Alister Moreno, presidente de EsTech y CEO de Clikalia.
Durante décadas, la diplomacia económica de los países se ha centrado en promover exportaciones, atraer inversión industrial o abrir mercados para grandes multinacionales. Ese mundo ha cambiado. Hoy la competitividad internacional de una economía depende cada vez más de su capacidad para desarrollar tecnología, atraer talento global y escalar empresas innovadoras capaces de competir en mercados internacionales.
En otras palabras, la política exterior económica del siglo XXI se juega, en gran medida, en el ecosistema tecnológico y, por eso, cada vez más gobiernos han ido incorporando una nueva herramienta a su acción exterior: la diplomacia tecnológica.
Ya no se trata solo de apoyar startups o de organizar eventos de innovación, sino de posicionar a un país (y a una región) como un lugar donde nacen y crecen las empresas que definirán la próxima generación de industrias. Aunque tarde y aún lejos de desplegar todo su potencial, Europa ha empezado a comprenderlo.
La tecnología se ha convertido en uno de los principales ejes de poder económico y geopolítico. Estados Unidos y China compiten abiertamente por el liderazgo en inteligencia artificial, semiconductores, computación cuántica o tecnologías espaciales y es en ese contexto en el que la Unión Europea ha comenzado a hablar, cada vez más, de autonomía estratégica y soberanía tecnológica.
Pero por mucho que se hable de ella, la autonomía tecnológica no se decreta, sino que se construye con empresas capaces de competir globalmente, con capital para financiarlas y con ecosistemas que atraigan talento e inversión internacional. Y ahí es donde Europa todavía tiene un desafío evidente.
En nuestro continente, y específicamente en la Unión Europea, generamos investigación puntera y startups de enorme calidad, pero seguimos teniendo dificultades para convertir esa innovación en empresas tecnológicas de gran escala.
Muchas de las compañías de base tecnológica que nacen en Europa encuentran su principal límite cuando llega el momento de crecer. Falta profundidad en los mercados de capital, falta liquidez en los mercados bursátiles especializados y, en muchas ocasiones, el capital que permite escalar llega desde fuera del continente. Si Europa quiere reducir su dependencia tecnológica, necesita empresas propias capaces de liderar sectores estratégicos.
En este nuevo escenario, las scaleups tecnológicas han dejado de ser simplemente empresas de rápido crecimiento. Son activos estratégicos: generan innovación, atraen talento altamente cualificado, desarrollan tecnología y operan globalmente desde Europa. Y, también, proyectan la influencia económica de un país o de una región en la economía digital global.
Por eso, cada vez más gobiernos están incorporando a sus empresas tecnológicas en su estrategia internacional. Estados Unidos lleva décadas haciéndolo. China lo ha convertido en una prioridad de Estado. Y Europa empieza a entender que su capacidad para competir globalmente depende también de la fortaleza de sus scaleups tecnológicas.
España no es ajena a esta evolución. En los últimos años, nuestro ecosistema tecnológico ha madurado de forma notable. Hoy contamos con empresas capaces de crecer internacionalmente, atraer inversión global y competir en mercados altamente tecnológicos. En paralelo, también ha evolucionado la forma en que las instituciones económicas españolas proyectan el país en el exterior.
Reflejan esta nueva lógica los roadshows impulsados por el ICEX y el Ministerio de Economía, Comercio y Empresa en centros financieros internacionales como Tokio, Londres y Toronto, en los que scaleups españolas, junto al ministro Carlos Cuerpo, nos hemos sentado con inversores globales. En estas reuniones, no se trata únicamente de atraer inversión hacia España, sino también de explicar que el país cuenta con un ecosistema tecnológico capaz de generar empresas globales y que invertir en él significa participar en la próxima generación de compañías europeas.
Este tipo de iniciativas representa una forma moderna de diplomacia económica conectando instituciones, inversores y scaleups tecnológicas para impulsar crecimiento y competitividad. Pero para que esta estrategia tenga pleno impacto, es necesario abordar una cuestión estructural. Europa necesita reforzar su capacidad para financiar el crecimiento de sus propias empresas tecnológicas.
Mientras Estados Unidos cuenta con mercados de capital profundamente integrados y especializados en compañías de crecimiento acelerado, el ecosistema financiero europeo sigue fragmentado, lo que limita la capacidad de las empresas tecnológicas europeas para escalar desde el continente.
En ese contexto, iniciativas destinadas a movilizar inversión público-privada y a fortalecer la competitividad económica, como el fondo soberano España Crece, pueden y deben convertirse en herramientas importantes para reforzar el ecosistema de crecimiento empresarial.
El reto, no obstante, es más amplio y trasciende a cualquier país individual. Europa necesita avanzar en la integración de su mercado de capitales, facilitar el acceso a financiación para empresas tecnológicas en fase de crecimiento y reforzar su capacidad para escalar empresas capaces de competir globalmente.
Porque, en última instancia, la autonomía estratégica europea no dependerá solo de políticas industriales o de regulación tecnológica, sino también de algo mucho más concreto: la capacidad de Europa para crear y hacer crecer sus propias empresas tecnológicas globales.
Necesitamos consolidar una estrategia que combine capital, innovación y diplomacia económica para convertir ese potencial en empresas capaces de competir a escala global. Las scaleups europeas ya están demostrando que es posible. Apoyarlas, traer inversión hacia ellas y proyectarlas internacionalmente no es solo una política de innovación, sino una cuestión de competitividad económica y de soberanía tecnológica. Estos son los vectores de lo que debe ser la diplomacia tecnológica europea.
***Alister Moreno es presidente de EsTech y CEO de Clikalia.