumanismo carezca de fundamento o que la inteligencia artificial no tenga potencial transformador, sino que advierte de cómo determinadas narrativas están sustituyendo el análisis crítico por un marco casi doctrinal en el que cuestionar las promesas equivale poco menos que a situarse fuera del signo de los tiempos.
El escritor y creador del género tecno-thriller Michael Crichton ya alertaba de esta conversión de la ciencia en fe en su libro Estado de Miedo. Ahora, es otro Michael -Latzer- el que nos habla de cómo estamos cayendo en la religión de la inteligencia artificial, siguiendo sin dudar a gurús de toda índole y configurando una sociedad de 'criptobros' que tanto se fían de las riquezas que aportarán las apuestas online como del bitcoin o, ahora, de la IA.
Porque en un contexto de incertidumbre estructural, de estancamiento de rentas, de presión competitiva y de vértigo geopolítico, la promesa de una solución tecnológica total funciona como un atajo cognitivo extraordinariamente eficaz. Es más sencillo delegar en una inteligencia superior futura que enfrentarse a la complejidad del presente; más cómodo aceptar la narrativa de la disrupción permanente que preguntarse quién captura realmente el valor de esa disrupción. Es evidente que resulta más rentable, en términos de atención y capital simbólico, alinearse con el relato dominante que cuestionarlo.
Ahí es donde emergen los nuevos vendehumos del ecosistema digital: actores que operan en los vericuetos de la promesa, que construyen relatos de futuro con una densidad retórica impecable pero con una base empírica, en muchos casos, todavía incipiente, y que convierten cada avance incremental en la antesala de un cambio civilizatorio definitivo. Buen ejemplo de ello, en la vertiente del transhumanismo patrio, es José Luis Cordeiro, que sigue dando charlas a pesar de haber sido desmontado -tanto sus ideas como su propia carrera profesional- en numerosas ocasiones.
El resultado es una inflación discursiva que termina contaminando incluso los debates más serios, donde la frontera entre lo que está ocurriendo y lo que se espera que ocurra se difumina hasta volverse prácticamente indistinguible. Y no podemos olvidar que este fenómeno no es inocuo: tiene implicaciones directas sobre cómo se asigna el capital, cómo se diseñan las políticas públicas y cómo se estructuran las expectativas sociales.
Cuando la promesa sustituye al dato, la contabilidad de la realidad queda subordinada a la contabilidad de la fe.
La trinidad digital, en ese sentido, es un mecanismo de ordenación del mundo que redistribuye poder y condiciona decisiones. Porque quien define el futuro, en buena medida, define el presente. Y si ese futuro se construye sobre premisas que no pueden someterse a contraste inmediato, el margen para el escrutinio se reduce de forma drástica. Como ya hemos repetido en numerosas ocasiones, no se trata de negar el potencial de la inteligencia artificial ni de caer en un escepticismo estéril, sino de reintroducir en el debate aquello que nunca debió desaparecer: la exigencia de evidencia, la delimitación clara entre hipótesis y realidad, y la capacidad de decir “no lo sabemos” sin que eso se interprete como una herejía tecnológica.
La cuestión no es si la inteligencia artificial transformará el mundo, algo que ya está ocurriendo en múltiples planos, sino bajo qué marco interpretativo decidimos entender esa transformación. Si optamos por el de la fe, con sus promesas de redención tecnológica y su tendencia a desplazar el cuestionamiento, o si recuperamos el de la razón, con todas sus incomodidades, sus límites y su necesidad permanente de contraste. Porque estamos ante dos formas radicalmente distintas de relacionarnos con el futuro.