Soraya del Portillo, fundadora de Chiara.

Soraya del Portillo, fundadora de Chiara.

Opinión INNOVADORAS

Educar en la era de la inteligencia artificial generativa

Soraya del Portillo
Publicada

Durante siglos, la educación ha avanzado a un ritmo mucho más lento que la sociedad a la que debía servir. Hoy, por primera vez, esa inercia se ha roto. La irrupción de la inteligencia artificial generativa (y en particular de los grandes modelos de lenguaje LLM) no es una mejora incremental: es un cambio de paradigma que redefine qué significa aprender, enseñar y evaluar.

No estamos hablando de una promesa futura. Está ocurriendo ahora.

Los LLM permiten algo que la educación nunca había podido ofrecer a gran escala: personalización profunda y continua. Un sistema capaz de adaptar el ritmo, el lenguaje, los ejemplos y el nivel cognitivo a cada estudiante, en tiempo real. No como un lujo, sino como infraestructura básica.

En Estados Unidos, esta transformación ya es tangible. En 2023, la organización Khan Academy lanzó Khanmigo, un tutor educativo basado en IA generativa que acompaña al alumno con preguntas socráticas en lugar de respuestas automáticas. El resultado no es que el estudiante copie mejor, sino que piensa mejor. Estudios piloto muestran mejoras significativas en comprensión conceptual y en autonomía del aprendizaje, especialmente en alumnos con más dificultades.

Otro ejemplo revelador es la colaboración entre Arizona State University y OpenAI, donde la IA generativa se ha integrado como asistente académico para miles de estudiantes. No sustituye al profesor; extiende su alcance. El docente deja de ser un cuello de botella y pasa a ser diseñador de experiencias de aprendizaje de alto valor.

Este es un punto clave que conviene subrayar: la IA generativa no elimina al profesorado, lo revaloriza. Libera tiempo de corrección mecánica, permite detectar lagunas de conocimiento invisibles y facilita un acompañamiento más humano precisamente porque automatiza lo repetitivo.

También está cambiando la evaluación, uno de los grandes talones de Aquiles del sistema educativo. En un mundo donde una IA puede redactar un ensayo en segundos, seguir evaluando únicamente el resultado final es un anacronismo. La oportunidad está en evaluar procesos: cómo se formula una pregunta, cómo se contrasta una fuente, cómo se mejora un razonamiento. La IA, bien usada, no erosiona el pensamiento crítico: lo hace imprescindible.

Según datos del Departamento de Educación de EEUU, más del 30% de los centros de secundaria están ya experimentando con herramientas de IA generativa en el aula, con especial impacto en comunidades desfavorecidas. Esto no es casual. Cuando se implementa con criterio, la IA puede ser uno de los mayores igualadores educativos de la historia reciente.

Por supuesto, los riesgos existen. Sesgos, dependencia tecnológica, uso acrítico o brechas de acceso. Pero la respuesta no puede ser la prohibición ni el miedo. La respuesta es alfabetización en IA. Enseñar cómo funciona, dónde falla, qué puede y qué no puede hacer. Exactamente igual que hicimos -o deberíamos haber hecho- con Internet.

La pregunta relevante ya no es si la inteligencia artificial generativa debe estar en la educación. Ya está. La pregunta es quién la diseña, con qué valores y para qué propósito.

Europa, y España en particular, tienen aquí una decisión estratégica que tomar. Podemos limitarnos a reaccionar tarde o podemos liderar un modelo educativo que combine rigor pedagógico, ética tecnológica y ambición social. La tecnología no determina el futuro por sí sola, pero sí amplifica las decisiones que tomamos como sociedad.

Ya estamos desarrollando agentes capaces de entrenar habilidades blandas a través de los más que manidos rollplays que permiten la escalabilidad del entrenamiento y, lo que es más importante, de la medición y evaluación del impacto de dicho entrenamiento. Pero aún se tiene miedo de llegar a ser sustituidos por la IA.

Estamos ante una herramienta capaz de acompañar a cada estudiante como si tuviera un tutor personal, de empoderar a cada docente como si tuviera un equipo de apoyo permanente y de convertir el aprendizaje en un proceso verdaderamente continuo a lo largo de la vida.

No aprovechar esta oportunidad sería el mayor suspenso colectivo de nuestra generación.

*** Soraya del Portillo, fundadora de Chiara.