Núria Pastor, socia y directora ejecutiva de Vitalera.
El peluquero del barrio donde ejercía mi abuelo tiene 74 años y todavía se le humedecen los ojos cuando le recuerda. "El doctor Pastor… ese hombre que con pocas preguntas ya sabía lo que tenías".
Mi abuelo murió hace años, pero su huella sigue viva en aquellos que fueron sus pacientes y siguen vivos. No le recuerdan por realizar brillantes diagnósticos de enfermedades raras ni por los títulos colgados en la pared. Lo recuerdan por algo mucho más sencillo y, a la vez, mucho más escaso hoy en día: el tiempo que les dedicaba y el "ojo clínico".
Vengo de una familia de galenos que se remonta hasta cinco generaciones. Quizá por eso me cueste aceptar que el encomiable sistema sanitario que hemos conseguido con tanto esfuerzo se esté volviendo insostenible a base de forzarlo al límite.
No es porque falten buenos profesionales. La mayoría son muy buenos y los hay extraordinarios. Es gente que eligió esta profesión por vocación para cuidar, no para correr. La agenda aprieta, la burocracia se multiplica, la complejidad crece, y el día a día se ha convertido en una carrera sin pausas: diez minutos o menos por paciente, y al siguiente que ya está esperando. Y lo más doloroso es que casi nadie entra en consulta queriendo hacer las cosas rápido. Simplemente no hay margen.
En ese escenario interviene la cronicidad y el envejecimiento, factores relacionados, y eso "aprieta" mucho. Según el INE, el 57,7% de la población mayor de 15 años declara tener alguna enfermedad crónica. El Ministerio de Sanidad lo resume con contundencia: estas patologías concentran el 80% del gasto sanitario público y generan hasta el 75% de las consultas en Atención Primaria.
Pero el dato que más me preocupa y me pesa es otro: cerca del 60% de las hospitalizaciones evitables se relacionan con un manejo insuficiente de tres enfermedades prevalentes como la EPOC, insuficiencia cardíaca o diabetes. Las descompensaciones, que generan esos ingresos, casi nunca llegan de golpe. Se van cociendo a fuego lento durante días y semanas: el sueño que empeora, la tensión que se desajusta, el peso que se dispara, la medicación que se olvida, la actividad que se reduce, etc. Señales pequeñas… hasta que dejan de serlo.
Ahí es donde el "ojo clínico" de médicos como mi abuelo marcaba la diferencia. No era magia. Era tiempo y continuidad. Era ver al mismo paciente a menudo, durante meses y años en su medio habitual. Percibir que hoy se le nota más cansado, que camina distinto, que algo no cuadra, aunque los análisis u otras pruebas digan que sí, en definitiva, que no es el mismo. Una libreta mental hecha de observaciones próximas, continuadas y sin prisas.
Hoy tenemos más datos que nunca. Pero datos, ni que sean cuantitativamente muchos, no significan información de calidad. Muchos llegan desconectados, tardíos o dispersos. Y mientras que con mucho esfuerzo intentamos recomponer el puzle, la enfermedad sigue avanzando en el paciente allí donde vive, es decir, en su casa.
Por eso, cuando hablamos de inteligencia artificial (IA), prefiero evitar el falso discurso de aquello de "la IA contra los médicos". Esa pelea no existe fuera de los titulares mediáticos. Lo que sí existe es una necesidad enorme: devolver al profesional tiempo, foco y contexto para ejercer su responsabilidad adecuadamente.
La IA nunca va a sustituir la empatía. No va a tener esa intuición de saber qué. No va a interesarse por el contexto como preguntar por la madre que acaba de fallecer, por el hijo que no duerme o por la estima en el trabajo, antes de proceder a preguntar por una lista exhaustiva de síntomas. No va a poner una mano en el hombro. Justamente por eso, si la IA tiene un papel importante en Salud, es uno muy concreto: eliminar ruido para devolver tiempo a la relación del médico con el paciente.
Lo veo cada día trabajando con entornos clínicos que cumplen con agendas de seguimiento realizando un esfuerzo casi heroico. Y también veo lo que funciona cuando la tecnología está bien diseñada: herramientas que integran seguimiento remoto, que recogen datos fiables del día a día y los agregan para convertirlos en información de verdadera utilidad para la toma de decisiones, que detectan auténticos patrones de riesgo y los traducen en alertas comprensibles.
Nunca para decidir por el médico, sino para ayudarle a llegar antes a la mejor decisión para resolver los problemas de salud de los pacientes. En definitiva, un entorno para ejercer la responsabilidad que le corresponde con plena conciencia y profesionalidad.
La propia estrategia de Sanidad apunta hacia ahí: seguimiento proactivo, telemonitorización, atención más cercana al domicilio, cronicidad soportada en casa con la menor distorsión posible de la vida cotidiana. Y para cuidar es necesario disponer de una evaluación temporal que incluya lo que ocurre entre los momentos de encuentro en las visitas planificadas.
Mi abuelo no tenía algoritmos; tenía tiempo y presencia. La IA no hereda esa esencia, pero puede devolver minutos para ejercerla. Quizá el avance no sea más tecnología, sino más humanidad gracias a ella
*** Núria Pastor, socia y directora ejecutiva de Vitalera.